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J.P. Galindo

La ‘uberización’ del mercado laboral en España

Uno de los efectos más profundos de la inesperada pandemia mundial de 2020 ha sido la aceleración del proceso de degradación de las condiciones laborales conocida como “uberización” de la economía. Un proceso en el que la simplificación y generalización de las relaciones directas entre consumidor y productor, denominada “peer to peer” o “P2P”, gracias al desarrollo de aplicaciones móviles, produce, por contra, la pérdida de protagonismo del distribuidor como nexo de unión entre ambos extremos del proceso económico.

Muestras de la rentabilidad que este nuevo enfoque productivo genera en las empresas las tenemos en el conflicto del taxi del año 2019, o en el hecho de que empresas como Just Eat, Glovo, Deliveroo o la propia Uber Eats, llegadas a España apenas unos años antes de la pandemia, habían alcanzado, antes de marzo de 2020, cifras asombrosas de facturación gracias a esa “uberización” laboral, llegando incluso a situarse como patrocinadoras de eventos tan importantes como la liga nacional de fútbol. Ese fue, en concreto, el caso de Deliveroo; una empresa fundada en el año 2013 en Reino Unido, que llegó a España en el 2015 y que, cuatro años después, firmaba el contrato de patrocinio de La Liga. Sin embargo, exactamente dos años después de aquel contrato, en julio de 2021, Deliveroo anunció su decisión de abandonar España alegando condiciones económicas inasumibles.


Buena parte de esas condiciones inasumibles se resumen en la llamada “Ley Rider”; una ley destinada a atacar la figura del falso autónomo, es decir, el trabajador que depende del sueldo pagado por una empresa pero que, a ojos de la administración, es un trabajador por libre y que, por tanto, financia sus propios gastos laborales (cotización a la seguridad social, seguro médico, vacaciones, etc.), generando con ello un beneficio máximo para la empresa que lo contrata en esas ventajosas condiciones.
El sistema P2P permite la utilización de “trabajadores flotantes”, disponibles en todo momento para realizar labores de distribución de mercancías sin necesidad de vinculación permanente con la empresa productora o el servicio prestado. La simplicidad de la tarea permite, además, la contratación de prácticamente cualquier individuo sin conocimientos o herramientas específicas, abriendo el abanico a un mercado laboral inmenso, donde las leyes de la oferta y la demanda de empleo se contemplan como los únicos límites.
Los datos de condiciones de trabajo en España confirman los peores augurios. La población trabajadora sufre hoy condiciones mucho peores que hace dos años, cuando tampoco eran buenas. Según datos de CC.OO., los contratos indefinidos han aumentado sólo un 2% desde que comenzó la pandemia, frente al 20% de los temporales. Uno de cada tres empleos nuevos dura un mes o menos; el salario medio de los trabajadores entre 16 y 25 años se sitúa casi tres veces por debajo de la media nacional (7.300€ anuales frente a 20.566€) y más de 300.000 personas siguen formalmente en situación de ERTE, a pesar de que muchas de ellas se han visto obligadas a aceptar empleos fuera de la ley.
Y mientras la realidad golpea a millones de familias en España, el Gobierno publicita los datos de “recuperación” del empleo tras la hecatombe pandémica esgrimiendo la caída del paro en los meses de mayo, junio y julio de 2021 (datos en los que no se incluyen a los trabajadores afectados por ERTE, y que no tienen en cuenta las condiciones de miseria de los contratos reseñados), como muestra de su buen hacer en la gestión pública, preparando el terreno para la aplicación de las condiciones draconianas marcadas por la UE de cara a la entrega de los miles de millones del “fondo de recuperación”, de los que los primeros 9.000 millones acaban de llegar a España.
Esta situación, en la que las últimas tecnologías son utilizadas para imponer sobre las clases trabajadoras retrocesos sociales brutales a cambio del mantenimiento de los beneficios de las clases dominantes, es una escena repetida a lo largo de los siglos y que, ya en 1848, Marx y Engels describieron como parte del constante ciclo de crecimiento y crisis en el que vive estancada la humanidad desde la instauración del capitalismo como modo de producción dominante.
Hablando del método capitalista para “salir” de las crisis económicas decían:
“¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía? De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos. Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas.” (Manifiesto Comunista)
La crisis del 2020, anunciada ya meses antes de la irrupción de la pandemia, ha servido de excusa para justificar esa sobreexplotación del viejo mercado laboral español, ya dramáticamente castigado desde la crisis de 2008, y mantener las fabulosas ganancias de la burguesía (principalmente extranjera) a costa del trabajo de unas clases populares esquilmadas hasta lo inimaginable.
Pero Marx y Engels decían algo más. Decían que la burguesía, como clase dominante, en su obsesión por mantener sus fabulosos privilegios: “no sólo forja las armas que han de darle la muerte, sino que, además, pone en pie a los hombres llamados a manejarlas: estos hombres son los obreros, los proletarios.” Y esa es la única solución a la crisis permanente en la que las clases trabajadoras, con el proletariado a la cabeza, llevan estancadas desde hace siglos.