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TÚNEZ: El Frente Popular consigue 15 diputados en el Parlamento

noviembre 16, 2014 por  
Publicado en: Internacional

HammagenteLa mayoría de los tunecinos que han votado el domingo 26 de octubre tenían ante sí un dilema: eliminar por la votación al partido islamista, vencedor en las elecciones a la Asamblea Nacional Constituyente en 2011, y a sus aliados, dada la catastrófica gestión llevada a cabo durante sus dos años de mandato. Lo que se ha logrado parcialmente, ya que el partido En Nahda ha perdido más de un cuarto de sus electores y una parte de sus diputados, que han pasado de 89 a 69, y sobre todo el primer lugar, que le hubiera permitido formar el nuevo gobierno.

Es el partido Nidà Tunis (“Llamamiento por Túnez”), constituido por un antiguo ministro de Burguiba y ex primer ministro a raíz de la revolución, el vencedor de estas elecciones. Está compuesto por un conglomerado de elementos a los que nada unía, salvo la gestión caótica de los islamistas, que han arriesgado el futuro del país al tratar de cambiar por la fuerza el modelo de sociedad y volver a los modelos “modernistas”.

Al lograr 85 escaños, este partido de tendencia liberal está llamado constitucionalmente a formar el próximo gobierno. Empero, hay que destacar sobre todo la victoria del Frente Popular, que permite a la izquierda, por vez primera en la historia del Túnez independiente, estar representada en el Parlamento y formar grupo: 15 militantes del Frente han sido elegidos en las regiones más pobres del país. Esta victoria es tanto más meritoria dado que el Frente Popular, sin apenas medios materiales, ha debido afrontar una campaña en la que el dinero se distribuía “generosamente” para comprar el voto de los más pobres con promesas alucinantes.

Los militantes del Frente, mujeres y hombres, jóvenes y menos jóvenes, merecen que los felicitemos por el coraje con el que han llevado a cabo la campaña, sin medios, basándose sólo en sus esfuerzos, su entusiasmo y su capacidad de imaginación. Han recorrido el país, puerta a puerta, llevando valerosamente el debate allá donde era necesario, y eso durante todos los días de la campaña: en las fábricas, en lo barrios populares de las ciudades, y también en las zonas rurales más recónditas del país. El portavoz del Frente y candidato para las elecciones presidenciales, Hamma Hammami, ha batallado apoyando a sus camaradas y las listas del Frente en casi todas las regiones del país.

Señalamos que, pese a todo, el número de escaños obtenidos está por debajo no sólo de las aspiraciones de los militantes del Frente, sino también de su presencia real: las campañas de denigración de la prensa burguesa, y sobre todo en las mezquitas, la influencia del dinero “sucio” y el llamamiento al “voto útil” para derrotar al partido islamista… Todos esos elementos hay que tenerlos en cuenta para comprender los resultados obtenidos.

Orgullosos del trabajo realizado, los militantes del Frente Popular ya trabajan para las elecciones presidenciales y por su candidato, el camarada Hamma Hammami.

Hay que hacer lo que debemos, por J. Romero

abril 11, 2014 por  
Publicado en: Artículos

frente-popular

Muchos militantes, incluso cuadros de las organizaciones de izquierda, se hacen la misma pregunta: ¿por qué todavía no ha sido posible, a pesar de la urgencia, la unidad? Y es que, pese a que en los últimos meses, y más aún en las últimas semanas, ha habido multitud de reuniones, iniciativas y encuentros unitarios, en los que parecía plantearse con sinceridad el compromiso de aparcar lo secundario para centrarse en la construcción de una alternativa unitaria, sobre la base de unos acuerdos mínimos, que permitiera enfrentar a la derecha cada vez más brutal y envalentonada, la realidad es que, en las elecciones al Parlamento Europeo del próximo 25 de mayo, la izquierda se presenta más dispersa probablemente que nunca antes.

Es cierto que las características de estas elecciones dificultan la confluencia al facilitar el control de las listas y de los programas por los aparatos. Es cierto también que, aunque no se reconozca abiertamente, las diversas fuerzas políticas consideran estas elecciones un trámite menor, habida cuenta de la escasa capacidad política del Parlamento Europeo, anulado por el entramado institucional de la UE, marcadamente antidemocrático.

Pero hay otra razón más de peso que explica este aparente contrasentido: la dispersión de candidaturas expresa un debate de fondo que se está librando en el campo de la izquierda y de cuyo desenlace dependerá la posibilidad y el alcance de la unidad que se logre. Realmente cabría decir que asistimos no a uno sino a muchos debates, que la urgencia electoral ha ocultado, aunque se sigan dando, cada vez con más virulencia.

Vayamos por partes. En primer lugar, venimos repitiendo que la crisis afecta a los fundamentos mismos del sistema y del régimen. E insistimos en diferenciar ambos términos en la medida que expresan aspectos diferentes del mismo problema: si bien es cierto que en última instancia es el sistema capitalista el que se encuentra en crisis, una más, pero probablemente la más profunda de las que provoca su ley fundamental del máximo beneficio, que lo enfrenta periódicamente a la destrucción masiva de fuerzas productivas, también lo es que en España esta crisis es más grave aún por coincidir con la descomposición del régimen monárquico continuista, que es la forma particularmente reaccionaria que adquiere en nuestro país la explotación capitalista.

En España, a la crisis económica se une una crisis aún más profunda, si cabe, del modelo político y de las fuerzas institucionales que lo sustentan, y que afecta tanto a la derecha como a la izquierda. Por eso, la cuestión democrática constituye la clave de bóveda de cualquier alternativa que pretenda unir a toda la izquierda en un gran bloque popular: la izquierda de clase, la que representa los intereses e inquietudes de sectores de la burguesía golpeados por el régimen, la nacionalista, etc.

La izquierda institucional se enfrenta a un proceso de recomposición que pasa no solo, aunque también, por el cambio de los aparatos que han controlado hasta ahora sus organizaciones (acostumbrados a hacer y deshacer al margen de la militancia, por lo tanto implicados conscientemente en el sostenimiento del statu quo, y que son vistos como responsables del lamentable estado actual) sino, también, por recuperar el programa político transformador que abandonó al asumir los límites que aquellos aceptaron en la transición. Y ambos cambios no se dan con el mismo ritmo.

La cuestión es que esa pelea de fondo se libra confundida con enfrentamientos por intereses políticos y largas historias de malquerencias personales entre los jefes de filas de las diversas familias. Y todo ello, en un ambiente general de descrédito de la acción política generado por la práctica de sumisión y consenso de los representantes institucionales de las principales fuerzas de izquierda, junto a la nula experiencia organizativa de amplios sectores populares empujados a la lucha.

Las diversas corrientes oportunistas han visto como cambiaba bruscamente el contexto en el que estaban acostumbrados a dirimir sus diferencias (la conspiración interna), y buscan mejorar su situación en la recomposición del campo de la izquierda, utilizando todos los recursos que la nueva situación pone a su alcance. No dudan para ello en confundir sobre los verdaderos problemas planteados, desplazando deliberadamente el centro del debate hacia aspectos secundarios, cuando no procedimentales: la supuesta obsolescencia de la forma “clásica de partido” (1); la confusión entre el carácter interclasista que debe tener el Frente Popular, si quiere aunar a toda la izquierda, con su “neutralidad” ideológica; o los procedimientos de elección de los candidatos (se hace así depender la participación de la gente, fundamentalmente, de la elección supuestamente libre de representantes individuales de sus intereses a los que nadie conoce realmente, ignorando aspectos, estos sí, básicos de la relación entre la representación institucional y la organización: listas abiertas, posibilidad de revocación de los cargos, subordinación de las representaciones institucionales a las decisiones de la organización y no al revés como hasta ahora, etc.) .

Apoyándose en premisas parecidas, el aparato actual y quienes le disputan el control del campo político de la izquierda institucional han dado respuestas diferentes que, sin embargo, incluyen la misma aceptación del statu quo político: el aparato ha elaborado una lista que acoge a los representantes de las corrientes más derechistas, ya que el voto disciplinado de su izquierda lo tiene asegurado; y quienes aspiran a remover los sillones de aquellos, aprovechan el florecer de la movilización espontánea para reforzar su posición interna.

Particularmente nociva es la propuesta de algunos conspicuos representantes de las corrientes más ultraizquierdistas, que han convertido en mantra la conocida cantinela «ni de izquierdas, ni de derechas: la pelea se da entre los de arriba y los de abajo».

En un reciente artículo titulado “Podemos” en Ucrania, el filósofo S. Alba Rico resumía alguno de los argumentos esgrimidos por estas corrientes, estableciendo una curiosa relación entre las revueltas de la plaza Maidan y los riesgos que enfrenta el movimiento popular en España. En su artículo escribe lo siguiente: «Lo que necesitamos -nos dicen con razón- es una gran organización revolucionaria con conciencia de clase y una estrategia clara de transformación radical. Aceptando que “conciencia de clase” sea un concepto menos confuso que “dictadura de los bancos”, estoy seguro de que necesitamos una organización así. Pero hay que recordar que […] esa ausencia [la de una organización revolucionaria] está llena: llena de mercado, de paro, de desahucios, de televisión, de partidos de derechas, de hartazgo institucional, de miedo, de ganas de echar la culpa a alguien, de ganas de querer a alguien. Está llena también de gente común, ideológicamente gelatinosa, que podrá ser anticapitalista, pero que en ningún caso -en ningún caso- será ya jamás “soviética”. Ese fondo anticapitalista, alimentado por la crisis y la ética común, permite trazar unas líneas rojas y, al mismo tiempo, politizar el malestar desde la recuperación de una práctica democrática que el doble bipartidismo de la “transición” no ha dejado de erosionar desde 1978. Un poquito de democracia (frente a la dictadura estructural) y un poquito de anticapitalismo (frente al capitalismo total) son prácticas colectivas mucho más claras y revolucionarias de facto que la invocación onanista del mantra de la “lucha de clases” y la “revolución”.»

En estas líneas está sintetizada la autolimitada y peligrosa visión de esa corriente surgida del entorno de la izquierda institucional reformista que equivoca la solución al problema apoyándose en un relativismo absoluto (“indeterminación cuántica” lo llama Alba Rico), para proponer como remedio la: «recuperación de una práctica democrática que el doble bipartidismo de la “transición” no ha dejado de erosionar desde 1978» (2).

Es cierto que algunos sectores sociales, «las “clases medias precarias” y su “juventud sin futuro”», han pasado bruscamente, con la profundización de la crisis, a un estado de ansiedad política. Es cierto también que la práctica de la izquierda institucional y la desidia del resto de la izquierda nos han alejado de las masas (y, en particular, de los sectores más jóvenes) y que, por lo tanto, no sabemos «qué comen, qué leen, qué miran, qué desean».

Sí, es verdad que, tras el movimiento espontáneo que recorre de una punta a otra el Estado español, existe, como señala el autor, mucho de «ganas de echar la culpa a alguien, de ganas de querer a alguien»; es cierto que la primera reacción ante la agresión que sufre la mayoría social desde hace seis años fue la respuesta directa, impulsiva y por tanto manipulable; pero tras ella se está dando una intensa búsqueda de alternativas (3).

La razón por la que esa fuerza arrolladora no logra imponerse la señala también Alba Rico: se necesita «una gran organización revolucionaria con conciencia de clase y una estrategia clara de transformación radical». La cuestión, sin embargo, es que en lugar de trabajar por ella, en lugar de avanzar por construir objetivos comunes de transformación radical, la inmensa mayoría de las candidaturas que en el espacio de la izquierda se presentan a estas elecciones han apostado, como Alba Rico, por rebajar los objetivos políticos e ignorar la cuestión democrática, para centrarse en rellenar la ausencia de esa referencia transformadora radical con más indefinición, sin tocar los pilares de un modelo de Estado que hace aguas a ojos vista, ni informar sobre las soluciones que puedan permitir superar el estado de cosas actual.

La apuesta por construir un Frente Popular tiene riesgos, desde luego; el primero de ellos, superar primero la desconfianza que la inopia política de la izquierda ha generado en la mayoría trabajadora y la resistencia de una dirección que apuesta por defender el statu quo del régimen (que es también el suyo). Pero dirigirse a la «gente común, ideológicamente gelatinosa» (sic), para ofrecer «un poquito de democracia» y «un poquito de anticapitalismo» (4), ocultando las causas y pasando por encima de las alternativas, no contribuye precisamente a «politizar el malestar», y menos aún a trazar las líneas rojas en un contexto como el actual, de brutal ofensiva del capital monopolista y descomposición de sus estructuras políticas. Deja abierta la puerta a la frustración, porque la democracia se conquista y no a poquitos, lo mismo que se supera el capitalismo. Aunque hoy no estemos en condiciones de hacerlo, habrá que trabajar por ello.

La historia está llena de ejemplos de adónde conducen estos ejercicios de relativismo y pragmatismo políticos. Y ninguno de ellos invita a seguirlos.

 

 


(1)
No es sorprendente que alguna candidatura que hizo del carácter “abierto” de su organización el detalle esencial de su propuesta, no tardara en cerrarla, constituyéndose en partido antes de tener consolidada siquiera una estructura mínima que lo hiciera necesario.

(2) Así, la cuestión se reduce a su aspecto formal, procedimental: acabar con el bipartidismo, como si este no fuera la expresión, además de una de las causas (y no la fundamental) de un modelo político, jurídico y administrativo hecho para mantener el mismo bloque social en el poder: la oligarquía asentada en el franquismo.

(3) Qué diferencia entre las primeras movilizaciones del 15M, de un simplismo e ingenuidad política patentes, y las Marchas por la dignidad del pasado 22M, en las que fueron abrumadoras las muestras de interés político: gritos de Gobierno dimisión, miles de banderas republicanas y rojas, etc.).

(4) Un término, por cierto, que dicho así, es tan “gelatinoso”, tan indefinido y relativo que ha servido de cobertura también a las corrientes fascistas.