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Informe al Pleno Ampliado del Comité Central

octubre 11, 2014 por  
Publicado en: Comunicados

logonuevopño[Extractos]

Lejos de asistir al final de la crisis capitalista, ésta se agudiza: nuevas amenazas aparecen en el horizonte inmediato, apuntando a una profundización de la recesión: la denominada burbuja de la deuda, que amenaza con estallar en EEUU, se une a los datos de desaceleración de las principales economías de la zona euro (Alemania, Italia y Francia, entre ellas) y la aparición del fantasma de la deflación, que alimenta las pesadillas de especuladores y empresarios.

Este nuevo crac que asoma a las puertas de las economías capitalistas, y que afecta también a las denominadas economías emergentes, ha provocado una aceleración del proceso de reconfiguración de las áreas de influencia entre las diversas potencias imperialistas, del que venimos hablando en otros informes.

El dominio de EEUU se sustenta en el poderío militar (su presupuesto militar, superior a los 800.000 millones de dólares anuales, es superior a la suma del gasto del resto de países) y en el papel del dólar como moneda para las transacciones internacionales. Hoy, es precisamente el hecho de que sus principales rivales (China a la cabeza) son también sus mayores acreedores, lo que evita objetivamente su bancarrota (que ya alcanza a varias grandes ciudades del país), que provocaría un efecto dominó sobre el resto de economías.

Las nuevas potencias emergentes vienen reclamando su parte en el reparto del mundo, y empiezan a dar pasos decididos para “independizarse” del bloque hoy dominante. Los denominados BRICS (acrónimo formado por las iniciales de las principales “países emergentes” en el campo del imperialismo: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) han constituido el Nuevo Banco de Desarrollo, como alternativa al Banco Mundial y el FMI. En julio de este año acordaron dotar a este banco con unos fondos de 100.000 millones de dólares y otros 100.000 más para un fondo denominado Acuerdo de Reservas de Contingencia (ARC), cuya finalidad sería el evitar presiones de liquidez en el corto plazo, promover la cooperación entre los BRICS, fortalecer la red de seguridad financiera global y complementar los arreglos internacionales existentes. El hecho de que la sede de este Banco estaría en Shangai, en la costa oriental de China, es más que una anécdota y orienta a quien está llamado a ser el “primus inter pares” en este rival de las principales instituciones del imperialismo “occidental”. El País señalaba en su edición de 27 de julio pasado: «Es un hecho que los BRICS no pueden prescindir de su integración global, de sus vínculos con las principales economías occidentales. Pero están reclamando la concreción institucional de mayor poder, desde luego en las dos instituciones de Bretton Woods ahora replicadas. Parece haber llegado el momento de que Europa y Estados Unidos tomen buena nota de ello si no quieren reeditar bloques que fragmenten la integración global». La tendencia a la regionalización de las economías crece, y estas nuevas potencias intentan constituirse en polos de referencia para su región geográfica.

Las contradicciones interimperialistas se exacerban. Las potencias mueven sus peones en el tablero internacional, provocan tensiones internas en numerosos países, agitan fuerzas reaccionarias (como es el caso de EEUU en Ucrania) o atizan conflictos religiosos y tribales, azuzando y armando a siniestras fuerzas medievales (como el denominado Estado Islámico en Irak y Siria o Boko Haram en Nigeria), para intentar alterar el statu quo en la región y acorralar o debilitar a las potencias rivales. En definitiva, el imperialismo se prepara para la guerra: comercial y militar en áreas de momento localizadas, pero que, cada vez en mayor medida, se acercan a las fronteras entre las propias potencias.

Es patente en Europa el reforzamiento de las tendencias populistas y reaccionarias que, amparadas en la descomposición del social-liberalismo, (el caso de Francia, con el reaccionario F. Hollande aplicando la misma política de recortes que la derecha neoliberal y en sus cuotas más bajas de apoyo popular, es un ejemplo de ello) y recurriendo en más de una ocasión a un lenguaje ambiguamente “social”, crecen electoralmente y se envalentonan, niegan la lucha de clases, hablan de nuevos bloques interclasistas basados en el interés nacional y reniegan de “la política”.

Por otra parte, la política errática pero conciliadora y respetuosa con los límites del sistema propia del revisionismo, particularmente en Europa, ya no puede sustentarse en la ilusión de un pacto social con la burguesía, que no interesa a ésta. Y, desde hace años, pero con particular virulencia y fluidez desde el inicio de la crisis, se ha venido desarrollando un proceso de reconfiguración del campo del revisionismo que, camuflado en una batalla por la renovación, por la mejora de las formas democráticas y el método de participación, busca mantener el estado de cosas actual e impedir una radicalización en el sentido de clase de las luchas, evitar que el proletariado llegue a estar en condiciones de dirigirlas en un sentido revolucionario y atacar el concepto mismo de organización de clase, sustituyéndolo por un conglomerado virtual de corrientes interclasistas agrupadas en torno al concepto de “ciudadano”.

Por ese motivo, la CIPOML libra una batalla consecuente y durísima por profundizar en la unidad de los marxistas-leninistas a nivel internacional. La lucha de clases se libra de forma descarnada y el proletariado interviene muy debilitado en ella. La crudeza de la lucha, no obstante, está mostrando a los trabajadores el carácter de la misma, que no está por encima de los intereses en clase en juego, sino que, por el contrario, tiene su razón de ser en el carácter agónico de la crisis imperialista que enfrenta el capitalismo cuando ha adquirido un carácter global; es su propia tendencia a la anarquía productiva, la que le lleva a destruir masivamente fuerzas productivas, con las dolorosas consecuencias en términos sociales que nuestra clase sufre diariamente.

Ahora bien, tras décadas de entreguismo de la izquierda institucional mayoritaria, el proletariado tiene sus principales organizaciones controladas por elementos oportunistas de derecha, se encuentra sin instrumentos políticos, ideológicos ni organizativos frente a un enemigo poderoso que ha recuperado fuerzas para imponer su ley sin ningún tipo de trabas. Todo ello lo hace permeable a la influencia de las corrientes pequeño burguesas diluyentes.

Esto nos obliga a una lucha tenaz y firme en el terreno ideológico y, consecuentemente, en el político y organizativo, contra quienes quieren negar el carácter de clase de la batalla planteada y quienes quieren acabar con la organización de clase para imponer un engendro de idealismo y dispersión que, de consolidarse, traerá gravísimas consecuencias al campo popular, lo desarmará con cantinelas sobre el “empoderamiento” popular y la democracia pura, frente a un sistema que no conoce límites a la hora de aplicar sus leyes, un sistema capaz de anular todo carácter de humanidad a las relaciones entre las personas, un sistema que ve en los seres humanos el combustible para la guerra que libran sus empresas en el mercado imperialista. Y nos impone al mismo tiempo la tarea de buscar la unidad para hacer frente a un enemigo tan poderoso y que ha recuperado fuerzas para imponer su ley, sin trabas. 

 

Situación interna

En nuestro país, como ya preveíamos, la vida política se ha acelerado bruscamente desde enero, con el inicio de un periodo electoral que durará hasta finales de 2015. Empezó el año con el régimen monárquico en rápida descomposición: sus principales instituciones cuestionadas, sus valedores políticos en caída libre y una tendencia creciente hacia la unidad de la izquierda en torno a unos criterios de ruptura con el statu quo. Nuestro Partido ha contribuido a ese clamor unitario, estrechando lazos con diversos sectores de otras fuerzas de izquierda proclives a trabajar, de forma más o menos decidida o sincera, pero trabajar, por la unidad y la ruptura.

Era (y es) un clamor la necesidad de un cambio de raíz, no cosmético, que termine con la podredumbre del régimen. No es tan evidente para la mayoría social la ligazón práctica entre el estado de cosas actual y su causa última, que se encuentra en la transición pactada entre una parte mayoritaria de la izquierda y los franquistas. Sin embargo, la crisis ha facilitado que los trabajadores busquen con ahínco las causas políticas de su situación, a lo largo de los últimos meses.

La cuestión es que, cuando mayor era la descomposición del régimen y sus valedores, cuando se acerca el final de la legislatura y el bloque de poder afronta una crisis de legitimidad desconocida hasta ahora, tras más de tres años de un durísimo plan de recortes sociales, laborales y democráticos, surge con fuerza, fomentada sin disimulo por los medios de propaganda de una parte de la oligarquía, una fuerte corriente ideológica pequeño burguesa que fomenta el apoliticismo, coloca el método por encima de los principios y objetivos centrales y pretende hallar la solución de los agudos problemas que arrastra la mayoría trabajadora en cuestiones técnicas, de gestión.

Nuestro partido viene denunciando los desenfoques ideológicos de esta corriente burguesa del “ciudadanismo”. Una corriente que va más allá de lo que representa Podemos, aunque este partido, cuyos líderes han formado parte integrante de la izquierda institucional que ahora critican con razón, representa la forma más elaborada y políticamente más peligrosa de ella, en la medida en que ha sintetizado las desviaciones y despropósitos del revisionismo, y que infecta a una parte sustancial de la izquierda.

Tras las elecciones europeas de Mayo pasado, el miedo del régimen, que comprobaba el descalabro del bipartidismo (que había perdido, por primera vez desde el inicio de la transición, la mayoría electoral) y el crecimiento del voto de izquierda, le forzó a acelerar la maniobra de sucesión, con la abdicación del pelele y la imposición de su hijo en un plazo de quince días, para evitar la contestación popular que, con todo, fue muy importante a pesar de la represión y las amenazas.

El paso del tiempo nos permite comprobar que la aparición de Podemos ha arrastrado a una parte de la izquierda, pero, conforme esta fuerza se ve obligada a definir más sus postulados políticos y organizativos, se incrementan sus contradicciones internas y crecen las dudas sobre su carácter de clase. Una parte de la izquierda va comprendiendo que estas corrientes “ciudadanistas” buscan realmente debilitar a las organizaciones de clase y, muy en particular, a las organizaciones comunistas.

Es pronto aún, lo hemos dicho muchas veces, para saber en qué terminará todo: las dudas de los dirigentes de Podemos, la división interna entre quienes han aprovechado su aparición para promover plataformas políticamente amorfas, la evidencia que se irá abriendo paso de que con generalidades, sin un compromiso de clase, con idealismos vacíos sobre el empoderamiento popular, lo único asegurado es la derrota, son factores a tener muy en cuenta a la hora de valorar el futuro de estas corrientes.

Consciente de ello, la cúpula dirigente de Podemos ha centrado las expectativas en su apuesta por la victoria en las elecciones generales. A ello han sacrificado el programa político, rebajado a un mero «haremos lo que decida la ciudadanía»; por esa razón, y para evitar dejar al descubierto las debilidades de su proyecto, cuya característica determinante es la indefinición, y dificultar la segura avalancha de arribistas de todo tipo que ya desborda de contradicciones muchos de sus círculos, propone no participar en las próximas elecciones municipales. Todo ello está generando malestar interno aun antes de su Asamblea constituyente, lo mismo que la actitud de algunos activistas sociales de renombre que se apresuran a dar patentes de legitimidad, según su criterio, a las fuerzas y personas que quieren participar en sus plataformas ciudadanas.

Por otra parte, Podemos, que desde el punto de vista electoral funciona como una marca eficaz, debe este mes y el próximo definir su propuesta política y organizativa. Y en ese proceso, que va a aclarar muchas dudas para quienes no quieren ver las evidencias, las tensiones ya son públicas.

No podemos olvidar que es, sobre todo, el concepto de organización y los objetivos políticos que pueden dar coherencia a un programa social progresista, los que la aparición de Podemos ha puesto en cuestión, generando un ruido innecesario que ha perjudicado objetivamente la articulación de un frente popular de izquierdas que plantee la ruptura con el régimen, como quedó patente en la campaña contra la abdicación, de la que se inhibieron la mayor parte de sus líderes.

En cualquier caso, el Comité Central Ampliado considera que, si bien estamos dispuestos a mantener nuestro compromiso con la unidad de la izquierda trabajando por ella con todas las organizaciones del campo popular, incluida Podemos, y participaremos, por tanto, en cuantos debates y plataformas sean posibles con esta organización, como lo hacemos con el resto de fuerzas populares, no estamos ante un frente de masas articulado en torno a reivindicaciones concretas, sino ante una organización cerrada y centralizada, constituida además en torno a premisas ajenas a la organización de clase y con postulados de una ambigüedad política engañosa; razón por la cual, nuestra militancia mantendrá una escrupulosa independencia orgánica con su estructura.

Cuando el gobierno del PP encara el último tramo de su legislatura, todas las encuestas anticipan su derrota, pero no conviene vender la piel del oso antes de cazarlo. Contra todas las evidencias, Rajoy y su equipo sacan pecho en la UE, vendiendo el humo de una recuperación económica que no es tal (las últimas estimaciones apuntan a que no se recuperará el nivel de empleo anterior a la crisis hasta el año 2025); suavizan la brutalidad de su política con el guante de seda del “diálogo social” y buscarán para ello el apoyo de las direcciones oportunistas de los grandes sindicatos de masas, con los que van a iniciar una ronda de inútil “monólogo social”; renuncian a alguna de sus reformas estrella (es el caso de la cacicada que pretendían perpetrar con la ley del aborto, aunque mantengan el recurso ante el Tribunal Constitucional que puede permitir a la reacción eclesiástica obtener el mismo resultado sin el coste político que supondría para el partido en el Gobierno); o desvían la atención política hacia un enfrentamiento entre pueblos, oponiéndose de manera cerril a la consulta en Cataluña (resulta sangrante la desvergüenza del bloque españolista joseantoniano al justificar su rechazo a la consulta del día 9 de noviembre en el respeto a la «soberanía popular», cuando no hace tres meses impusieron la sucesión de un Borbón en otro, en apenas quince días y amparados en la falsa legitimidad de una mayoría parlamentaria que ya no es tal) .

Aunque, como decimos, debemos esperar un tiempo para ver en qué queda el brote pequeñoburgués cuando la realidad se imponga, nuestro Partido debe redoblar su actividad política y profundizar el combate ideológico, para armar a nuestra clase en unos momentos trascendentales. La batalla ideológica que empieza a librarse en el campo popular y que, con toda seguridad, se incrementará los próximos meses, nos va a permitir también cribar el grano de la paja, porque va a apartar de las organizaciones de clase a los elementos más inseguros, menos firmes; va a foguear a los trabajadores, a nuestros militantes y cuadros. Es, como señalaba Lenin, en las derrotas donde se forjan los militantes más firmes.

El Comité Central del PCE (m-l) reafirma sus prioridades para el momento actual: reforzar el Partido política, ideológica y organizativamente, profundizar los contactos con los sectores de otras organizaciones de izquierda más próximos a la unidad consecuente, impulsando en este sentido las Plataformas pro referéndum, que no tienen por objeto solo el lograr 500.000 firmas exigiendo la consulta sobre monarquía o República, sino que deben ser un instrumento para avanzar en la unidad de la izquierda por la República y por transformar las próximas elecciones en un plebiscito contra el régimen continuista; y ligarnos con los trabajadores, organizados o no.

Tenemos muchas dudas sobre cuál será finalmente la actitud política de IU, y las otras fuerzas con las que tácticamente coincidimos en la necesidad de reforzar las organizaciones populares; pero nuestro deber es ser claros en los debates, firmes en las decisiones políticas que adoptemos, que no pueden contribuir a desarmar a la clase trabajadora en una coyuntura de descarnada lucha de clases, y leales en nuestros compromisos.

En cualquier caso, esta dura batalla contiene también elementos positivos que debemos tener en cuenta: está sirviendo a nuestros militantes y cuadros para foguearse y reforzarse ideológicamente; tras una primera respuesta tímida y dubitativa, ha hecho que un sector de militantes de izquierda, que estaban perdidos en las ensoñaciones idealistas del keynesianismo y el liberalismo organizativo, empiecen a cuestionarse la necesidad de reforzar la organización de clase y trabajar más decididamente por la unidad consecuente de la izquierda.

Todas las corrientes pequeñoburguesas que están surgiendo tienen una característica común que es propia de la burguesía: su dispersión, su carácter inestable. Cuestionan las consecuencias, pero no atacan las causas últimas de los problemas. Reaccionan a impulsos, entre la hiperactividad y la abulia, sin contención, sin graduación ni objetivos claros. Quieren, particularmente los intelectuales, volver a la situación anterior a la crisis, cuando dentro de los márgenes del sistema capitalista tenían asegurado su lugar en la reproducción de sus valores ideológicos, cubriendo el campo entre la oligarquía que controla el poder efectivo del Estado y el proletariado, totalmente enajenado y alejado de él.

Aunque a veces utilice terminología “marxista”, para la pequeña burguesía no existe lucha de clases: la crisis, sus consecuencias sociales y políticas no son producto de las tendencias inherentes al modo capitalista de producción (decir eso es, para ellos, “determinismo”), sino que los problemas se circunscriben a una cuestión técnica, de ineficacia de la «casta política». La democracia, la libertad, no tienen adjetivos de clase, son términos absolutos. El concepto de clase es sustituido por el de “ciudadano” (para de ese modo, al no haber intereses propios de cada clase, negar las contradicciones en el campo popular).

Consecuentemente, aunque lógica y necesariamente deben estructurar orgánicamente sus intereses, fomentan la participación en la lucha política desde un punto de vista estrictamente individual; de ahí que no acepten límites (aunque finalmente sí los establecen, y muy rígidos) para la participación en la organización, ni entiendan la supeditación, propia de una organización de clase, de unos intereses inmediatos a otros en la lucha política, en función de los objetivos prioritarios: lo quieren todo y lo quieren ahora. No existe compromiso militante, ni traba alguna al criterio de libre acceso (formal, eso sí) a las decisiones de la organización. Conceptos tan extraños a la democracia proletaria como las asambleas decisorias no presenciales, o la militancia virtual, son en las corrientes burguesas el sostén de sus mantras sobre la democracia participativa. No existen reglas porque, finalmente, es una ínfima minoría la que controla las decisiones reales, establece los objetivos y marca las prioridades.

Si bien se ve, este concepto disperso y diletante de la lucha política viene siendo la matriz del revisionismo y de todas las nuevas teorías de moda a lo largo de los últimos años: bolivarismo, altermundismo, etc.; la pelea en orden disperso, sin objetivos de clase; la movilización entendida como mero refuerzo de la acción institucional. Este es el abono del que se ha nutrido el sistema de familias y capillas tan común en las fuerzas de la izquierda institucionalizada.

La pequeña burguesía, como decimos, está polarizando el debate en el campo popular sobre unas premisas que no atacan el fondo político de los problemas. Cuando mayores son las condiciones para la unidad de la izquierda, para acabar con el error histórico de una transición pactada sobre la renuncia a la ruptura efectiva con el franquismo, las corrientes pequeñoburguesas insisten en que lo determinante es el método: “Creemos que las cosas que estamos planteando, en términos de programa, en términos de contenidos, del tipo de ciudad que se está planteando, son de absoluto sentido común, no representan una parcialidad de la ciudad. Lo puede entender cualquiera, de izquierdas o derechas, alguien rico y alguien sin dinero, una persona con empleo y una persona en paro, porque son cuestiones que se han construido de una manera muy transversal, pero no nosotros, ha sido la propia ciudadanía […] De lo que se trata es de convencer a la ciudadanía de que la herramienta para cambiar las reglas del juego no es un programa alternativo como probablemente tenga todo el mundo, sino una manera diferente de entender la democracia. La democracia es la base para hacer las cosas”. [Declaraciones del portavoz de Ganemos Madrid. Los subrayados son nuestros].

En 1975, Santiago Carrillo, Felipe González y otros dirigentes de la izquierda que renegó de la ruptura democrática, afirmaban que la República no era el objetivo, que “los ciudadanos” querían democracia, sin “apellidos de clase”. Hoy, también se nos dice que la política no es determinante, que la clave es “una manera diferente de entender la democracia”

Ahora sabemos qué bases tenía la democracia asentada sobre el consenso interclasista, y a dónde lleva la negativa a sentar las bases políticas para aplicar el programa de clase que la mayoría trabajadora reclamaba. Las consecuencias de aquella traición las sufre en sus carnes la mayoría trabajadora.

No estamos en condiciones de determinar en qué va a concluir la batalla ideológica planteada. La experiencia histórica nos enseña que sobre la indeterminación política, el formalismo y la negación de la lucha de clases, no puede resultar más que frustración y derrotas. Y nuestro Partido está dispuesto a pelear por que la izquierda sepa remontar el ruido de la ideología burguesa para asumir su responsabilidad: derrotar a la oligarquía y su régimen.

Octubre de 2014

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