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Sergi Sanchiz

De todos es conocido: vuelve a haber guerra en el Sáhara occidental. Cuarenta y cinco años después de la traición del Estado español, con el Borbón a la cabeza para tranquilizar cínicamente al ejército colonial; veintinueve después de un alto el fuego que solo ha servido para reforzar la posición marroquí, incumpliendo sistemáticamente los acuerdos de 1991 con el beneplácito de la ONU y la protección de Francia y España. Vuelve la guerra, pero no desaparece el aprobador y atronador silencio de gobiernos y políticos de diversa ralea. Hoy como ayer, la “razón de estado” vuelve a cerrar bocas, a sepultar conciencias y a sonrojar lectores de hemerotecas. Las promesas incumplidas repiten su historia, clavando de forma aún más aguda y penetrante aquella espina, la souka de Mariem Hassan, con la que Felipe González desangró las esperanzas saharauis.

Responde a las agresiones marroquíes este pueblo hermano, con el Frente Polisario a la cabeza, su único representante reconocido internacionalmente, y los lacayos de todo pelaje cacarean en España y en Europa su preocupación por la “libertad de circulación”, atribuyendo la responsabilidad de la ruptura del alto el fuego, de forma más o menos grosera (según sus fidelidades político-financieras), al Polisario.

El Guerguerat, estrecha franja establecida tras el alto el fuego de 1991 como “zona tapón”, ha sido utilizada durante los últimos veinte años por Marruecos para su expolio criminal contra los recursos saharauis, ese que tan bien describe el reciente documental Ocupación S.A.. Ese paso, sobre el que ahora se construye un muro ante la impasible mirada de la misión “de paz” de la ONU, la cómplice y corrupta MINURSO (lo dijo uno de sus jefes), ha sido utilizado descaradamente por el ocupante, durante todo este tiempo, para facilitar el desembarco en Mauritania de la pesca saqueada en aguas saharauis y, desde allí, emprender el camino de Europa. También es un paso vital para el creciente comercio (¿y narcotráfico, trata de seres humanos, yihadismo?) entre Marruecos y el África saheliana y subsahariana. Otro capítulo más de la impunidad con la que actúa el sátrapa de Rabat.

Es más que evidente la relación entre tales intereses económicos y el cruel silencio del Gobierno al respecto, así como su voluntad de someterse a los designios de la monarquía alauita y de su Ministerio de Asuntos Exteriores. Lo cual no es tampoco ninguna sorpresa, por cuanto Arancha González Laya se ha destacado desde el primer día por su fidelidad al legado promarroquí de Borrell, pero no ha dejado de resultar doloroso para aquellos saharauis y miembros del movimiento solidario que esperaban algo más de un Gobierno presuntamente progresista. Muy pronto los ministros de Unidas Podemos deshicieron el espejismo, plegándose a los designios de un PSOE tradicionalmente ligado a Rabat por algo más que ideología, aceptando que no tienen nada que decir sobre la política exterior, es de suponer que a cambio de una política social y de derechos que, por cierto, ha dado resultados paupérrimos en lo que respecta al IMV y los ERTE, y ninguno en cuanto a la pretendida reversión de las reformas laborales y las “leyes mordaza”, por no hablar de la inocua LOMLOE. Es decir, lo que viene a ser una traición en toda regla, y ya van unas cuantas de España a los saharauis. El sonrojante “debate” en torno a la publicación, totalmente aséptica, de una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU sobre el referéndum de autodeterminación del Sáhara Occidental por parte de Pablo Iglesias indica, además, el grado de servilismo embrutecedor de unos medios de comunicación que desprecian con total descaro los mismos derechos humanos por los que se rasgan las vestiduras cuando se trata de Cuba o Venezuela. Y pone en evidencia, asimismo, las dificilísimas condiciones en las que un puñado de honrosas excepciones aún puede llevar la voz de un pueblo oprimido a los medios generalistas. Enfrente se halla una tupida malla de intereses con la que el chovinismo, las medias verdades y las calumnias encubren y defienden a cualquier precio las ilegales e ilegítimas inversiones del capital en el Sáhara ocupado: pesca, agricultura, fosfatos, energía, etc. ponen el dedo en la llaga de lo que realmente defienden los políticos del régimen del 78 con su silencio y sus mentiras. Solo muy a regañadientes, el Gobierno se avino a publicar un cínico comunicado en el que trasladaba toda la responsabilidad de dar solución a la nueva guerra a una inoperante ONU. Mientras tanto, el déspota marroquí no tiene inconveniente en plantar a un Sánchez suplicante. La posición del Gobierno sería patética, si no resultara tan vil.

La respuesta de los saharauis ha sido, en consecuencia, harto contundente. Cansados de engaños, amenazas y juegos de trileros en las altas instancias de la “comunidad internacional”, se han lanzado a la guerra con preocupación, sí, pero llenos de entusiasmo. Saben perfectamente el sufrimiento que comporta, pero la guerra en sí misma ya ha supuesto una liberación: de la espera sin esperanza, de un presente eterno, inmóvil, sin futuro. Miles de jóvenes acudieron a la llamada del Polisario, mientras otros cientos en la diáspora, hombres y mujeres, se preparan para regresar junto a su gente en los vuelos que empiezan a salir hacia Argelia. Tienen el conocimiento del país, la fuerza de la razón y el anhelo de libertad: es la Valmy de los saharauis. Marruecos ha hecho su apuesta, pero ha jugado muy mal.

Rabat sigue intentando ganar tiempo, ocultar lo evidente, como en los últimos treinta años. Negando que haya guerra y dando material a los plumíferos a sueldo (los hay a docenas) que cacarean sus mentiras en los medios, como si todo fuera un arrebato de los saharauis. De seguro, hace sus preparativos calladamente: hay quien señala hacia el asesoramiento militar de Israel (ese cáncer para la paz en el mundo árabe) y la posible financiación de la guerra por los Emiratos. Y, desde luego, presiona a España con una “crisis migratoria” (qué titulares tan convenientes para el fascismo) que asusta a un Gobierno incapaz de plantarse ante el déspota, convertido hace mucho en jefe de las mafias de trata de seres humanos. Pero la iniciativa la han tomado los saharauis, y lo han hecho en un momento en que una grave crisis económica azota al ocupante. Tan poca confianza tiene el enfermo Mohamed VI en el ardor guerrero de sus súbditos, tras décadas de pobreza y represión, que busca desesperadamente reclutas al sur del Sáhara. En la Unión Africana, la RASD tiene importantes aliados, y uno de ellos, Sudáfrica, preside ahora el Consejo de Seguridad, aunque esto signifique poco poder real. Pero Argelia no se ha recatado a la hora de mostrar su potencial bélico en las mismas fronteras del vecino; y aunque Rusia, su aliada, ha mostrado una posición más bien tibia al abstenerse en la última renovación de la MINURSO, las cartas parecen repartidas. Ante esto, queda la incógnita de la posición de los Estados Unidos, en plena transición. ¿Se dejarán arrastrar los siempre prosionistas del Partido Demócrata a un conflicto que, tal y como ha advertido sin descanso el Polisario, amenaza con desestabilizar toda la región? ¿Se atreverán a intentar una nueva Libia en Argelia para proteger a un sátrapa enfermo, que se aproxima a una crisis como la que permitió a su padre extender la zarpa hacia el sur? Siendo cada vez más evidente que, tal y como ha venido defendiendo la RASD, solo un Estado saharaui soberano y democrático puede garantizar la paz y la estabilidad en el Magreb, ¿hasta qué punto (y a qué precio) están dispuestos en Washington a seguir sosteniendo a un peón tan maltrecho como Mohamed VI?

Lo que está fuera de toda duda es lo que nos toca hacer a los pueblos de España y a las organizaciones que, con el movimiento solidario a la cabeza, hemos mantenido el apoyo político y material a nuestros hermanos saharauis, ahora desplegado en una amplísima ola de movilizaciones y acciones solidarias por todo el país. Por más que los fascistas más o menos declarados se lancen a vociferar sus proclamas chovinistas como si el Sáhara Occidental continuara siendo una colonia, y utilicen la agresión marroquí para vomitar su odio racista y antiárabe, es evidente que la causa saharaui es una cuestión de Estado, en la que ellos son parte del problema: cuestión de romper con las hipotecas de la política de “seguridad” de la Unión Europea del capital y la guerra; de enterrar la herencia del colonialismo franquista y las complicidades entre Zarzuela y el Majzén; de cortar la sumisión de la política exterior y la defensa de los derechos de los pueblos a los intereses de un puñado de oligarcas y corruptos a sueldo; de dotarnos de unos medios de comunicación decentes y al servicio de una democracia auténtica, y no de los grandes accionistas y fondos de inversión; de asumir la responsabilidad que corresponde a España como potencia administradora (tal y como reconocen la ONU e incluso Grande-Marlaska en su famoso auto de la Audiencia Nacional), para finalizar el proceso de autodeterminación del Sáhara Occidental. La guerra hace aún más necesaria nuestra ayuda directa a las valientes mujeres que, una vez más, han tomado la dirección de los asuntos en los campamentos de Tinduf, y es necesario emprender una amplia campaña de apoyo material para sostener su esfuerzo, con más intensidad que nunca mientras dure la guerra. Pero, ante todo, hay que incrementar la presión para dar un giro de 180 grados a una forma de entender las relaciones entre los pueblos que es herencia del franquismo y la “guerra fría”; la marca del imperialismo.

Mientras tanto, los saharauis han dejado de esperar y se preparan para el inicio de la guerra abierta, hasta completar sus objetivos nacionales; es decir, hasta recuperar todo el territorio saharaui. Sus dirigentes lo han dejado claro: el referéndum es cosa del pasado; ahora, toca hablar a las armas y a los cuerpos. “Toda la patria o el martirio”. Podrán negociar, pero ya no van a esperar más. Por eso suenan tan huecas las palabras de Pablo Iglesias, y tan sucio el silencio de Pedro Sánchez. Pero en esta batalla somos muchos los que vamos a seguir, incondicionalmente, junto a los saharauis en su lucha por la libertad.