S. Feliks

Como cada año, el 1º de Mayo es para nosotros, la clase trabajadora, un día de orgullo. De recuerdo por los miles de compañeros que soñaron en un mundo mejor, libre de las cadenas del capitalismo, y que quisieron llevar su sueño a la práctica mediante el compromiso y el esfuerzo colectivo. Pero también es un día de lucha, porque el camino por recorrer es aún enorme y qué mejor ocasión para avanzar en nuestras reivindicaciones que esta fecha histórica.

En medio de una pandemia global, que se ha llevado por delante más de 3 millones de vidas en todo el mundo, el capitalismo no ha dado más respuesta que cargar sobre la clase trabajadora la responsabilidad de los fracasos de su tambaleante sistema.

Hoy en España casi 4 millones de personas están en el paro, incluidos casi la mitad de los jóvenes que quieren trabajar. El modelo productivo español, subalterno al gran capital alemán e internacional, se muestra incapaz para dar una vida digna a amplias capas populares que deben ir alternando trabajos de ínfima calidad con periodos en el paro mientras la amenaza del desahucio y el hambre se hace una realidad para cada vez más personas.

Es cierto que el gobierno socioliberal-socialdemócrata evitó la destrucción masiva de empleo facilitando el recurso a los ERTE, que fueron una forma de socializar los gastos de personal de las empresas con la esperanza de que eso frenara el colapso de muchas de ellas. Ahora, pasadas las peores restricciones y “creciendo” la economía nos encontramos a gigantes de distintos sectores devolviendo el favor al Estado en forma de EREs multitudinarios: miles de despidos en El Corte Inglés, Caixabank, Inditex, etc. 

A esta situación de extrema vulnerabilidad de amplias capas populares se une la amenaza del fascismo. El gran capital, una vez más, ante el miedo a un estallido social que les confronte con la miseria que han creado, recurre a la barbarie fascista. Si en el siglo pasado los cabezas de turco eran los judíos esta vez se intenta culpabilizar de todos los males a los inmigrantes. La bajeza moral de la reacción queda especialmente plasmada en la criminalización de los niños extranjeros que viven en nuestro país sin sus padres (los despectivamente llamados “menas”, por “menores no acompañados”). Hasta ahora este discurso no ha penetrado masivamente entre las capas populares, pero sí ha mostrado una gran acogida entre muchos miembros de las fuerzas policiales y militares del Estado. Así, la represión ante movimientos revolucionarios, o simplemente algo contestarios, se volverá cada vez más cruda.

Ante este panorama preocupante desde el punto de vista económico y social, nos encontramos una izquierda institucional incapaz de ofrecer soluciones reales. El tan cacareado gobierno progresista ha quedado como un cascarón vació, retórica sin casi nada detrás. En los 15 meses de gobierno PSOE – Unidas Podemos no se ha abordado ninguna de las grandes transformaciones que prometieron que realizarían: la Reforma Laboral de 2012 sigue vigente en casi su totalidad (y la también muy lesiva Reforma del PSOE de 2010 parece que ya está asumido que se queda entre nosotros), la Ley Mordaza no sólo no se ha derogado sino que ha sido utilizada con entusiasmo durante el último año, la limitación del precio de alquileres sigue sin llegar, la nueva ley de educación vuelve a ser, salvo alguna mejora y en lo fundamental, un brindis al sol, etc. Un gobierno que, por naturaleza de clase, no se enfrenta a nuestro enemigo de clase, la oligarquía, cada vez más parasitaria, y que asume y defiende (en mayor o menor grado, según el socio de gobierno) este corsé de trabajadores y pueblos que es la monarquía, sin cuyo derrocamiento son imposibles los cambios estructurales necesarios para solucionar los principales problemas del país (paro, precariedad, vivienda, servicios públicos,…) y la implementación de políticas y medidas en beneficio de los intereses de la clase obrera y resto de clases trabajadoras. La república se alza como una necesidad urgente para las clases populares, como la alternativa por la que, desde la unidad de clase, debemos luchar. Además, es destacable la pasmosa falta de autocrítica de Unidas Podemos ante sus fracasos, vanagloriándose de cada derrota con un “sin nosotros sería mucho peor”.

Es por ello que nuestra clase se siente cada vez más huérfana de referentes. Y aquí el problema del fascismo se vuelve especialmente preocupante. Si los comunistas no sabemos estar a la altura y mediante nuestro ejemplo no enseñamos el camino a la emancipación es probable que los sectores más atrasados caigan en las garras del fascismo.

Este Primero de Mayo debe servir para dar un paso al frente, crear organización allí donde no exista y promover la unidad de nuestra clase. Utilizar el movimiento sindical como palanca para frenar los ataques más furibundos, fogueándonos en la lucha y aumentando la conciencia de clase de nuestros compañeros. Debemos ser conscientes de que años muy duros se avecinan, pero también que una gran oportunidad se abre en estas situaciones. El sistema se tambalea y está en nuestras manos hacerlo que caiga en beneficio de la humanidad.

¡Viva el 1º de Mayo!

¡Viva la lucha de la clase obrera!

¡Por la III República, hacia el socialismo!