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Querer y poder, por J. Romero

mayo 17, 2014 por  
Publicado en: Artículos

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El 25 de mayo sabremos finalmente si las elecciones al Parlamento Europeo han abierto el panorama dominado hasta ahora por el bipartidismo, y hasta qué punto esta nueva etapa en el proceso de descomposición política del régimen surgido de la Transición se cierra por la derecha o por la izquierda. También podremos valorar si, como pronostican la mayoría de encuestas, el hastío de la mayoría social se ha expresado en términos electorales con una abstención masiva o si el sentido práctico ha terminado forzando la participación electoral.

Lo que sí parece claro, aun antes de esa cita, es que la minoría oligárquica que controla los resortes de poder estatal se prepara para forzar la unidad de sus representantes políticos: tanto Felipe González como el propio Arias Cañete se han mostrado favorables, si la situación lo requiere,  a un gobierno de concertación de la derecha bipartita, a la alemana.

También se sabe que el campo popular se presenta dividido como nunca a esta cita electoral, debido en gran parte a la durísima batalla interna que se libra en el ámbito de la izquierda institucional y muy en concreto de IU, entre las distintas familias que luchan encarnizadamente por recomponer el aparato de dirección de ésta, amparándose en la movilización social. Hasta aquí, nada  nuevo en el  persistente enredo entre capillas que sacude periódicamente a la izquierda institucional. Salvo porque, al calor de esta recomposición, un sector del oportunismo viene teorizando, apoyado en un debate más aparente que real, sobre cómo recuperar la referencia que la movilización social necesita para ser efectiva en el combate contra el sistema, con postulados verdaderamente peligrosos en los tiempos que corren.

En el magma confluyen diversos matices y no faltan, incluso, dirigentes que han ocupado cargos de responsabilidad (o que les han asesorado, tanto da) en las organizaciones que ahora critican con saña (y razón) sin que, a la vista de las propuestas que trasladan al campo popular, parezcan haber sacado las conclusiones debidas de aquella etapa.

Hay un mantra común a la mayoría de estas corrientes: la crisis ha mostrado que el modelo de organización y representación “clásicos” han periclitado (y no se refieren a la representación propia de la democracia burguesa) y, por lo tanto, hay que ayudar a crear otros nuevos. Confunden así la descomposición del modelo en el que se sustentó el dominio de las corrientes oportunistas sobre el campo popular (al que aquellas impusieron las reglas institucionales, formalistas y consensuadas pactadas con los franquistas), con la obsolescencia de la organización permanente, absolutamente necesaria para articular y expresar en términos políticos los intereses de nuestra clase.

No hacen un verdadero análisis de las causas del desastre, porque tampoco se pretende aportar alternativas reales. Sus respuestas a las preguntas que se hace hoy la mayoría de la izquierda  son ambiguas, se expresan en frases cortas, prácticamente publicitarias, de un simbolismo ajeno a lo objetivo y, por ello mismo, de muy escaso contenido político. Claro que, hasta para esto, tienen respuesta los nuevos teóricos: «…es tiempo más de poetas y músicos que de ideólogos. De emociones que desvistan la razón. No es que no hagan falta ideas, sino que para desaprender [sic] todo lo que hay que desterrar hace falta convencer y no vencer [¿?]…» (Juan Carlos Monedero, «Más allá de la izquierda y la derecha»).

Esta vacua indefinición se sustenta en fórmulas igualmente imprecisas: “indefinición cósmica”, en palabras de Alba Rico, “pesimismo esperanzado” según J.C. Monedero. Son principios sin principio, difusos y ambivalentes, que remiten en algunos casos a confusos términos en los que se sustentó el mensaje fascista en el primer tercio del pasado siglo: «¿Tiene sentido insistir en el eje derecha-izquierda? […] ¿No nos ubica con más “confusa claridad” hoy, en la crisis del modelo neoliberal, saber quién está arriba y quién está abajo? []», se pregunta, por ejemplo, Monedero en un reciente artículo del que venimos entresacando extractos.

Cabría responderle que, puestos a ser “confusos”, debería hablar más claro: ¿Por qué razón es más definitorio el término anticapitalista, tan caro al profesor Monedero? El sociólogo Nicos Poulantzas anotaba en su libro Fascismo y Dictadura: la III Internacional frente al fascismo, como una característica ideológica del nazismo y del fascismo, su lado «anticapitalista, característico de la pequeña burguesía en rebelión», y añadía: «…en la crisis ideológica generalizada del proceso de fascistización, este aspecto anticapitalista pequeño burgués -contra la plutocracia, el fisco, etc.- llega a la clase obrera […] ya en 1920, el punto 13 del programa nazi reclamaba la nacionalización de todas las sociedades por acciones» (1). No parece tampoco éste un término muy definitorio; aunque, claro, en el terreno de la indefinición cósmica, cabe todo.

En el debate virtual que esta corriente ha puesto en marcha se percibe un tufo elitista y pedante, quizá porque tratamos con una parte del “Olimpo intelectual”. Basta echar un somero repaso a las listas de la más novedosa de las candidaturas que compite en estas elecciones, empeñada en «desaprender para no caer en el error de rellenar los huecos del mismo sistema», para percibir claramente a qué sector dirigen su mensaje: la mayoría de los candidatos elegidos en las primarias son profesores o técnicos (abundan, por cierto, los autodefinidos como “politólogos”, horrible eufemismo de “político”, término éste del que, en consonancia con el ideario de la corriente, huyen como de la peste).

El desdén aristocrático con el que una y otra vez se refieren a la gente común a la que pretenden “redimir” y a la que tratan como torpes criaturas, «ideológicamente gelatinosas», empeñadas en caer una vez y otra en las trampas de los de arriba, es verdaderamente insultante («Porque todos somos, de una manera u otra -que se lo pregunten a las mujeres o a los inmigrantes- bastante de derechas» (Monedero dixit).

Es como si consideraran a los trabajadores incapaces de entender las causas políticas de sus males e incapaces, por tanto, de responder organizadamente, como clase, frente a sus enemigos. Y si la gente responde con emotividad: queriendo u odiando algo, como dice Alba Rico, lo moderno es responder con la misma moneda. Las cosmovisiones (otro eufemismo,  éste muy del gusto de la izquierda institucional, para referirse a los objetivos o principios  ideológicos, de clase, de las distintas formaciones políticas) han sido superadas y en su lugar el moderno dios es la ideología gelatinosa y la nueva moda de la “progresía”, la “deconstrucción política”, la búsqueda permanente de nuevos horizontes con idénticos límites que antaño. Da igual lo vacío que sea el contenido; todo se puede llenar de nada.

Algo parecido pasó cuando el final del régimen franquista parecía próximo: también entonces, los teóricos de la indefinición que luego ahogaron la combatividad del movimiento popular en el formalismo de las instituciones consensuadas con los franquistas, afirmaban que no era necesario cambiar el fondo porque la gente solo quería democracia y no ruptura y que lo nuevo se imponía a lo “decadente”, el eurocomunismo al  comunismo, etc. Sobre esa miseria ideológica y pobreza política, derruidos los viejos cimientos de la lucha popular contra el fascismo, se construyó un edificio de engaños, medias verdades y frases huecas. Las  ”cosmovisiones” dieron paso a nuevas formas de organización y participación falsamente representativas, sobre las ruinas de un potente entramado de asociaciones populares cuya anulación supuso un prolongado periodo de falsa paz social.

Nuestra clase y nuestros pueblos vivieron el proceso y sufren ahora sus consecuencias, entre otras cosas porque sus dirigentes han ocultado siempre las causas de aquel engaño y falseado las consecuencias de su cobardía política. Son los dirigentes de la izquierda política los que deben asumir su responsabilidad y no cargarla en el debe de los militantes de izquierda y de la gente defraudada.

Porque, al final, la pregunta se impone: una vez «desaprendido», cuando  se trata de levantar organización, cuando «unas primarias sin algún tipo de organización se convierten en mera emocionalidad [sic], esencial para romper el hartazgo con la política tradicional pero incapaz de levantar una alternativa que desborde el rodillo de los partidos tradicionales» (nótese que el rodillo no lo imponen la derecha ni los de arriba, ni siquiera las organizaciones que colaboran en el sostenimiento del statu quo, sino los «partidos tradicionales»); cuando «ningún ismo mueve a la gente»; cuando «estamos llenos de miedo, profundamente asustados» (de nuevo el miedo, la pulsión primaria, emocional); en un tiempo así, decimos,  ¿cómo construir lo nuevo y sobre qué bases? Aquí entran de nuevo en el terreno de la “indefinición cósmica”. Estas son algunas de sus opciones: «necesitamos millones de Sócrates para hablar, para explicar, para conectar con la gente»; «hay que plantear la lucha sobre cosas concretas en un debate con la gente, sereno», «al sistema se le derrota con nuevas prácticas», «repensar, cuestionarse el sistema, el capitalismo, esta democracia y a partir de ahí construir la alternativa sabiendo lo que no queremos».

En definitiva, frente a una realidad brutal de lucha de clases descarnada que exige la unidad, y en la que la unidad no puede (no debe) separarse de sus objetivos, nos proponen una receta vieja, con dos ingredientes bien indigestos: mucha indefinición ideológica y algo de “acción directa”.

Pero de esta hablaremos en otra ocasión.

(1) Eso sí, a renglón seguido, los nazis precisaban que los medios de producción no serían propiedad de la clase obrera, sino el pueblo entero, por lo que, detentando la propiedad la comunidad nacional, la posesión podía ser concedida, bajo control, a los particulares.

Todas las citas en cursiva de este artículo se han tomado de diversos artículos de Juan Carlos Monedero y de una entrevista realizada el pasado mes de diciembre a éste, junto a Julio Anguita.

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