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El Bloque histórico

octubre 16, 2014 por  
Publicado en: Artículos, Destacado

Por Efrén H. | Una de las aportaciones fundamentales de  Antonio Gramsci al marxismo fue el concepto de BLOQUE HISTÓRICO, elemento clave en la articulación del pensamiento gramsciano (1).

El bloque histórico se refiere a una situación histórica concreta en la que se distingue una  estructura social  –las clases sociales–, que depende directamente del desarrollo y la relación de  las fuerzas productivas, y una superestructura ideológica y política. La relación que se establece entre ambas es el aspecto esencial de la noción del bloque histórico:  “la estructura y la superestructura forman un «bloque histórico», o sea que el conjunto complejo, contradictorio y dis¬corde de las superestructuras es el reflejo del conjunto de las relaciones sociales de producción. De ello surge: sólo un sis¬tema totalitario de ideologías refleja racionalmente la contradicción de la estructura y representa la existencia de las condiciones objetivas para la subversión de la praxis” (2).

Entre la estructura y la superestructura hay una unidad orgánica,  una relación de interdependencia y reciprocidad. Una relación, en fin, dialéctica.

Gramsci concedió una especial importancia a  la superestructura, donde distingue dos esferas: la sociedad civil y la sociedad política. La primera comprende el campo extremadamente complejo de  la ideología, mientras que la sociedad política se refiere al ámbito del Estado y los aparatos de coerción. Entre ambas hay una estrecha relación, puesto que las clases dominantes ejercen su poder no solo a través de la coacción, sino mediante la hegemonía ideológica sobre las clases dominadas, de tal forma que el Estado podría definirse como la suma de coerción más hegemonía. Esta hegemonía estaría asegurada por la capa social de los intelectuales, encargados de transmitir la concepción del mundo de la clase dominante a todos los grupos sociales. El intelectual se encuentra ligado a la clase a la que representa, aunque este vínculo no es mecánico, sino que mantiene una relativa autonomía respecto a esa misma clase.

Resumiendo, el bloque histórico se estructura en dos esferas complejas. Por un lado una estructura económica a la que corresponde una determinada sociedad  en la que domina una clase fundamental; por otro, una superestructura en la que esa clase organiza la hegemonía ideológica y la dirección política sobre las otras clases. Los intelectuales vinculados a esa clase dominante son los encargados de mantener esa hegemonía y ligar la estructura económica y la superestructura.

En el desarrollo histórico se puede abrir en el seno  de ese bloque una crisis orgánica,  resultado de la evolución y los cambios en la estructura económica que no tienen su correspondencia en la superestructura. En la medida que la clase dominante ya no es capaz de ejercer la hegemonía ideológica,  se produce una ruptura entre la clase dominante y las clases dominadas, se abre una situación revolucionaria. El desenlace de esa situación dependerá de una diversidad de factores. Si la clase dominada fundamental –el proletariado– es capaz de organizar un sistema  hegemónico alternativo mediante la creación de su propia dirección política e ideológica, puede alcanzar el poder y estructurar un nuevo bloque histórico. Ahora bien, teniendo en cuenta la situación de los países de Europa occidental, en los que hay una fuerte sociedad civil, Gramsci pensaba que la clase obrera debería optar por una guerra de posiciones contra la burguesía; es decir, dar prioridad a  lucha ideológica, conquistar la sociedad civil mediante la disgregación del bloque intelectual dominante, atrayendo a los intelectuales al campo del proletariado, lo que no excluye la conquista del poder mediante una guerra de movimientos en determinadas circunstancias.

La aportación de Gramsci sobre el bloque histórico tiene plena actualidad en España. Por muy grave que sea la crisis económica, el capitalismo no está condenado necesariamente a desaparecer ni la burguesía va a ser inevitablemente derrocada. La crisis del 29 ya demostró la capacidad de resistencia de la burguesía y  la salida política de la crisis fue la derrota de la clase obrera y la difusión del fascismo. La burguesía tiene suficientes recursos materiales e intelectuales para mantener su hegemonía. De lo que se trata, por tanto, es de dilucidar, en primer lugar, si estamos en presencia de una crisis del bloque histórico propiciada por la crisis económica y, si es así, establecer por parte de la izquierda la táctica y la estrategia adecuada.

Es evidente que en nuestro país el consenso político de la transición se ha roto y un sector muy importante de las fuerzas populares ya no se siente representada por los partidos del sistema. En este sentido, la burguesía española ha comenzado a perder la hegemonía ideológica sobre las clases dominadas y recurre cada vez más abiertamente a la represión policial, pero también es cierto que la clase obrera no logra organizar una alternativa política  ni atraerse a la mayor parte de los intelectuales. Es necesario, por tanto, la unidad del las organizaciones de izquierda en torno a un programa de ruptura   capaz de aglutinar a amplios sectores de la sociedad española. Esa será la base sobre la que se forme el Frente Popular, que  no puede generarse espontáneamente a partir de movimientos ciudadanos que en muchos casos responden a intereses concretos y parciales. En torno a la ruptura republicana puede tejerse un nuevo bloque histórico que  afronte y solucione los gravísimos problemas de nuestro país. En caso de que esa unidad no se materialice, la burguesía puede recomponer su hegemonía mediante la promoción de nuevas fuerzas políticas que generen ilusión  entre las clases populares sin apostar por una ruptura del sistema. Esa recomposición pasaría por captar a un sector de intelectuales  instalados actualmente en el espacio de posiciones de izquierda, pero que no están ligados orgánicamente al proletariado y susceptibles, por tanto, de elaborar un discurso capaz de reorganizar el bloque histórico dirigido por la burguesía. ¿Es este el caso de “Podemos”?
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1. Sobre este tema es especialmente interesante la obra de PORTELLI, Hugo: Gramsci y el bloque histórico. México, Siglo XXI, 1973.

2. GRAMSCI, A: El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce. México, Juan Pablos Editor, 1986. Pág. 48.

Organización y organización de clase, por J. Romero

octubre 16, 2014 por  
Publicado en: Artículos, Destacado

J. Romero. Junto a la indeterminación política, la moda pequeñoburguesa del “ciudadanismo”,  proclama la obsolescencia de la organización de clase, centralizada y permanente: Las plataformas ciudadanas, dicen, permiten que la gente (los ciudadanos) participen en sus problemas reales; los partidos son estructuras esclerotizadas que no facilitan la participación de la gente en sus asuntos; los grandes objetivos políticos, los ideales (la ideología), hacen que la ciudadanía pierda interés en los problemas “que tienen solución”; la rigidez de la organización política les aleja de la política, por eso se necesitan formas más flexibles y más difusas de militancia.
Ahora bien, la tendencia pequeño burguesa en la organización no es nueva, ni es propia de España. La hemos visto aparecer en otros países, en situaciones de crisis política: Los Verdes alemanes*(1); el Partido Radical Transnacional de Marco Pannella en Italia, el Movimiento de los Forajidos en Ecuador*(2), son otros tantos ejemplos de “nuevos modelos organizativos”. Su resultado ha quedado probado: se diluyeron o derivaron en formaciones políticas rígidamente centralizadas e implicadas objetivamente en el sostenimiento del capitalismo. Y en todos los casos contribuyeron a desviar  al proletariado de su objetivo revolucionario
Todos estos ejemplos usaron como banderín de enganche el rechazo a la política y al modelo de partido “tradicionales”, el desprecio a los políticos como casta de técnicos ineficientes, la exaltación de las formas espontáneas de intervención política, la dispersión de sus objetivos, la exacerbación de las formas “democráticas” burguesas y la aceptación del sistema que únicamente se proponen hacer más eficiente, etc.
¿Es necesaria la organización?
Que la organización centralizada es imprescindible para intervenir en la vida política no lo decimos solo los leninistas; incluso un abanderado de las formas más dispersas de organización, como JC Monedero, señalaba recientemente: “Si alguien en un círculo dice una cosa, otro la contraria en otro lado y cada uno dice lo que le viene en gana…qué bien, que libres somos, pero esto no es entonces una formación política. …la tensión justa entre ejecución y participación sólo se encuentra de manera dialéctica con mucha deliberación” Entrevista en “Público.es” 1/6/2014. Cabría añadir que tras esa fórmula mágica (la deliberación), finalmente, la tensión dialéctica solo puede resolverse con la ejecución de lo acordado, por lo que al final, su modelo de  organización sirve para lo que todos: establecer unas normas de adopción de las decisiones (que necesariamente deben incorporar una estructura orgánica), priorizar los objetivos acordados, controlar su aplicación, garantizar la participación de los militantes y delegar la dirección de los asuntos en órganos específicos. *(3)
Claro que la táctica política está sujeta a cambios y, por tanto, es preciso garantizar un debate constante en la organización para adecuarla a las modificaciones que se producen, máxime en situaciones tan fluidas como la actual, pero las decisiones deben ser aplicadas si se quiere hacerlas viables y contrastar su idoneidad con la realidad.
¿Es necesaria la organización de clase?
Para el “ciudadanismo”, la lucha política se reduce a un problema técnico: determinar cuál es la opinión de la mayoría y aplicar su decisión. Se olvida que en una sociedad dividida en clases, una de ellas (la que ostenta el poder político) impone a las demás no solo un determinado modelo económico, social, cultural, ideológico, etc., sino unas reglas jurídicas e instituciones que condicionan totalmente las relaciones políticas.
Por esa razón, los intereses de los distintos sectores deben articularse de forma permanente en estructuras orgánicas con reglas claras y unificadas para establecer los objetivos colectivos, de clase. Sólo así podrán expresar en la lucha política sus propias reivindicaciones. Lenin señalaba: “…Los marxistas entienden…que…para que las masas de determinada clase puedan comprender sus intereses y su situación, aprender a aplicar su política, es necesaria, cuanto antes y por encima de todo, la organización de los elementos más avanzados de la clase, aunque al principio sólo constituyan una parte ínfima de la misma”
Y, si las formas de organización están mediadas por los intereses de la clase a los que sirven, toda organización que se defina a sí misma como ajena a la división de clases podemos calificarla como burguesa, porque sólo la burguesía considera que el modelo social actual, el capitalista, es el único realmente posible, y por lo tanto entiende que no existen intereses de clase que deban organizarse de forma independiente. Esa es la razón por la que la burguesía ve “ciudadanos” y no trabajadores y considera tanto la organización como la lucha política algo ajeno a la lucha de clases.
No nos engañemos, la lucha de la clase obrera por su objetivo central: el derrocamiento revolucionario del capitalismo le enfrenta a una clase, la burguesía, que lleva decenios controlando un poderoso aparato de coerción, que tiene a su servicio un ejército de especialistas en las más diversas materias capaces de legislar, crear opinión, intoxicar y desinformar;  conoce los “secretos” de la administración, dispone de una red de relaciones e interconexiones internacionales enorme, etc. Y la mejor prueba de lo que decimos la dan los medios de comunicación ligados a sectores “más inteligentes” de la oligarquía, que están promoviendo activamente alguna de estas corrientes pequeño burguesas, para intentar debilitar la organización independiente del proletariado.
Por eso, enfrentarse a ella requiere determinación y firmeza políticas y una organización centralizada que las garanticen, que establezca qué objetivos son los prioritarios en cada momento y supedite a ellos los demás, mediante el análisis, la toma de decisiones y el control de su aplicación colectivos y una rígida disciplina consciente que garantice el cumplimiento de los acuerdos, etc. (ver artículo de Octubre nº 74: Sobre el centralismo democrático)
El modelo leninista de Partido, entiende la organización proletaria como un instrumento que agrupa al sector más lúcido, de vanguardia, del proletariado; como algo más y distinto a una suma de sectores y sensibilidades: su función es dotar de objetivos emancipadores a las luchas parciales, orientándolas hacia la  superación revolucionaria del capitalismo, dirigir y centralizar todos los esfuerzos hacia este objetivo. Puede, por tanto,  llegar a acuerdos tácticos con otras organizaciones ajenas a la clase obrera, pero no diluirse en ellos.
Sin embargo, para los oportunistas de todo tipo,  no existe una identidad única para toda la clase y por tanto, la organización, central y centralizada, expresión de esa identidad de clase, se fragmenta en una suma de identidades parciales que se constituyen en centro del interés y de la actividad de cada militante. Y esta dispersión de objetivos tiene una lógica relación con la renuncia de todas estas corrientes al objetivo central del proletariado que es la superación del capitalismo.
El modelo leninista es, por esa razón, centro de los ataques de las diversas corrientes oportunistas y pequeño burguesas que intervienen en el campo popular. Frente a la organización centralizada, ellas levantan el “libre pensamiento”, la dispersión organizativa, la militancia sin compromiso, con asambleas decisorias “no presenciales” u otras fórmulas de moda según los tiempos; frente a los principios de clase ellas propugnan el interclasismo, tendencias todas que llevan a la inoperancia o a una mayor centralización, por cuanto no garantizan unas reglas claras que permitan al militante participar realmente en la vida orgánica.
Alguna de estas corrientes se define como “anticapitalista”, pero no se plantean la superación revolucionaria del capitalismo, sino únicamente su reforma: únicamente quieren corregir sus imperfecciones, volver, como señalaba Lenin, al capitalismo “bueno” de libre competencia que respeta las libertades democráticas (esa fue la bandera de la burguesía en su lucha contra el antiguo régimen, hasta que logró controlar el estado y convertirlo en su instrumento de dominación de clase). Para evitar las crisis y recuperar la normalidad democrática, basta con atajar las imperfecciones concretas del capitalismo no es necesario destruirlo,  basta con eliminar la casta ineficiente que sirve al estado capitalista, castigar la ineficiencia de los “políticos”, y establecer métodos novedosos para que opine la mayoría. No comprenden (o no quieren comprender) que para garantizar estas cuestiones, es preciso ejercer una presión política contra la minoría oligárquica y echar abajo el régimen que sustenta su dominio.
¿Es más democrático el modelo disperso de organización?
No faltan experiencias históricas de que la aparente libertad orgánica del anarquismo, por ejemplo, contradice frontalmente su obsesión conspirativa, que le llevó ya en los albores de la organización proletaria, en el s. XIX a depender de pequeños núcleos de activistas y de la personalidad de un reducidísimo número de dirigentes. Su tendencia a la dispersión y su rechazo de la lucha política condujeron, por otra parte, a dolorosas derrotas frente al enemigo de clase.
Tampoco faltan ejemplos recientes que apuntan en ese mismo sentido. Así, en España, tras la muerte de Franco, conforme la izquierda “marxista” abandonaba el principio leninista de organización  fue imponiéndose un modelo más liberal (en el pleno sentido burgués del término). En él, cada “jefe de filas” marcaba su propia línea y establecía compromisos con sus pares, formando familias y capillas que  han terminado por minar la vida democrática interna; los grupos de representación institucional se independizaron del control de la organización (si cada “barón” era libre de decidir si aplicaba o no los acuerdos colectivos, ¿por qué razón los diputados o alcaldes debían sujetarse a ellos?) y terminaron controlando la actividad política de la organización, etc.
En definitiva, desde hace muchos años, amparado en una liberalización formal de la militancia, en un relajamiento de la disciplina, se impuso en realidad un modelo de organización disperso, en el que cada militante tenía formalmente la posibilidad de intervenir sin sujetarse a ningún cauce orgánico, pero el control real y efectivo pasaba cada vez en mayor medida a un aparato reducido y dividido, sin objetivos comunes: un modelo  antidemocrático además de ineficaz.
Frente a las modas que diluyen la fuerza política del proletariado en una indeterminación constante y pretenden convertir su organización en un instrumento inútil, los comunistas no debemos olvidar  ni por un instante lo que señalaba Lenin: “la inevitabilidad de la lucha de clase del proletariado por el socialismo contra la burguesía y la pequeña burguesía más democráticas y republicanas…de la que se desprende la necesidad absoluta de que tenga un partido propio, independiente y rigurosamente clasista” (Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática). Política y organización de clase son conceptos dialécticamente relacionados.

*(1).- La evolución del Partido Verde alemán queda perfectamente definida al decir que, nacida como una formación eco pacifista, fue un Ministro de ese partido, Joschka Fischer el que ordenó el despliegue de un contingente militar alemán, para intervenir en acciones de combate fuera de sus fronteras, por primera vez desde la II Guerra Mundial.
*(2).- En Ecuador, al calor de la lucha popular contra Lucio Gutiérrez, se aireó el éxito (que resultó efímero) de un movimiento pretendidamente “espontáneo”, contra la tiranía de la partitocracia. Este movimiento de los Forajidos, potenciado y articulado por la socialdemocracia y la democracia cristiana, con medios controlados por la burguesía (radios, periódicos, etc.) fue saludado por algunas fuerzas españolas de izquierda como ejemplo de una nueva corriente política capaz de articular a las más amplias masas populares y situarlas bajo la dirección de “movimientos sociales” libres del control de los partidos “tradicionales”. Terminó preparando el terreno para que Rafael Correa y su “revolución ciudadana” dirigida por el “Movimiento Alianza País”, se hicieran  con el gobierno de Ecuador, sobre unas bases “ciudadanistas”. La política populista de Correa ha ido derivando paulatinamente hacia formas autoritarias y la represión de las organizaciones de la clase obrera ecuatoriana son una constante de su actuación.
*(3).- “…Corresponde a la Asamblea Ciudadana Estatal, o los órganos en los que delegue, todas las decisiones relativas a las líneas básicas de acción política general, los objetivos organizativos, las vías de financiación, la representación,…, la planificación de las estrategias electorales en todos los niveles territoriales, la definición de acuerdos o eventuales alianzas con otros grupos sociales o políticos”  Punto 9  Pre-borrador Principios Organizativos de Podemos. (el subrayado es nuestro).

El populismo, adversario contumaz del proletariado y las masas populares, por Rául Marco

octubre 16, 2014 por  
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Raúl Marco. El populismo, ideología pequeño burguesa, idealista, surgió en Rusia en los años 70 del siglo XIX. Según Lenin, «Representa los intereses de los productores desde el punto de vista del pequeño productor». Los  populistas, creyendo  en la posibilidad  de la revolución social campesina, en la década de los setenta, jóvenes de la intelectualidad no procedente de la nobleza, utilizaban ropas campesinas para ir a las aldeas, al «pueblo» para preconizar sus posiciones «populares».

El populismo, independientemente del nombre que tome, por ejemplo «ciudadanismo», es hostil al marxismo en general y al Leninismo en particular. A estas alturas, no reconocen el papel histórico del proletariado; aunque no lo dicen claramente están contra la organización partidaria, ni derecha ni izquierda. La lucha de clases no existe (no lo dicen así, pues tontos no son y tienen buenas tablas universitarias y apoyo mediático). Se dirigen al «pueblo» en general, e ignoran que el proletariado es la única clase plenamente interesada en acabar con el capitalismo y construir el socialismo, y eso no se hace con soflamas ni demagogia callejera.
Lenin combatió el populismo y desmontó la crítica de los populistas hacia el capitalismo ruso por ilusoria y reaccionaria. Según Lenin, la teoría y la práctica de los populistas constituían un obstáculo para el desarrollo y la propagación del socialismo científico, para el desarrollo del movimiento obrero. Lenin jamás dejó de luchar contra los grupos populistas; fue una lucha contra la ideología pequeñoburguesa, reaccionaria en definitiva.
Los tiempos han cambiado y las formas que toma el populismo también, pero su esencia sigue siendo la misma, y aunque en la forma se encubra con fraseología huera y taimada con la que pretenden manipular la realidad,  es  en el fondo reaccionaria.
El populismo en todas sus formas, no deja de ser anticomunista y por ende reaccionario y peligroso pues logra engañar y hacer creer lo que no es, particularmente entre la juventud, como es el caso en España. Claro que la prolongada desidia ideológica, las desviaciones oportunistas, la politiquería de los partidos tradicionales e incluso traiciones, particularmente del PSOE que hizo posible junto con el equipo de Carrillo, la transición del franquismo al franquismo sin Franco, creó y se mantiene un rechazo, relativamente grande, hacia los «políticos» que han consensuado todas las maniobras contra los pueblos de España, el proletariado, y otras capas populares.
El populismo, no sólo tiene planteamientos pseudo ideológicos, cuando menos equivocados, también siembra el anti partidismo, el rechazo a la organización y a cualquier planteamiento revolucionario claramente expuesto. «Sin teoría revolucionaria, no puede haber tampoco movimiento revolucionario. Nunca se insistirá lo bastante sobre esta idea en un tiempo en que a la prédica en boga del oportunismo va unido un apasionamiento por las formas más estrechas de la actividad práctica» Escribía Lenin en su famoso « ¿Qué hacer?» Y en su no menos famoso «Materialismo y Empirocriticismo», denunciaba:
« La no pertenencia a ningún partido no es en filosofía más que servilismo miserablemente disimulado al idealismo y el fideísmo.»
Acabemos, el populismo o como se quiere presentar y denominar, causa serios daños y problemas. Hay gente que utilizando errores o pretendidos tales, se aferran a las posturas del populismo y atacan y critican a las fuerzas y organizaciones revolucionarias, como nuestro Partido. Eso crea pesimismo, derrotismo. Por ello, hay que estar alerta contra los casos que se puedan dar de camaradas o conjunto de camaradas que teorizan por la negativa (la “teoría” del catastrofismo), que ven únicamente los errores o fallos, y caen en deformaciones y desviaciones graves que los llevará, inconscientemente, a negarse a sí mismos y renegar de todo buscando justificar sus aberraciones y desvaríos.
Es una lucha ideológica presente, actual, que conlleva deriva que no se puede ignorar ni menospreciar. Lo advertía Marx:
« La ignorancia es un demonio que, tememos,  provocará aún numerosas tragedias.»

Ciudadanía, unidad y ruptura democrática

septiembre 25, 2014 por  
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Por J. Romero. La Unidad Popular por la que nuestro partido trabaja desde hace años va camino de tener al menos una primera expresión electoral para las próximas municipales y autonómicas, en la forma de Plataformas Ciudadanas, sobre todo en las grandes ciudades y Comunidades Autónomas, aunque aún es pronto para asegurar sin lugar a dudas que esta tendencia se ha consolidado.
Nuestro Partido  siempre ha defendido la necesidad de unir a la izquierda en torno a un programa común de mínimos, por eso, allá donde sea posible, impulsaremos estas y otras formas de unidad que  permitan lograr ese objetivo. Pero insistimos en que para que ese programa sea posible, la ruptura con el régimen monárquico que sustenta el poder de la oligarquía empresarial y financiera debe ser un eje fundamental. Dicho de otra forma: quien, apenas un mes después de que el régimen haya probado su absoluto desprecio a la soberanía popular  imponiendo la sucesión de Felipe VI en dos semanas, pretenda que la unidad de la izquierda se realice sin romper con la monarquía continuista, contribuye objetivamente a sostener el statu quo y a evitar que la lucha popular se imponga a la miseria política reinante.
Decimos esto porque, a rebufo de esta tendencia hacia la unidad de la izquierda, estamos asistiendo al resurgir de una serie de corrientes oportunistas, que podemos agrupar bajo el término general de “ciudadanistas”  que presentan como primera característica común, que debemos desenmascarar, el interclasismo, cuya consecuencia en términos políticos es la renuncia a llevar la lucha contra el régimen hasta sus últimas consecuencias1. con el argumento de que en las elecciones Municipales y Autonómicas debe hablarse únicamente de problemas ciudadanos, no de modelos políticos generales.
El término “ciudadano” resume el sujeto de su acción política. Y no es un término neutro. Ya no existen clases. O mejor dicho, bajo un término como ese que pretendidamente unifica los intereses inmediatos de las distintas clases y sectores populares, se quiere evitar que la clase obrera mantenga su independencia ideológica y pueda llegar a dirigir la lucha democrática planteada en España.
Quienes bienintencionadamente, apuestan ahora por el “ciudadanismo” como la máxima expresión de la tendencia unitaria de la izquierda,  olvidan que el régimen que ahora se descompone, pudo consolidarse precisamente porque se aparcaron las principales reivindicaciones democráticas del movimiento popular y se apartó al proletariado de su papel como dirigente político.
La consolidación de la monarquía se tradujo en la institucionalización de la izquierda que ignoraba la lucha de clases, la consolidación del bipartidismo entre dos fuerzas igualmente dinásticas y sometidas a los intereses de la oligarquía y la desarticulación de las organizaciones populares que enlazaban las luchas sociales en barrios, centros de estudio, etc., a las que se especializó en  la “gestión” de las demandas concretas, separando éstas de los objetivos políticos generales. Como consecuencia, la movilización social se convirtió en un ritual. No tenía otro objeto reconocido que el de reforzar en la calle el peso de sus representantes en las instituciones, en las que todo se reconducía según los principios del consenso interclasista propios de una constitución que nosotros denunciamos como limitada desde el principio. Durante más de treinta años hubo pocas excepciones a este marco general. Se crearon así las condiciones para un paulatino debilitamiento ideológico y político del proletariado y de sus organizaciones. Solo ocasionalmente, cuando afloraban las contradicciones, se producían explosiones caracterizadas siempre por la falta de relación entre los objetivos concretos y los políticos generales. Estos esporádicos estallidos se daban en general en el movimiento obrero, con movilizaciones muy combativas, pero aisladas y dispersas (contra la destrucción del sector siderúrgico o naval durante el proceso de desindustrialización, por ejemplo) o convocatorias de Huelga General cuyo objetivo era meramente defensivo o economicista (entonces, también, lo prioritario era la movilización y la reivindicación social; las cuestiones de principios ideológicos o políticos se aparcaban: ahora vemos las consecuencias de este abandono de la lucha de clases)
Mucho ha llovido desde entonces; la sucesión borbónica a la carrera, es el último acto de un largo proceso de degradación del régimen continuista. Hoy, la movilización social es fuerte,  como consecuencia de una presión brutal de la oligarquía que ha roto su pacto con la izquierda institucionalizada y aplica sin concesiones un programa de recortes cuyas consecuencias sociales son abrumadoras: ha arrojado al paro a más de seis millones de trabajadores, degradado las condiciones de vida y proletarizado muchos sectores de la pequeña burguesía.
El caso es que repunta la movilización social; y precisamente porque repunta  y amplios sectores sociales empiezan a percibir las causas políticas de la situación de alarma social que vivimos, es preciso no perder de vista los objetivos generales. Los “ciudadanistas”, sin embargo, consideran que sin establecer claramente los objetivos de la clase obrera en la lucha de clases entablada, es posible ganar la batalla democrática. Pero, el pueblo se enfrenta a un Estado que, como señala acertadamente PODEMOS en su borrador de ponencia política: “…no ha visto mermada su capacidad de ordenar el territorio y monopolizar la violencia…no vive importantes fisuras en sus aparatos y…no parece que vaya a sucumbir por acometidas de movilización social más o menos disruptiva”. Esa es la cuestión, no es posible hacer avanzar las demandas populares sin cambiar los cimientos del modelo político; únicamente se puede derrotar al común enemigo de clase, enfrentándose a él en términos políticos, arrebatándole el instrumento del que se vale para imponer su dominio: el Estado. Y eso no se logra con indefinición, sino, bien al contrario, planteando claramente el problema en sus términos políticos y no solo en las cuestiones formales democráticas. Por eso mismo, nosotros afirmamos que la experiencia histórica del proletariado  prueba contra toda duda que crear falsas ilusiones sobre la posibilidad de articular un “contrapoder” popular obviando las contradicciones de clase y la expresión histórica concreta de la lucha de clases, únicamente lleva a la derrota de quien no tiene el poder efectivo y real, que se mide en términos de control de los medios de coerción y violencia, la estructura jurídica, administrativa y política, los mecanismos del Estado que permiten (esa es la razón de ser del Estado) el dominio de una clase sobre las demás, aunque sea una minoría tan clamorosa como lo es en España. Y, por eso mismo decimos que ocultar ese objetivo supone, no solo debilitar el papel central de la clase obrera en la lucha, sino llevar la propia lucha democrática a un callejón sin salida. Cierto es que nosotros hemos sido los primeros en combatir las posiciones doctrinales de algunos radical oportunistas y hemos defendido la necesidad de acuerdos tácticos entre las distintas clases y sectores populares, frente a un enemigo común. Pero lo que decimos es que estos acuerdos presuponen la independencia orgánica y política del proletariado, y no deben darse a costa de olvidar el objetivo de superación del capitalismo y construcción revolucionaria del socialismo, que supone la meta del proletariado. Ese empeño tiene en España una expresión táctica común a la de los sectores de la burguesía interesados también en acabar con el dominio de la oligarquía, que no es otra que la necesidad de poner fin y superar el régimen que da sustento a ese dominio, la monarquía continuista para constituir una República Popular y Federativa.
Algunos sectores de la pequeña burguesía han entrado con fuerza en la lucha política aprovechando el desgaste de la izquierda institucional (a la que, hasta ahora han apoyado con pocos “matices”). Y lo hacen con decisión e inteligencia, pero con la indeterminación política que caracteriza a su clase, que bascula siempre entre el proletariado y la burguesía. Y es en este sentido en el que las corrientes oportunistas del “ciudadanismo”, aún reconociéndose de una forma más o menos ambigua, según los casos, como progresistas o de izquierda, practican una especie de “deconstrucción” de los objetivos políticos, con la excusa de articular así “los desconciertos y las identidades colectivas”. Se trataría de dar solo respuestas técnicas a las necesidades inmediatas de las clases populares en los barrios y ciudades, dejando de lado los objetivos generales, por no ser, a su juicio, prioritarios. Este ocultamiento de los objetivos políticos tiene distinta graduación. En ocasiones, es claro; es el caso, por ejemplo, del Círculo de Podemos en Huesca, que rechazó la propuesta de participar en una Plataforma electoral unitaria en la que están IU, CHA, EQUO y RPS, con argumentos como estos: <<…”la unidad popular” va mucho más allá que la unión de organizaciones, siempre subordinada a objetivos políticos fundamentales, pues en otro caso no sirve…y para lograrla son irrelevantes los dogmas, las banderas y doctrinas que cada cual levante>>. Claro que, quienes esto afirman recurren a una monstruosa falsificación histórica al afirmar en su escrito que: <<…”formulaciones” como los “frentes populares”,…, actuaron abiertamente como mantenedores del capitalismo>>.
Incluso, algunos “marxistas” que abrazan ahora con fervor el “ciudadanismo”, para justificar su renuncia a que el proletariado intervenga con sus propias posiciones en la lucha democrática, se escudan en la actitud de Lenin, de la que resaltan su capacidad de adaptación a las situaciones cambiantes, frente a la actitud de los doctrinarios socialdemócratas que terminaron traicionando y vendiendo la revolución.
Pero esta posición no es más que una impostura antimarxista, pues aunque una de las claves de la revolución soviética fue efectivamente la capacidad de análisis de los bolcheviques que siempre supieron determinar los cambios en la situación política para adaptar la táctica a ellos, ni Lenin, ni los bolcheviques ocultaron nunca sus objetivos revolucionarios; de hecho, Lenin siempre previno al proletariado frente a las mixtificaciones de los oportunistas que embellecían continuamente el capitalismo, engañando al proletariado con frases sobre la democracia absoluta y defendía la dictadura del proletariado frente a las posición de los Kautsky y cia, quienes afirmaban cosas como esta: “La dictadura del proletariado era para Marx una situación que resulta necesariamente de la democracia pura si el proletariado constituye la mayoría” (La cita de Kautsky está tomada de “La revolución proletaria y el renegado Kautsky” de V-I. Lenin)
En definitiva, la pregunta es: ¿qué es prioritario precisamente ahora, sino un cambio radical del modelo de Estado? Lenin escribía en “Dos Tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática”: <<…La transformación del régimen económico y político en Rusia en el sentido democrático- burgués es inevitable e ineluctable…Pero de la combinación de la acción de las dos fuerzas en presencia, (a saber, la burguesía y el proletariado) creadoras de esta transformación, puede resultar dos desenlaces…Una de dos: 1) o las cosas terminan con la “victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo, o 2) no habrá fuerzas suficientes para la victoria decisiva y las cosas terminarán con un arreglo entre el zarismo y los elementos “inconsecuentes” y “egoístas” de la burguesía”
No son las mismas circunstancias, ni en España hay realmente una “revolución” democrática en curso, pero lo que queremos resaltar con esta cita es la necesidad de entender que en la lucha democrática que tenemos entablada, si no logramos articular la unidad de los sectores interesados en ella, en torno al objetivo político de la ruptura, si las organizaciones que deben organizar la defensa de los intereses de clase del proletariado, renuncian a ella, para reclamar “una rebelión cívica que apueste por la democracia radical, el bien común y la justicia social”2 sin arrebatar los instrumentos para conseguirlo a la minoría oligárquica que nos explota,  todo puede terminar en un acuerdo formal que cambie algo, para que todo siga igual.
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1.- El “ciudadanismo” ha llegado incluso al núcleo del oportunismo sindical de derechas. Así, por ejemplo, el Consejo Regional de Madrid de la FSC de CCOO (por cierto una federación cuyos máximos dirigentes han apoyado todos los pactos de la mayoría confederal, incluido el pensionazo de 2.012 y que se distingue por su constante represión contra los sindicalistas de clase y mantiene abierto el expediente para expulsar a 11 cuadros críticos, del sector ferroviario) acaba de aprobar un informe en el que reclama la convocatoria de una Huelga General con dos únicos objetivos: la renta Básica y la vivienda.

2.- Estos objetivos, tomamos del llamamiento de “Ganemos Murcia”, son un ejemplo de los conceptos místicos, idealistas y pequeño burgueses que encontramos en la mayoría de las corrientes “ciudadanistas”.