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Las secuelas de la guerra del 14

noviembre 16, 2014 por  
Publicado en: Artículos

PGMPor Carlos Hermida

La guerra que comenzó en 1914 fue conocida en su momento como “La Gran Guerra”, debido a la enorme movilización de recursos humanos y materiales, al número de países participantes y, por supuesto, por las consecuencias que tuvo. Fue una contienda que cambió el mundo, hasta el punto de que puede afirmarse, como hizo el historiador Eric Hobsbawm, que el siglo XX comenzó en 1914.

La guerra fue una hecatombe demográfica. Nueve millones de muertos y veintiún millones de heridos fue el balance de cuatro años de sangrientos combates, que dejó en los principales contendientes inmensos desequilibrios por sexo y edad. En Francia y Alemania, la mayoría de las familias habían perdido a alguno de sus miembros o habían sufrido lesiones de consideración. Las ciudades se llenaron de hombres lisiados, sin piernas, brazos o con el rostro terriblemente desfigurado. Fue el resultado de una guerra imperialista y de la actuación criminal de los Estados Mayores, empecinados en una táctica de guerra de trincheras que muy pronto se demostró incapaz de alcanzar una victoria definitiva. Las ofensivas y contraofensivas se convirtieron en picadoras de carne humana.

Desde el punto de vista territorial, el final de la guerra produjo una transformación radical del mapa de Europa. El imperio austro-húngaro se desintegró y en su lugar surgieron Austria, Hungría y Yugoslavia. Polonia se convirtió en país independiente, Rumanía amplió sus fronteras y, a consecuencia de le revolución rusa, Estonia, Letonia, Lituania y Finlandia adquirieron la independencia. Alsacia y Lorena volvieron a Francia y Alemania sufrió algunas pérdidas territoriales. La cartografía política de 1914 era inservible tras los tratados de paz de 1919.

En el orden político, los cambios fueron trascendentales. Los cuatro imperios existentes en 1914 desaparecieron. La “Caída de las Águilas”, convirtió a los imperios alemán y turco en Repúblicas, el imperio austro-húngaro desapareció como entidad territorial y política y una buena parte de los nuevos países adoptó el régimen republicano. Con relación a 1914 se había producido una democratización de la vida política. Pero, sin duda, la consecuencia política decisiva fue la revolución bolchevique. La revolución socialista de Octubre impactó decisivamente en la marcha de la guerra. La firma de la paz con Alemania en marzo de 1918 (Paz de Brest-Litovsk) y la publicación por el gobierno bolchevique de los tratados secretos firmados por el zar con sus aliados causó una tremenda conmoción en las masa de combatientes. El año 1917 se rompió el consenso social alcanzado por la burguesía en 1914 gracias a la traición de los partidos socialdemócratas, proliferaron las huelgas en las fábricas de armas y en el ejército francés hubo motines entre los soldados. La ilusión de la guerra patriótica se desvanecía a marchas aceleradas y se creaba una situación revolucionaria. En noviembre de 1918, un movimiento revolucionario de marineros y soldados derrocó en Alemania al emperador, fue proclamada la República y el nuevo gobierno aceptó la rendición. Incluso en los países vencedores la agitación social fue la tónica de los primeros años de posguerra. Los ecos de la revolución rusa llegaron a todos los rincones del mundo y el comunismo se expandió con rapidez entre el proletariado. Sin embargo, la guerra tendría otra consecuencia política de signo contrario. La crisis económica, social y política de los años 1919-1923 engendró el fascismo. Entre los excombatientes que retornaban a sus pueblos y ciudades, habituados a la violencia extrema de la guerra y que ahora se hallaban sin trabajo, prendió un mensaje nacionalista, anticomunista y “anticapitalista” que prometía una regeneración revolucionaria. No es una casualidad que Hitler y Mussolini fueran excombatientes y que los primeros grupos fascistas surgieran en 1919.

La guerra también provocó cambios políticos en las colonias. La contienda debilitó a las potencias europeas y los líderes nacionalistas comprendieron que esa debilidad suponía una oportunidad para lograr la independencia o mayores cotas de autonomía. Hubo otro factor que incidió en el auge del nacionalismo anticolonial. La burguesía había justificado el imperialismo con la coartada ideológica de que los europeos estaban llevando la civilización a regiones bárbaras y atrasadas. Esa supuesta superioridad moral se derrumbó con la guerra mundial. Los civilizados europeos se habían masacrado durante cuatro años en una contienda que nunca había tenido lugar en otros continentes. Después de la batalla de Verdún, ¿quiénes eran los bárbaros?

En el orden militar las consecuencias fueron notables. Los militares estudiaron a fondo la guerra y comprendieron que la victoria de la Entente se debió a la superioridad de recursos humanos y económicos; es decir, fueron el esfuerzo industrial y el mantenimiento de la moral entre los ciudadanos los factores de la victoria. En consecuencia, en la siguiente guerra el objetivo sería destruir el potencial económico del enemigo y destruir la moral de sus ciudadanos. Atacar la retaguardia iba a constituir un elemento tan importante como ganar batallas en el frente. Es muy significativo que en el período de entreguerras las grandes potencias se dotaran de una fuerza aérea capaz de bombardear ciudades, arrasar fábricas y destruir infraestructuras.

El arte, la literatura y el mundo de la cultura en general se vieron afectados por la Gran Guerra. Cundió el pesimismo y la fe en el progreso y la democracia sufrieron un duro golpe tras cuatro años de matanzas. En ese contexto de desilusión y frustración se extendió el fascismo entre las clases medias y la pequeña burguesía. Solo la Rusia soviética aparecía como valladar frente a la reacción y el oscurantismo y ofrecía un modelo alternativo a la barbarie capitalista. De las entrañas de la guerra surgió la luz de Octubre que nos sigue iluminando y marcando el camino hacia la liberación de la humanidad.

57º Aniversario de la Muerte de Stalin

marzo 14, 2010 por  
Publicado en: Artículos

El 5 de marzo de 1953 murió Iosif Visariónovich Dzhugashvili, conocido mundialmente con el sobrenombre de Stalin. Su persona y su gestión política entre 1929, año en que se impuso sobre sus adversarios políticos, y el año de su fallecimiento,  han merecido los peores calificativos. No ha quedado ni una sola parcela de su gobierno  que no haya sido juzgada con los términos más duros y la más absoluta de las descalificaciones. Desde  la ayuda a la España republicana durante la Guerra Civil hasta el Pacto Germano-Soviético, pasando por los planes quinquenales y la colectivización de la agricultura, todo es considerado como una política pérfida y criminal  fruto de una personalidad sádica y paranoica. Desde la extrema derecha  hasta el anarquismo, pasando por socialistas, trotskistas y liberales, difícilmente se encontrará un personaje histórico que concite el odio de sectores políticos tan diversos, unidos todos ellos en identificar a Hitler y Stalin bajo la etiqueta del totalitarismo, absurdo concepto teórico que sirve para amalgamar el fascismo y el comunismo y condenar al unísono dos sistemas políticos, económicos y sociales absolutamente antagónicos.

Convertidos en jueces, la mayoría de historiadores académicos, acompañados de la historiografía militante trotskista, interpretan la política de Stalin como una sucesión de crímenes, abominables represiones y traiciones al movimiento obrero, repitiendo libro tras libro las mismas cantinelas forjadas en los años de la Guerra Fría, ajenos a las aportaciones de historiadores como Grover Furr, Ludo Martens o Víctor Zemskov y a la documentación de los archivos soviéticos, que rebajan drásticamente las cifras de la represión de 1936-1938 y desmienten las elucubraciones fantásticas sobre la hambruna de Ucrania. Escribiendo al dictado de la burguesía y plagiándose unos a otros, estos historiadores con anteojeras son la antítesis de lo que debe ser un científico social, cuya primera obligación es atenerse a los datos objetivos

El estudio  de cualquier período histórico nunca puede darse por cerrado; por el contrario, el análisis de nuevas fuentes documentales o el desarrollo de novedosos enfoques interpretativos cambia necesariamente nuestra visión del pasado, volviendo obsoletas o simplemente erróneas las interpretaciones sustentadas hasta ese momento. Un historiador que ignore los hechos objetivos para seguir manteniendo modelos  que encajen con sus prejuicios ideológicos, deja de ser historiador para convertirse en un historietógrafo o, sencillamente, en un panfletista al estilo de Pío Moa o César Vidal.

Disponemos ya de un material lo suficientemente sólido que permite replantear la mayoría  de juicios emitidos sobre Stalin e iniciar una nueva aproximación a su personalidad y a su acción política.     La figura de Stalin no necesita hagiografías absurdas ni alabanzas desmesuradas. Se trata de algo tan sencillo como hacer historia de forma rigurosa y científica. Sin negar los errores, su política de planificación económica y colectivización agraria convirtió a la URSS en diez años en la segunda potencia industrial del mundo, erradicó el analfabetismo, y puso la base técnica y científica que permitió a la Unión Soviética vencer a la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial. La victoria sobre Hitler, con el inmenso sacrificio de 27 millones de ciudadanos soviéticos muertos en la contienda, salvó al género humano de la barbarie fascista. Eso es una realidad y, sin duda, muy brillante.

Los millones de trabajadores que admiraban a Stalin en los años treinta, ¿estaban completamente manipulados y padecían una profunda ignorancia? ¿Alguien con un poco de sentido común puede creer  que  los habitantes de la URSS vivían aterrorizados  y trabajaban únicamente por temor a la policía política? ¿Los comunistas gobernaban exclusivamente por la fuerza? Estas patrañas urdidas en su momento por Robert Conquest, difundidas con el generoso apoyo económico de la CIA por fundaciones pretendidamente culturales y repetidas en nuestro país por cuentistas como César Vidal, Pío Moa y Ricardo de la Cierva, sin olvidar a catedráticos con pedigrí académico, como Antonio Elorza, no solo pretenden difamar la figura de Stalin.         Detrás de la satanización de Stalin hay un objetivo más ambicioso: la criminalización del comunismo. La burguesía libra una incasable guerra ideológica cuyo objetivo es desarmar política e ideológicamente a la clase obrera y apartarla de las posiciones revolucionarias, sembrando la confusión y la desorientación entre los trabajadores.  Elementos fundamentales de esa estrategia son la identificación entre fascismo y comunismo y la representación de  Stalin como un dictador sangriento.

Hoy se emplea habitualmente  el término estalinista como un insulto, pero conviene no olvidar que esos estalinistas hoy tan denostados se enfrentaron al fascismo en los años treinta, defendieron Madrid  ante las tropas de Franco, lucharon en la resistencia contra la ocupación nazi, vencieron en Stalingrado y llegaron a Berlín en 1945. Lo que la burguesía no perdona a Stalin es haber elevado a la URSS al rango de potencia mundial y haber demostrado que el socialismo no es una utopía. Los comunistas nos sentimos orgullosos de esos hechos. No entendemos a aquellos que se pretenden comunistas y repudian a Stalin. El antiestalinismo es sencillamente una forma de anticomunismo, por más que se disfrace con ropajes “progres” y pretenda distinguir entre comunistas puros, pero ingenuamente idealistas, y el malvado Stalin. No es una casualidad que los abanderados del antiestalinismo hayan terminado en su inmensa mayoría en las filas de la derecha más rancia y reaccionaria.  En el quincuagésimo séptimo aniversario de su muerte, nosotros asumimos la  obra de Stalin y su legado como parte fundamental de la historia del comunismo y del movimiento obrero mundial, y defendemos públicamente su inmensa talla de estadista y revolucionario.

Paul Robenson en los Países del Este

enero 29, 2010 por  
Publicado en: Cultura, Multimedia

Hijo de un esclavo fugitivo que se había convertido en predicador protestante y que logró licenciarse en la Universidad de Lincoln. Su madre era proveniente de una familia de cuáqueros que había luchado por la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos.

En 1910, la familia Robeson se tralada a Somerville, Nueva Jersey. Luego de estudiar Derecho en la Universidad de Rutgers, Robeson se graduó de abogado. Fue el tercer estudiante de origen negro en aquella universidad. En su juventud, fue jugador de rugby, de béisbol y de baloncesto en la Universidad.

Si no hubiese sido por su condición de persona negra, Robeson hubiese constituido el prototipo heroico de la sociedad norteamericana de su época. El estigma era tan grande que llega al punto de que las demás universidades americanas, en general, se negaban a desarrollar competencias con la de Universidad de Rutgers, debido a que en su nómina tenía a un jugador negro. Jugó fútbol americano profesional en la American Professional Football Association (llamada después National Football League) con los Akron Pros y los Milwaukee Badgers.1 Después fue entrenador asistente en la Universidad Lincoln en Pensilvania.

A su ingreso en el Colegio de Abogados de Princeton, una mecanógrafa blanca rechazó escribir al dictado de un abogado negro, y esto lo hizo desistir de ser abogado, por lo que se dedicó a otras labores. Se convirtió en actor de teatro y de cine.

Fue amigo del gran cinesta soviético Sergéi Eisenstein y del dirigente keniano Jomo Kenyatta, así como de otros líderes mundiales de la época (de Nehru y de Emma Goldman). Como artista y como figura pública, fue aclamado por escritores y pensadores como Pablo Neruda, James Joyce y Ernest Hemingway.

A su hijo lo envió a estudiar a una universidad soviética, debido a que no quería que éste padeciera los prejuicios racistas estadounidenses.

De personalidad rebelde y asertivo, dirigió las primeras campañas de Estados Unidos reivindicando los derechos de la población afroamericana.

En la década de 1930, en sus viajes por Europa y la URSS, Robeson tomó contacto con los miembros de organizaciones antifascistas de los citados lugares, con los oprimidos y con la dirigencia de la clase obrera de la época. Empezó a comprender que su arte tenía la capacidad de servir a la lucha de los trabajadores de todo el mundo. Se convenció de que los afroamericanos, como descendientes de esclavos, tenían una cultura común con los trabajadores de otros países, que como sucedía en Rusia, eran descendientes de siervos. En la Unión Soviética fue donde según sus palabras se sintió tratado como un completo ser humano y vio que no había perjuicios contra los afroamericanos ni ningún tipo de discriminación racial.

Cantó blues, canciones contra la explotación y la esclavitud, himnos de los presidiarios, de los remeros del Volga, de los maquis, de las Brigadas Internacionales de la Guerra Civil Española, marchas rusas de los obreros y fragmentos del Porgy and Bess de George Gershwin, y su pieza emblemática Old Man River. También tradujo el Himno de la Unión Soviética al inglés en 1943.

A partir de la llegada del nacional-socialismo a Alemania en 1933, Robeson se convirtió en un activo opositor a esta ideología. Participó en la Guerra Civil Española dentro la Brigada Lincoln, compuesta por voluntarios antifascistas estadounidenses. En un mitin antifascista contra el levantamiento de Francisco Franco contra la República en 1936, Robeson dijo: “El artista debe tomar partido. Debe elegir luchar por la libertad o por la esclavitud. Yo he elegido. No tenía otra alternativa”.

Con una imponente calidad de actor, Robeson interpretó a dos personajes gemelos: un criminal disfrazado de reverendo eclesiástico y un joven comerciante, ambos enamorados de la misma mujer. Esta constituyó una película intensa sobre temas y valores colectivos, una película muda en donde, de manera paradójica, la poderosa voz de Robeson estuvo ausente. Sin embargo, era interpretada por un acompañamiento musical de gran significación en la historia del jazz contemporáneo, ya que se trató de la orquesta de jazz del Lincoln Center, que dirigía en ese entonces Wynton Marsalis, que había encomendado a otro ícono del jazz, Wycliffe Gordon, la elaboración de un acompañamiento que fue ejecutada en vivo durante las dos proyecciones de la película de Oscar Micheaux y Robeson, tal como se estilaba en la época presonora del cine. Tanto Marsalis como el pianista Marcus Printup, acompañados de un grupo de jazz de los más importantes del momento, rindieron este homenaje a los precursores del cine afroamericano.

Paul Robeson no constituyó el típico cantante o actor norteamericano, carente de formación, ya que era poseedor de una extensa ilustración y una amplia cultura, ya que tenía una extraordinaria preparación intelectual y hablaba más de veinte idiomas. En 1952 la Unión Soviética le concedió el Premio Lenin de la Paz (por aquel entonces llamado Premio Stalin de la Paz).

Sufrió la persecución feroz del macartismo y del propio FBI. Durante un interrogatorio ante el Senado norteamericano, cuando le preguntaron que por qué no se quedaba en la Unión Soviética, contestó: “Porque mi padre era un esclavo, y mi gente murió para construir este país, y voy a permanecer aquí y a tener una parte de él, exactamente igual que usted, y ningún fascista importado me sacará de él.”

El Comité de Actividades Antiamericanas acabó declarando que Robeson había intentado construir un Estado prosoviético en el sur de los Estados Unidos y le privó de su pasaporte.

Este hecho acabó con su carrera. Cerca de 80 de sus conciertos fueron cancelados. En 1949, dos conciertos al aire libre en Peekskill (Nueva York) fueron atacados por grupos racistas sin que la Policía estatal hiciera nada para impedirlo. Para la ocasión, Robeson declaró: “Voy a cantar donde quiera que la gente quiera que cante… y no me asustan las cruces que arden (en alusión al Ku Klux Klan), ni en Peekskill ni en cualquier otro lugar”.

21 de Enero de 1921: Nace el Partido Comunista de Italia

enero 21, 2010 por  
Publicado en: Comunicados, Cultura

Han transcurrido 89 años desde aquel 21 de enero de 1921 cuando en Livorno los comunistas y elementos de vanguardia de la clase obrera italiana fundaron el Partido Comunista de Italia, Sección de la Internacional Comunista.

La fundación del Partido Comunista tiene lugar en una situación revolucionaria creada en Europa durante la Primera Guerra Mundial y la revolución proletaria en Rusia que en Italia fue el origen, durante el bienio 1919-20 de una serie de tenaces luchas obreras y populares que culminaron en la ocupación de fábricas: una situación que todavía hoy tienen la mejor descripción en páginas escritas cinco años después por Antonio Gramsci en el diario del Partido «l’Unità»

« La ocupación de las fábricas no ha sido olvidada por las masas. […]Ello fue la prueba general de la clase revolucionaria.[…] Si el movimiento fracasó, no se puede echar la culpa a la clase obrera en tanto que tal, sino al partido socialista que no cumplió con sus deberes, que era incapaz, inepto, que iba a la cola de la clase obrera en vez de ir a la cabeza.[…] Los obreros que ocuparon las fábricas estuvieron, en tanto que clase, a la altura de sus tareas y funciones. […] NO se ocuparon los ferrocarriles ni la flota. […] No fueron ocupados los bancos ni los centros comerciales. No pudieron resolver los grandes problemas nacionales e internacionales, porque no conquistaron el Poder de Estado. Esos problemas deberían haber sido afrontados por el Partido socialista y los sindicatos, que en vez de ello capitularon vergonzosamente so pretexto de la inmadurez de las masas; la realidad es que eran los dirigentes los inmaduros e incapaces, no la clase. Eso llevó a la ruptura de Livorno y a la creación de un nuevo partido, el Partido Comunista.» («l’Unità», 1 de Octubre de 1926)

«El proletariado era lo bastante fuerte en 1910-1920, como para someterse pasivamente a la opresión capitalista. Mas su fuerza organizada era titubeante, debilitada interiormente porque el Partido socialista era una amalgama de al menos tres partidos» (l’Unità, 26 de septiembre de 1926)

Esto no es una reflexión de ayer. Es algo que atañe directamente a la clase obrera italiana de hoy, de la que una parte continúa a identificarse política y organizativamente con los partidos de Rifondazione Comunista y del P de CI, la proyectada Federación no es más que una confusa amalgama de posiciones ideológicas y políticas que no tiene nada que ver con el marxismo revolucionario, con el leninismo, va del más clásico reformismo de la socialdemocracia de derecha al maximalismo centrista típico de la socialdemocracia de «izquierda» europea. Este último siembra hoy las peores ilusiones: lucha de clases, sí, incluso dura si es necesario, pero ninguna perspectiva de ruptura revolucionaria con el sistema institucional del Estado burgués y con su falsa democracia parlamentaria que según el centralismo maximalista es el terreno en el que se logrará la emancipación de la clase obrera.

El Gramsci de ayer es más actual que nunca:

«¿Qué quiere hacer el maximalismo con este incómodo viraje? O aquí o allá; o con la socialdemocracia o con el comunismo. […] Desde que existe la socialdemocracia es natural e inevitable que a través de sus variopintos agentes introduzca continuamente en la clase obrera su propia ideología y contamine y desvíe la ideología proletaria.. La escisión clara y resuelta de esa ideología es inevitable y absolutamente necesaria. Primero dividirse, es decir, separar la ideología revolucionaria de la ideología burguesa (la socialdemocracia de cualquier tipo); luego unirse, o sea, unificar a la clase obrera en torno a la ideología revolucionaria» («l’Unitá», 9 de enero de 1926)

En los años 20 del pasado siglo, los partidos comunistas nacieron en clara ruptura con el revisionismo de aquel período histórico; Antonio Gramsci sintetizó eficazmente la lucha del marxismo revolucionario:

«Primera fase. Socialismo utópico, con la impronta nacional de cada país, que manifiesta la revuelta instintiva de las primeras organizaciones proletarias. […]Segunda fase. Socialismo proletario de Marx y Engels o comunismo. Actuar contra los distintos socialismos nacionales y utópicos y hacerse con la victoria. En la II Internacional, esta tendencia renace bajo la bandera del marxismo como revisionismo de la doctrina marxista. […] Tercera fase. Por una parte el leninismo. Que renueva en una situación histórica cambiante, más compleja y más rica, la lucha de Marx y Engels, y restaura y desarrolla la doctrina marxista. Y por otra parte, un ulterior desarrollo de los revisionismos nacionales.» («l’Unità», 22 octubre de 1926)

Esa misma dialéctica se ha reproducido en los años 50, del pasado siglo, con el desarrollo del revisionismo moderno, con nuevas formas de los revisionismos nacionales, los cuales –con sus ataques a Stalin- renegaban de la esencia revolucionaria e internacionalista del leninismo enmascarado con una formal y mistificadora adhesión a Lenin. Si en Italia el revisionismo moderno tiene su forma principal en el «togliatismo», no ha desaparecido con la autoliquidación del PCI togliatiano, y ha asumido –en otros partidos y formaciones políticas- múltiples formas caracterizadas por la combinación ecléctica de inocuos «residuos» del marxismo con ideologías ajenas a él, como el viejo obrerismo, el anarquismo, las tendencias pequeñoburguesas de los movimientos ecologistas, feministas y pacifistas, hasta la última aparición oportunista, el llamado «socialismo y comunismo del siglo XXI»

En 1921, cuando nació el Partido Comunista de Italia, la homogeneidad ideológica de sus dirigentes y militantes no era total. Pero bajo la dirección de la Tercera Internacional y mediante el llamado proceso de «bolchevización» la asimilación del leninismo fue esencialmente asumida entre 1924 y 1927, y el Partido – mediante las tesis de su Tercer Congreso- pudo dotarse finalmente de una plataforma consecuentemente internacionalista y revolucionaria.

Hoy en Italia, los auténticos comunistas, mediante la confrontación, el debate abierto, la crítica y la autocrítica, debemos luchar por lograr la unidad ideológica y política sobre la base del marxismo-leninismo y del internacionalismo proletario. Estrechar los lazos con los elementos más conscientes y avanzados de la clase obrera y con su lucha, esto es, de un punto de vista estratégico, la tarea fundamental para la reconstrucción del Partido Comunista en nuestro, país.

21 de Enero de 2010 Piattaforma Comunista.

“Apuntes Históricos sobre la Rusia Soviética” (1917-1945)

enero 16, 2010 por  
Publicado en: Cultura

Tomaron el Palacio de Invierno, y al grito de “¡Todo el poder a los sóviets”  iniciaron una gesta que conmovió al mundo, y que llenó de esperanza y fervor revolucionario a los trabajadores y de pavor a la reacción por doquier.

Eran obreros, jornaleros, campesinos pobres, que cargaban sobre sus espaldas años de hambrunas y sufrimientos; eran soldados cansados de meses de guerrear en condiciones inhumanas en defensa de intereses que no eran los suyos; eran jóvenes estudiantes e intelectuales ahítos de censura, de negrura, de mentes obtusas y sumisas.

Un profesor de Historia, Carlos Hermida, analiza sus artículos, parte de los cuales dan forma a este libro, la situación de la URSS en cada período concreto, y echa por tierra las falsificaciones y deformaciones sobre diferentes cuestiones, desde el pacto germano-soviético, a la hambruna de Ucrania, el papel de la URSS en la II Guerra Mundial, etc. Y lo hace con una claridad de lenguaje, verdaderamente didáctico, que deja al desnudo la falsía de algunos, digamos historiadores, y sesudos intelectuales, que, conscientemente unos e inconscientemente otros, hacen el juego a la reacción y al anticomunismo.

Carlos Hermida, no se deja arrastrar por la pasión. Fríamente, en tanto que historiador, analiza los hechos, su origen, sus consecuencias, sus afirmaciones y refutaciones, están solidamente argumentadas; sus conclusiones pueden ser cotejadas con datos concretos, claros e irrefutables. 

“Apuntes Históricos sobre la Rusia Soviética (1917-1945), por el profesor de Historia Carlos Hermida Revillas.

Editado por la Asociación  Aurora 17

120 páginas, ISBN:978-84-613-5668-3

PVP: 12 € (gastos de envio aparte)

Pedidos contra reembolso en:  aurora17edito @ gmail.com

Veinte Años de la Caída del Muro de Berlín: Nada que Celebrar

diciembre 2, 2009 por  
Publicado en: Artículos

El 9 de noviembre de 1989 fue la fecha en la que se inicia el derribo de un muro que separaba y dividía no solamente a la ciudad de Berlín y a Alemania, sino también a dos Europas y a dos sistemas sociales, económicos y militares que abarcaban medio mundo y que estuvieron enfrentados cara a cara durante medio siglo. La caída del muro fue el preludio de la desaparición de la República Democrática Alemana (RDA) poco tiempo después, y más tarde de la descomposición de la Unión Soviética y del bloque de países que lideraba.

Hoy, tras veinte años de haber caído el muro, y a pesar de los juicios fáciles sobre lo apropiado o inapropiado de una medida tan drástica que afectó personalmente a muchas familias, es preciso valorar la decisión en su contexto histórico: a pesar de que la propaganda anticomunista ha utilizado la existencia del muro como una muestra de la «naturaleza criminal de la RDA», y por extensión, de la idea del socialismo como sistema antagónico al capitalismo, lo cierto es que la edificación del muro fue un acto de soberanía por parte de un país que trataba de proteger una frontera que también separaba dos alianzas militares de carácter mundial, la OTAN y el Pacto de Varsovia, enfrentadas cara a cara en las dos Alemanias. Por otra parte, solamente la RDA había realizado un proceso de “desnazificación” y de depuración de criminales nazis, mientras que en Alemania occidental se habían reciclado y muchos de ellos ocupaban altos cargos en la administración del Estado, del ejército o en partidos políticos. El revanchismo siempre estuvo presente en los dirigentes de Alemania occidental y del imperialismo norteamericano, quienes se habían visto obligados a reconocer oficialmente la existencia de la RDA muy a su pesar.

El muro de Berlín se edificó el 13 de agosto de 1961 como respuesta a graves problemas económicos y sociales que estaban afectando a la RDA: contrabando a gran escala de productos subvencionados a bajo precio para ser revendidos en Alemania occidental; fuga de miles de profesionales y técnicos de la RDA y otros países del Este en busca de salarios mucho mayores en los países occidentales, con lo cual se desangraba gravemente la economía; provocaciones de Alemania occidental y del bloque imperialista con el objetivo de estimular un éxodo masivo y llevar al caos a todo el país; y, finalmente, la necesidad de frenar la penetración masiva de espías y saboteadores, la mayoría antiguos nazis, al servicio de la CIA y otros organismos de espionaje occidentales. Recordemos tan sólo que menos de diez años antes, en 1953, la antigua red de espionaje nazi al servicio de la CIA, había provocado la insurrección de Berlín Este y otras ciudades, tratando de colapsar a la RDA.

Se puede discutir si el muro fue la solución o agravó los problemas de la RDA, pero lo cierto es que durante casi cuarenta años de la existencia del muro, la RDA tuvo una elevada estabilidad social y un desarrollo económico importante, colocándose entre las primeras potencias industriales del mundo y como primera potencia tecnológica del bloque del Este. Asimismo, hubo un elevado nivel de bienestar social y material que creó una identidad cultural germano-oriental entre la población, y que todavía es añorada hoy por una buena parte de la población del Este de Alemania. Posteriormente, a principios de los años setenta se consolidó el reconocimiento internacional de la RDA por parte de la mayoría de países, incluyendo sus más acérrimos enemigos, EE.UU. y Alemania occidental.

Pero el declive económico, político e ideológico que se desarrollaba en la URSS desde los años cincuenta y que emergió abruptamente durante la época de Gorbachov afectó muy negativamente a la RDA y al bloque del Este. En 1989 Gorbachov había decidido entregar la RDA a Alemania occidental, y conspiró para deshacerse de sus dirigentes más incómodos. La crisis económica y el espejismo de la opulenta sociedad de Alemania occidental, estimuló el descontento de un sector de la sociedad, amplificado por Gorbachov y sus partidarios en la RDA, y por los dirigentes occidentales que prometían grandes beneficios a los que abandonaran el país. Así se extendieron las protestas de algunos sectores sociales que provocaron la destitución del presidente Honecker y otros dirigentes partidarios del mantener la RDA y contrarios a las posiciones internacionales de Gorbachov. Rápidamente se sucedieron los acontecimientos que llevaron al derribo del muro y a la desaparición de la RDA que fue absorbida por Alemania occidental. Todo ello se celebró a nivel mundial como el «triunfo de la libertad» sobre la «tiranía comunista».

Con la caída del muro no sólo desapareció un bloque antagónico al occidental: sin armas para combatir, en Nicaragua, el Frente Sandinista entregaba el poder poco después en las elecciones a los candidatos apoyados por el imperialismo, en El Salvador y Guatemala las guerrillas abrían procesos negociadores con los regímenes genocidas, Cuba entraba en una de las épocas más duras de su historia con un futuro muy incierto, y los gobiernos africanos llamados “de orientación no capitalista”, sin aliados económicos y militares, giraban hacia la socialdemocracia o el neoliberalismo en busca de salvación. En los países occidentales, se abría una etapa de retrocesos importantes en los derechos sociales y laborales, con una oleada de privatizaciones, precarización laboral, etc., mientras que los antiguos países del Este y la ex–URSS sufrían un descenso catastrófico de la producción económica, la pérdida de los servicios públicos, educacionales y de salud, despidos masivos, empobrecimiento generalizado, retroceso demográfico agudo y otras calamidades sociales como la drogadicción, prostitución, miseria infantil, etc., que en gran parte habían sido erradicados en esas sociedades. Finalmente, tras la caída del muro se produjo la primera guerra en territorio europeo desde 1945, en la antigua Yugoslavia, que provocó decenas de miles de víctimas civiles. En su desencadenamiento Alemania occidental tuvo un papel destacado, consiguiendo además su sueño histórico de extenderse por el Este de Europa mediante el dominio económico y político de algunos de los antiguos países del bloque soviético.

Veinte años después, el muro permanece como mito del anticomunismo y de la “lucha por la libertad”, pero para los habitantes de la antigua RDA hay poco que celebrar: Alemania occidental desmanteló la mayoría del tejido industrial, encarceló a muchos dirigentes, depuró y expulsó a cientos de miles de funcionarios, universitarios y obreros, y provocó el desempleo y la miseria de millones de alemanes del Este. Despojados de su identidad y humillados como ciudadanos de segunda, recibiendo el mismo trato que en un país colonizado, los ciudadanos de la antigua RDA, piensan en una idea de socialismo como sistema de justicia social que es capaz de resolver las necesidades de los trabajadores.

En medio de la crisis económica del capitalismo y de la miseria de las poblaciones del Este, hoy se convierte en algo grotesco las celebraciones de los capitostes del imperialismo y de sus marionetas como Gorbachov, mientras los grandes medios de propaganda del imperialismo ocultan el verdadero “muro de la vergüenza” y del racismo edificado por Israel y tolerado por los “defensores de la libertad”.

“La Guerra Nacional Revolucionaria del Pueblo Español contra el Fascismo””

mayo 31, 2006 por  
Publicado en: Cultura

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A modo de aclaración

Cuando hace cerca de treinta años procedimos a elaborar (en comisión del Comité Central de entonces), el análisis sobre la guerra contra el fascismo, y como se señala en la introducción, pretendíamos acabar con los tópicos de unos y otros, refutar las patrañas, embustes y deformaciones que, tanto los trotskistas (siempre a la vanguardia en falsificar y tergiversar los hechos, como el agente de los servicios secretos ingleses, George Orwell), y por supuesto la reacción, como sectores anarquistas amén de los “lúcidos” intelectuales burgueses, difundían sobre aquella gesta heroica de los pueblos de España.

Nos interesaba particularmente, desenmascarar las manipulaciones de los revisionistas de Carrillo y su equipo, manipulaciones que desfiguran lo sucedido en los tres años de guerra, sin contar ya la falsificación llevada a cabo sobre lo acaecido en la posguerra.

En plena batalla ideológica contra el revisionismo jruschovista, abrazado por Carrillo y Cía., muchas direcciones comunitas de entonces acabaron asumiendo el jruschovismo, o plegándose a él, posiciones rechazadas explicita y consecuentemente por China, Albania, Corea…, era vital para esa lucha desenmascarar a “nuestros” revisionistas.  La visión y análisis que daban de aquella guerra iniciada por la traición de los “cuatro generales”, que con la ayuda de la Alemania hitleriana, la Italia mussoliniana y el Portugal salazarista 1, trataba de justificar en último análisis, la traidora política de reconciliación nacional, el abandono de la lucha por la república y las torticeras alianzas con  sectores de la burguesía “ilustrada”, los ataques a Stalin, etc…

Al releer ahora aquel análisis, me parece que habría que matizar algunos aspectos, profundizar en otros, desarrollar más. Por ejemplo, pienso que no es justo calificar de renegado a Enrique Líster. Cierto es que, quizá por seguidismo hacia Carrillo, durante tiempo defendió posturas revisionistas y oportunistas, que después de muchas vacilaciones y de luchas intestinas (Semprún, Claudín,Gallego y otros miembros de la dirección del PCE), rompió con Carrillo, al que denunció en un libro que aclaraba bastantes puntos oscuros. Pero sus posiciones oportunistas, no dan pie, en mi opinión, para calificarlo de renegado y olvidar el importante papel que desempeñó durante la guerra. Igualmente, “meter en el mismo saco” a  Dolores Ibárruri con Santiago Carrillo, tampoco es correcto. No se trata de negar u olvidar las posturas erróneas y oportunistas que adoptó “Pasionaria” (véase la diferencia entre lo que ella dice con lo manifestado por José Díaz, meses antes 2, y que durante años se plegó, o por lo menos no manifestó su oposición a las posturas revisionistas del renegado Carrillo, ese sí. Empero, su responsabilidad no fue nunca, repito, a juicio mío, comparable con la del gran traidor. Son aspectos que merecen matizaciones.

Cuando surja el partido marxista-leninista por el que trabajamos, deberá abordar esta tarea y profundizar algunos temas, como, por ejemplo, el siniestro papel de los trotskistas del POUM (de su dirección, evidentemente) que provocaron una criminal insurrección contra el Gobierno de la República, del Gobierno del Frente Popular, cuando se hallaba en lucha dificilísima contra la otra insurrección, la fascista. Aquellos dirigentes trotskistas, tan admirados por el chivato Orwell, desempeñaron objetivamente (faltaría saber si no hubo alguno que actuó subjetivamente) como agentes de la reacción. Eso es así de crudo.

Igualmente, hace falta analizar más a fondo, la situación del Partido, de sus organizaciones en España después de la derrota, y la heroica lucha de los guerrilleros, si se les prestó la ayuda necesaria, si estuvieron orientados y dirigidos correctamente; además de algunos puntos oscuros que necesitan aclaración. Son preguntas sin respuestas…por el momento.

Los comunistas concebimos proyectos, hacemos planes, señalamos tareas, etc., etc., que luego la realidad material, el tiempo, nos limita.

De todas formas, y pese a las lagunas evidentes, el análisis es correcto y sirve para que las nuevas generaciones, puedan hacerse una idea de lo que fue aquella heroica lucha, sin caer en los tópicos ni en las empalagosas “batallitas del abuelo”.

R.Marco, Mayo de 2006


1 Cuando se habla de la ayuda que el nazifascismo prestó a la sublevación fascista en España, se olvida generalmente que el Estado dirigido por el dictador Salazar, además de ayuda material en armas, envió soldados. La dictadura salazarista colaboró también, al final de la guerra, cerrando sus fronteras a los republicanos que trataban de escapar a la feroz represión franquista. Sin ir más lejos, no olvidemos que Miguel Hernández, que consiguió cruzar la frontera fue detenido y entregado a los franquistas, en cuyas mazmorras murió.

2 Es ilustrativa la lectura del libro de José Díaz, “Tres años de lucha”, cuya primera versión (y no otras posteriores, ya cercenadas cuando no manipuladas) reproducimos en nuestra página web.