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Ciudadanía, unidad y ruptura democrática

septiembre 6, 2014 por  
Publicado en: Artículos

unidad clase trabajadoraPor  J. Romero |

La Unidad Popular por la que nuestro partido trabaja desde hace años va camino de tener al menos una primera expresión electoral para las próximas municipales y autonómicas, en la forma de Plataformas Ciudadanas, sobre todo en las grandes ciudades y Comunidades Autónomas, aunque aún es pronto para asegurar sin lugar a dudas que esta tendencia se ha consolidado. Nuestro Partido siempre ha defendido la necesidad de unir a la izquierda en torno a un programa común de mínimos; por eso, allá donde sea posible, impulsaremos estas y otras formas de unidad que permitan lograr ese objetivo. Pero insistimos en que, para que ese programa sea posible, la ruptura con el régimen monárquico que sustenta el poder de la oligarquía empresarial y financiera debe ser un eje fundamental.

Dicho de otra forma: quien, apenas un mes después de que el régimen haya probado su absoluto desprecio a la soberanía popular imponiendo la sucesión de Felipe VI en dos semanas, pretenda que la unidad de la izquierda se realice sin romper con la monarquía continuista, contribuye objetivamente a sostener el statu quo y a evitar que la lucha popular se imponga a la miseria política reinante.

Decimos esto porque, a rebufo de esta tendencia hacia la unidad de la izquierda, estamos asistiendo al resurgir de una serie de corrientes oportunistas, que podemos agrupar bajo el término general de “ciudadanistas”, que presentan como primera característica común, que debemos desenmascarar, el interclasismo, cuya consecuencia en términos políticos es la renuncia a llevar la lucha contra el régimen hasta sus últimas consecuencias (1),con el argumento de que en las elecciones Municipales yA utonómicas debe hablarse únicamente de problemas ciudadanos, no de modelos políticos generales.

El término “ciudadano” resume el sujeto de su acción política. Y no es un término neutro. Ya no existen clases. O mejor dicho, bajo un término como ese, que pretendidamente unifica los intereses inmediatos de las distintas clases y sectores populares, se quiere evitar que la clase obrera mantenga su independencia ideológica y pueda llegar a dirigir la lucha democrática planteada en España.

Quienes, bienintencionadamente, apuestan ahora por el “ciudadanismo” como la máxima expresión de la tendencia unitaria de la izquierda, olvidan que el régimen que ahora se descompone pudo consolidarse, precisamente, porque se aparcaron las principales reivindicaciones democráticas del movimiento popular y se apartó al proletariado de su papel como dirigente político.

La consolidación de la monarquía se tradujo en la institucionalización de la izquierda que ignoraba la lucha de clases, la consolidación del bipartidismo entre dos fuerzas igualmente dinásticas y sometidas a los intereses de la oligarquía, y la desarticulación de las organizaciones populares que enlazaban las luchas sociales en barrios, centros de estudio, etc., a las que se especializó en la “gestión” de las demandas concretas, separando éstas de los objetivos políticos generales. Como consecuencia, la movilización social se convirtió en un ritual. No tenía otro objeto reconocido que el de reforzar en la calle el peso de sus representantes en las instituciones, en las que todo se reconducía según los principios del consenso interclasista propios de una constitución que nosotros denunciamos como limitada desde el principio.

Durante más de treinta años hubo pocas excepciones a este marco general. Se crearon así las condiciones para un paulatino debilitamiento ideológico y político del proletariado y de sus organizaciones. Solo ocasionalmente, cuando afloraban las contradicciones, se producían explosiones caracterizadas siempre por la falta de relación entre los objetivos concretos y los políticos generales. Estos esporádicos estallidos se daban en general en el movimiento obrero, con movilizaciones muy combativas, pero aisladas y dispersas (contra la destrucción del sector siderúrgico o naval durante el proceso de desindustrialización, por ejemplo), o convocatorias de Huelga General cuyo objetivo era meramente defensivo o economicista (entonces, también, lo prioritario era la movilización y la reivindicación social; las cuestiones de principios ideológicos o políticos se aparcaban: ahora vemos las consecuencias de este abandono de la lucha de clases).

Mucho ha llovido desde entonces; la sucesión borbónica a la carrera es el último acto de un largo proceso de degradación del régimen continuista. Hoy, la movilización social es fuerte, como consecuencia de una presión brutal de la oligarquía, que ha roto su pacto con la izquierda institucionalizada y aplica sin concesiones un programa de recortes cuyas consecuencias sociales son abrumadoras: ha arrojado al paro a más de seis millones de trabajadores, degradado las condiciones de vida y proletarizado muchos sectores de la pequeña burguesía.

El caso es que repunta la movilización social; y precisamente porque repunta y amplios sectores sociales empiezan a percibir las causas políticas de la situación de alarma social que vivimos, es preciso no perder de vista los objetivos generales. Los “ciudadanistas”, sin embargo, consideran que sin establecer claramente los objetivos de la clase obrera en la lucha de clases entablada, es posible ganar la batalla democrática. Pero el pueblo se enfrenta a un Estado que, como señala acertadamente PODEMOS en su borrador de ponencia política, “…no ha visto mermada su capacidad de ordenar el territorio y monopolizar la violencia… no vive importantes fisuras en sus aparatos y… no parece que vaya a sucumbir por acometidas de movilización social más o menos disruptiva”. Esa es la cuestión, no es posible hacer avanzar las demandas populares sin cambiar los cimientos del modelo político; únicamente se puede derrotar al común enemigo de clase, enfrentándose a él en términos políticos, arrebatándole el instrumento del que se vale para imponer su dominio: el Estado. Y eso no se logra con indefinición, sino, bien al contrario, planteando claramente el problema en sus términos políticos y no solo en las cuestiones formales democráticas.

Por eso mismo, nosotros afirmamos que la experiencia histórica del proletariado prueba contra toda duda que crear falsas ilusiones sobre la posibilidad de articular un “contrapoder” popular obviando las contradicciones de clase y la expresión histórica concreta de la lucha de clases, únicamente lleva a la derrota de quien no tiene el poder efectivo y real, que se mide en términos de control de los medios de coerción y violencia, la estructura jurídica, administrativa y política, los mecanismos del Estado que permiten (esa es la razón de ser del Estado) el dominio de una clase sobre las demás, aunque sea una minoría tan clamorosa como lo es en España. Y, por eso mismo, decimos que ocultar ese objetivo supone no solo debilitar el papel central de la clase obrera en la lucha, sino llevar la propia lucha democrática a un callejón sin salida.

Cierto es que nosotros hemos sido los primeros en combatir las posiciones doctrinales de algunos radical-oportunistas y hemos defendido la necesidad de acuerdos tácticos entre las distintas clases y sectores populares, frente a un enemigo común. Pero lo que decimos es que estos acuerdos presuponen la independencia orgánica y política del proletariado, y no deben darse a costa de olvidar el objetivo de superación del capitalismo y construcción revolucionaria del socialismo, que supone la meta del proletariado. Ese empeño tiene en España una expresión táctica común a la de los sectores de la burguesía interesados también en acabar con el dominio de la oligarquía, que no es otra que la necesidad de poner fin y superar el régimen que da sustento a ese dominio, la monarquía continuista, para constituir una República Popular y Federativa.

Algunos sectores de la pequeña burguesía han entrado con fuerza en la lucha política aprovechando el desgaste de la izquierda institucional (a la que, hasta ahora, han apoyado con pocos “matices”). Y lo hacen con decisión e inteligencia, pero con la indeterminación política que caracteriza a su clase, que bascula siempre entre el proletariado y la burguesía. Y es en este sentido en el que las corrientes oportunistas del “ciudadanismo”, aun reconociéndose de una forma más o menos ambigua, según los casos, como progresistas o de izquierda, practican una especie de “deconstrucción” de los objetivos políticos, con la excusa de articular así “los desconciertos y las identidades colectivas”. Se trataría de dar solo respuestas técnicas a las necesidades inmediatas de las clases populares en los barrios y ciudades, dejando de lado los objetivos generales, por no ser, a su juicio, prioritarios.

Este ocultamiento de los objetivos políticos tiene distinta graduación. En ocasiones, es claro; es el caso, por ejemplo, del Círculo de Podemos en Huesca, que rechazó la propuesta de participar en una Plataforma electoral unitaria en la que están IU, CHA, EQUO y RPS, con argumentos como estos: «…”la unidad popular” va mucho más allá que la unión de organizaciones, siempre subordinada a objetivos políticos fundamentales, pues en otro caso no sirve… y para lograrla son irrelevantes los dogmas, las banderas y doctrinas que cada cual levante». Claro que quienes esto afirman recurren a una monstruosa falsificación histórica al afirmar en su escrito que: «…”formulaciones” como los “frentes populares”… actuaron abiertamente como mantenedores del capitalismo».

Incluso algunos “marxistas” que abrazan ahora con fervor el “ciudadanismo”, para justificar su renuncia a que el proletariado intervenga con sus propias posiciones en la lucha democrática, se escudan en la actitud de Lenin, de la que resaltan su capacidad de adaptación a las situaciones cambiantes, frente a la actitud de los doctrinarios socialdemócratas, que terminaron traicionando y vendiendo la revolución.

Pero esta posición no es más que una impostura antimarxista, pues aunque una de las claves de la revolución soviética fue efectivamente la capacidad de análisis de los bolcheviques, que siempre supieron determinar los cambios en la situación política para adaptar la táctica a ellos, ni Lenin, ni los bolcheviques ocultaron nunca sus objetivos revolucionarios; de hecho, Lenin siempre previno al proletariado frente a las mixtificaciones de los oportunistas que embellecían continuamente el capitalismo, engañando al proletariado con frases sobre la democracia absoluta, y defendía la dictadura del proletariado frente a la posición de los Kautsky y cía., quienes afirmaban cosas como esta: “La dictadura del proletariado era para Marx una situación que resulta necesariamente de la democracia pura si el proletariado constituye la mayoría” (la cita de Kautsky está tomada de La revolución proletaria y el renegado Kautsky, de V.I. Lenin).

En definitiva, la pregunta es: ¿qué es prioritario precisamente ahora, sino un cambio radical del modelo de Estado? Lenin escribía en Dos Tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática: «…La transformación del régimen económico y político en Rusia en el sentido democrático- burgués es inevitable e ineluctable… Pero de la combinación de la acción de las dos fuerzas en presencia (a saber, la burguesía y el proletariado), creadoras de esta transformación, pueden resultar dos desenlaces… Una de dos: 1) o las cosas terminan con la “victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo”, o 2) no habrá fuerzas suficientes para la victoria decisiva y las cosas terminarán con un arreglo entre el zarismo y los elementos “inconsecuentes” y “egoístas” de la burguesía».

No son las mismas circunstancias, ni en España hay realmente una “revolución” democrática en curso, pero lo que queremos resaltar con esta cita es la necesidad de entender que en la lucha democrática que tenemos entablada, si no logramos articular la unidad de los sectores interesados en ella, en torno al objetivo político de la ruptura, si las organizaciones que deben organizar la defensa de los intereses de clase del proletariado renuncian a ella, para reclamar «una rebelión cívica que apueste por la democracia radical, el bien común y la justicia social» (2), sin arrebatar los instrumentos para conseguirlo a la minoría oligárquica que nos explota, todo puede terminar en un acuerdo formal que cambie algo, para que todo siga igual.

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(1) El “ciudadanismo” ha llegado incluso al núcleo del oportunismo sindical de derechas. Así, por ejemplo, el Consejo Regional de Madrid de la FSC de CCOO (por cierto, una federación cuyos máximos dirigentes han apoyado todos los pactos de la mayoría confederal, incluido el pensionazo de 2012, y que se distingue por su constante represión contra los sindicalistas de clase y mantiene abierto el expediente para expulsar a once cuadros críticos del sector ferroviario) acaba de aprobar un informe en el que reclama la convocatoria de una Huelga General con dos únicos objetivos: la Renta Básica y la vivienda.

(2) Estos objetivos, tomados del llamamiento de “Ganemos Murcia”, son un ejemplo de los conceptos místicos, idealistas y pequeñoburgueses que encontramos en la mayoría de las corrientes “ciudadanistas”.

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