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Lecciones de Túnez, por S. Baranga

abril 30, 2013 por  
Publicado en: Artículos

El reciente asesinato del líder izquierdista Chokri Belaid, secretario general del Partido de los Patriotas Demócratas Unificado ha recordado a todo el mundo que hay una revolución en marcha en Túnez. Las movilizaciones populares, la expresión de la rabia de los trabajadores y la repetición de los gritos con los que los tunecinos expulsaron al dictador Ben Alí hace dos años, ahora dirigidos contra el gobierno islamista, han hecho trizas la pretensión de que el país norteafricano ha reproducido un modelo de transición pacífica supuestamente inspirado en la española. Quizás en parte por ello la prensa del régimen borbónico, al igual que el resto de la prensa burguesa internacional, se empeña en plantear la situación política y social de Túnez como un conflicto entre islamistas y laicos, con el fin de ocultar la verdadera naturaleza de las contradicciones; las cuales, si bien se ven atravesadas por dicho enfrentamiento, tienen fundamentalmente un carácter de clase, y se han ido desarrollando al compás que lo hacía el propio proceso revolucionario en aquel país.
Claro que, en esto, los medios imperialistas no difieren, en lo esencial, de ciertos sectores oportunistas de la izquierda, al considerar las revueltas en el mundo árabe como un todo; y, así, mientras que los primeros las presentan como la ola que acabó con las dictaduras de la región, pero han acabado instalando en el poder a un islamismo que, de radicalizarse –dicen cínicamente–, puede convertirse en una amenaza, los otros consideran que todo el movimiento habido en 2011 no es más que el fruto de una conspiración imperialista que ha acabado con los líderes revolucionarios. Claro que, como Túnez no entra dentro de este esquema, las más de las veces optan, simplemente, por silenciar lo que allí acontece; y, sin embargo, es sin duda el proceso más interesante para los revolucionarios, por las lecciones que aporta, de cuantos están teniendo lugar en todo el mundo árabe.
En primer lugar, porque vapulea las pretensiones de quienes niegan el papel de la clase obrera como sujeto revolucionario. Ha quedado sobradamente demostrado que las revueltas de Túnez y Egipto no fueron obra de jóvenes blogueros, sino del movimiento obrero organizado en sindicatos, organizaciones de mujeres, estudiantes y parados, que canalizaron la protesta en un sentido político y en pro de los intereses populares. Y que las protestas tenían sus más inmediatos antecedentes en las huelgas obreras de los años precedentes y (en Egipto) las manifestaciones contra la carestía durante 2008.
La evidente contemporización de la cúpula del poderoso sindicato UGTT con el régimen de Ben Alí no fue impedimento para que, en las bases y en los comités locales, la izquierda trabajara en el interior del sindicato, dirigiendo las luchas obreras y populares al margen de sus dirigentes nacionales, como ocurrió en la cuenca minera en 2008. Esto fue lo que permitió que en diciembre de 2010, frente a la vacilación de los burócratas, las organizaciones locales de la UGTT se colocaran de inmediato del lado de la revolución, y hayan proseguido en primera línea de las luchas hasta hoy. Parece fuera de toda duda que, si los revolucionarios hubieran cedido el campo a los oportunistas que convivían tranquilamente con la dictadura, la caída de ésta no se habría producido, o al menos no de la misma manera.
En segundo lugar, el proceso revolucionario tunecino ha acabado con dos mitos: para los imperialistas, el de que los pueblos árabes son de natural conformistas y que se hallaban resignados a padecer autocracias, laicas o islamistas. Pero también ha hecho enmudecer a quienes, desde la izquierda, se han estado empeñando en negar la posibilidad de aplicar la concepción leninista de la Revolución a sociedades no europeas; y, en consecuencia, han optado siempre por apoyar a “sucedáneos” supuestamente revolucionarios, ya se tratase de la “Yamahiriyya” o de la “revolución ciudadana”.
Muy al contrario, los comunistas tunecinos han aplicado estrictamente la teoría del marxismo-leninismo al problema de la revolución, analizando correctamente la estructura de clases de su país y las contradicciones que se dan en su seno. Ello, junto a una justa aplicación del tempo o ritmos de la revolución, les ha permitido desarrollar el movimiento popular y extender su propuesta programática entre cada vez más amplios sectores de la población, hasta el punto de poder mantener vivo y creciente el movimiento revolucionario. Precisamente el multitudinario funeral de Belaid ha sido una demostración de este arraigo.
Esa estricta observancia de las necesidades tácticas y ritmos de cada momento que han mantenido los camaradas del PCOT (hoy Partido de los Trabajadores) se aprecia en la evolución de las consignas desde diciembre de 2010, que en un primer momento aspiraban a reunir a TODA la oposición a la dictadura. Por eso, el comunicado de constitución del Frente 14 de Enero y sus subsiguientes declaraciones incidían en las cuestiones democráticas más urgentes, para acabar con los restos del régimen dictatorial, mientras que los objetivos socioeconómicos eran tratados clara pero sucintamente. De esta forma, marcando unos objetivos nítidos, se iban deslindando las posiciones entre los partidarios de la revolución y sus enemigos, y se reforzaba la posición de los sectores populares de cara a las luchas ulteriores, mediante la adquisición de derechos democráticos básicos.
Durante 2011, con los gobiernos de transición primero, y luego con el proceso previo a la formación de la Asamblea Nacional Constituyente, la situación política se fue clarificando: las propuestas para resolver los problemas socioeconómicos pasaban a primer plano, mientras que la ruptura con el aparato dictatorial se demoraba en manos de los sucesivos representantes de la burguesía: se demostraba una vez más que, como dijera Lenin, sólo el proletariado puede llevar la lucha por la democracia hasta sus últimas consecuencias. En este contexto, el PCOT no vaciló en llevar a cabo un movimiento táctico cual es el cambio de nombre, pero manteniendo su programa y estatutos, basados en el marxismo-leninismo, para vencer las suspicacias y los prejuicios anticomunistas de una parte importante de la sociedad tunecina y facilitar la unidad de todos los que se oponen a la situación actual, incluidos ex votantes de Ennahdha. Y es que el gobierno islamista salido de las elecciones de octubre de 2011 no sólo no ha resuelto todas estas cuestiones, sino que además ha introducido su visión religiosa de la sociedad, generando nuevos conflictos.
En consecuencia, el programa con el que nació el Frente Popular (septiembre de 2012), que reúne a doce organizaciones con el PT a la cabeza, se planteaba decididamente «concluir el proceso revolucionario e instaurar el poder del pueblo», y destacaba como ejes principales el poner las bases de un Estado plenamente soberano (frente a las potencias imperialistas y del golfo Pérsico) y de derecho, garantizar los derechos económicos y sociales y combatir la involución islamista y sus consecuencias de todo tipo. Así, frente a la política continuista neoliberal de los islamistas de Ennahdha, el Frente Popular demanda nacionalizaciones, la anulación de la deuda de la dictadura, una reforma agraria y servicios públicos de calidad, entre otros puntos.
El asesinato de Belaid ha producido una nueva aceleración del proceso revolucionario, al poner de relieve las veleidades totalitarias de al menos una parte del islamismo gobernante y su tolerancia, cuando no vinculación, hacia estructuras terroristas como la autodenominada Liga de Defensa de la Revolución, a la que se atribuye el atentado. Ello se suma a la convicción generalizada y creciente de que el gobierno de Ennahdha es corrupto y venal, e ineficaz frente a la crisis económica con su política neoliberal continuista. En el corto lapso de un año y medio, pues, el islamismo “moderado”, que se opone a llevar a cabo los objetivos socioeconómicos por los que estalló la revolución, se ve fuertemente erosionado en la calle y cercado entre un Frente Popular pujante y la burguesía representada por Nidá Tunis (formación heredera del aparato de la dictadura, con fuerte presencia aún en la policía y otras instancias estatales), que comparte su política económica pero espera recoger los frutos de la desestabilización. Esta situación refuerza la posición del Frente Popular, pero al mismo tiempo, como decimos, propicia la irrupción del fascismo (salafista o laico) para intentar desactivar la protesta popular y el avance de la izquierda, que pone en peligro la posición de dominio económico de una burguesía que se quitó de encima a Ben Alí porque el carácter mafioso de su régimen era asfixiante, no porque estuviera en desacuerdo con su política económica antiobrera y proimperialista.
En consecuencia, las propuestas del Frente Popular se han adaptado a las necesidades de la nueva situación, que exige una acción contundente contra las bandas terroristas y firmeza para evitar el deslizamiento hacia el caos que éstas están promoviendo, tanto da si es en beneficio del antiguo aparato de la dictadura o del salafismo: recordemos que a principios de 2011 eran los matones del RCD los que promovían la violencia y el desorden para presentarse como garantes de la seguridad y tratar de recuperar el poder. Por eso, el programa de urgencia que ha presentado el Frente Popular hace hincapié en la necesidad de completar el proceso constituyente y asegurar ciertas garantías democráticas en el campo electoral, judicial y de la comunicación, aclarar la situación de los mártires de la revolución y actuar contra los responsables de la violencia política y religiosa. Todo ello, junto a una serie de medidas socioeconómicas de urgencia, contrasta con los puntos extremadamente generales y ambiguos que ha acordado el gobierno tripartito de Ebbahdha, Ettakatol y el CPR para mantener el poder en manos de los islamistas, a través de su ex ministro del Interior, Larayedh.
Pero, a la vez, permite comprender quiénes son realmente los amigos del pueblo, los que pueden garantizar su seguridad y bienestar. Y proporciona una herramienta fundamental al pueblo tunecino para desembarazarse de todo vestigio de la vieja dictadura de Ben Alí y de la nueva que, a través de los islamistas, quieren imponer los capitalistas locales y extranjeros. Hasta aquí han llegado los marxistas-leninistas y el Frente Popular. El dar un nuevo paso en su revolución está en manos de los obreros y el pueblo de Túnez.

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