S. Baranga

El PSOE lo ha vuelto a hacer. Con la carta de Pedro Sánchez a Mohamed VI, propia del mejor lamebotas, los saharauis reciben, una vez más, la puñalada de aquel partido en el que una vez confiaron para culminar la inconclusa descolonización de un franquismo que acabó como había empezado: sometiendo a los pueblos a las bombas de unos genocidas.

El respeto que te otorgó en su día este pueblo mío, hoy no ha lugar, es imposible. Te has convertido en un lacayo de los cobardes invasores.

Mariem Hassan, Shouka.

Es ya la quinta, como poco, de una serie de traiciones que en realidad son incontables: la del franquismo y su rey Juan Carlos en 1975; la de Felipe González en 1982; la de Rodríguez Zapatero en 2007; la del Gobierno PSOE-UP, por boca de Borrell, en 2019; y ahora, la de Sánchez y Albares, que se desdicen así no solo de lo prometido a los saharauis, sino también de lo acordado en el 40º Congreso del PSOE y en su programa electoral. Sánchez debe de estar deseando perder las elecciones.

Además, por supuesto y como se ha repetido insistentemente en los últimos días, el Gobierno se salta a la torera lo establecido en innumerables declaraciones de la ONU hasta finales del año pasado, cuando la resolución 2602 (2021) del Consejo de Seguridad apostó por una solución que «prevea la libre determinación del pueblo del Sáhara Occidental».

No obstante, es cierto que, como han afirmado cínicamente Zapatero y Moratinos, la apuesta de Sánchez por el plan francomarroquí de “autonomía” para el Sáhara Occidental, que considera «la base más seria, creíble y realista para la resolución» del conflicto, no altera en la práctica la posición española de los últimos cuarenta y seis años; a lo sumo, la desenmascara como pura hipocresía. La carta ha puesto negro sobre blanco lo que todos sabíamos: que la “tradicional” política española hacia el Sáhara Occidental es miserable y cobarde. El Gobierno ha asumido la verdad de su propia Realpolitik genocida aunque, para ello, el PSOE haya tenido que recurrir a la acostumbrada sarta de mentiras, como que el plan de “autonomía” de Rabat es la mejor opción para los saharauis (¿ha oído Zapatero hablar de Sultana Jaya, por poner un solo ejemplo de lo que está pasando en el Sáhara ocupado?); que contempla la autodeterminación; que «no contradice la posición europea» (Josep Borrell); o que el Gobierno ya empleó los mismos calificativos en 2007, cuando en realidad los términos de Sánchez solo han sido superados por el famoso tuit de Trump, cuando reconoció la soberanía marroquí.

Sin embargo, es comprensible el estupor que ha producido este viraje en el discurso de Exteriores; no solo porque el imperialismo no es amigo de confesar tan abiertamente sus miserias, sino porque ha dado al traste con la apariencia de orden y regulación en las relaciones internacionales, en la que se ha venido escudando “Occidente” durante los últimos treinta años para llevar a cabo sus tropelías, impunemente, a lo largo y ancho del globo. Ya se advirtió cuando Trump lanzó su impresentable mensaje a las redes (aunque tampoco modificó un ápice la política de EEUU al respecto); pero ahora, en plena invasión de Ucrania, el reconocimiento de los auténticos pilares en los que se asienta la “comunidad internacional” resulta tanto más sangrante.

A ello se añaden las consecuencias que la decisión de Sánchez-Albares tendrá en el plano energético, al calmar las relaciones con Marruecos a costa de tensar la cuerda con un proveedor gasístico tan importante como Argelia, que en los últimos años ha aportado la mitad, y hasta el 60%, del gas consumido por España. Y aquí es donde entra en escena EEUU, que en cuatro años ha pasado de ser irrelevante como suministrador de gas a superar a Argelia, con un 33% y un 23% respectivamente: un cambio de proporciones que se ha acelerado desde el cierre del gasoducto Magreb-Europa (GME), que pasaba por Marruecos, como respuesta argelina a las continuas provocaciones de su vecino. ¿Coincidencia o jugada redonda?

Lo cierto es que, casi dos meses antes de la invasión de Ucrania, Wendy Sherman, la vicesecretaria de Estado norteamericana, llamó a la secretaria de Estado de Asuntos Exteriores para analizar «la coordinación de los esfuerzos de Estados Unidos y Europa» respecto al conflicto con Rusia. Tras esto, Albares viajó a Washington para entrevistarse con Blinken, el responsable de la política exterior yanqui, con quien dijo haber acordado «unir fuerzas para resolver este conflicto [el del Sáhara Occidental] que ya dura demasiado y para el que hay que encontrar solución».

Fue la misma Wendy Sherman la que indicó al Gobierno, durante su visita a Madrid el pasado 7 de marzo, que cerrara la crisis política con Marruecos apoyando el plan de “autonomía”. La norteamericana pidió «una mentalidad abierta» para encontrar una solución y aseguró que el objetivo es que conseguir «una vida digna» para los saharauis, tras lo cual reiteró en Rabat el apoyo de Estados Unidos al plan marroquí, por ser «serio, creíble y realista». Recordemos que, a día de hoy, la Administración Biden no ha anulado formalmente la decisión de Trump de reconocer la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.

Dentro de la misma gira, Sherman viajó a Argel para solicitar la reapertura del GME, y por esas mismas fechas Sánchez llamó al presidente argelino para asegurarse de que el abastecimiento de gas proseguiría. Ahora, sin embargo, está por ver qué tipo de respuesta llevará a cabo Argelia, además de iniciar una crisis diplomática, con la retirada de su embajador, que no parece preocupar tanto a Sánchez como el chantaje al que le estaba sometiendo Rabat. Lo que está claro es que, tanto si hay una reducción del suministro de gas (poco probable, al parecer, dadas las repercusiones que ello tendría en la propia Argelia), como si se produce el previsible aumento de las tarifas en la próxima negociación, quienes pagaremos las consecuencias de esta nueva maniobra de Moncloa seremos los trabajadores y trabajadoras; y ello, añadido a los efectos del gasto militar y de la guerra de Ucrania, en un contexto económico ya muy difícil, que hace temer una estanflación como la de los años setenta, con el consiguiente aumento del paro y la reducción de nuestro poder adquisitivo.

Por eso, es inevitable preguntarse por qué se ha producido ahora este movimiento. Desde luego, no es creíble que se trate de una cuestión de calendario en una negociación bilateral, como afirma el Gobierno, dada la intervención norteamericana en una cuestión que, desde luego, le resulta muy sensible. No olvidemos que la secretaria de Estado yanqui confirmó, en su visita a Rabat, las African Lion, maniobras militares multinacionales que tendrán lugar este año en el norte del Sáhara. Y que el mismo 18 de marzo la Casa Blanca anunció el nombramiento de su nuevo embajador en Marruecos, Punit Alwar, experto en política de defensa y misiones militares exteriores, que previsiblemente tiene la misión de asegurar la zona del Sahel - Atlántico - Libia.

Así pues, ¿se trata “solo” de seguir fortaleciendo a Marruecos como gendarme en la zona? Más bien parece que los atlantistas han aprovechado el conflicto abierto con Rusia para poner en un brete a Argelia, explotando su relativa debilidad al haber cerrado ya, motu proprio, uno de sus gasoductos, lo cual reduce su capacidad de represalia. Argel ha procurado reaccionar con prudencia al erigirse como alternativa energética para Europa frente a Rusia, para no hacer enfadar a su aliado; pero también sabe que no puede esperar mucho de este en las condiciones actuales, pese a ser su tercer comprador de armas. Por eso, los argelinos se han apresurado a estrechar lazos con China, con quien han firmado una declaración a favor de una «solución duradera y justa en el marco del derecho internacional» para el Sáhara Occidental, al tiempo que confirmaban su participación en la nueva Ruta de la Seda. No obstante, cabe recordar que el imperialismo “bueno” de China también mantiene excelentes relaciones con Marruecos, que forma parte de la Ruta desde enero de 2021 y ha proporcionado 1.000 millones de euros en contratos a las empresas chinas.

En definitiva, parece que la guerra ha sido la oportunidad, y el Sáhara Occidental el peón de una partida mucho más amplia: la pelea por el control de África entre los EEUU y sus competidores, lo que incluye a Argelia, como aliada de Rusia y China y enemiga del socio preferente del imperialismo occidental: Marruecos.

En este contexto, aunque la carta de Sánchez no cambie el fondo de la situación en el Sáhara Occidental, y aunque el plan de “autonomía” sea de imposible aplicación en el Sáhara liberado controlado por la RASD (miembro fundador de la Unión Africana), eleva el chantaje con la trata, sufrimiento y muerte de seres humanos al nivel de arma diplomática preferente, enquistando en la política española su uso por parte de la extrema derecha. Pero, además, debilitaría la posición del Polisario en una eventual negociación por la que dice estar trabajando la ONU; y, por supuesto, refuerza las maniobras que llevan a cabo los diferentes estados europeos para hacerse con los recursos saharauis. Si a ello añadimos la clara violación del Derecho internacional y las posibles consecuencias sobre el precio de la energía, que pagaremos los trabajadores, está claro que sobran los motivos para seguir desarrollando la movilización y la protesta, junto a nuestros hermanos saharauis: primero, para obligar al Gobierno “progresista” a rectificar y a asumir su papel como potencia administradora del Sáhara Occidental; y, como objetivo de fondo, para destruir el criminal “orden” imperialista y el capitalismo que lo sustenta.

¡SÁHARA LIBRE!