A. Heredia

A menudo, nos asalta a los militantes de la JCE (m-l) la pregunta que titula este artículo. Por lo general, tendemos a ligar nuestro proceder a parámetros que respalda nuestra experiencia en tal o cual situación. Tratamos de responder ante un impulso, fenómeno o hecho concreto a partir de lo que conocemos desde el punto de vista práctico. ¿Qué hacer si carecemos de dicha praxis? Como es lógico, buscamos un precedente teórico —el cual bebe de la práctica si es adecuado y revolucionario— y lo aplicamos a la situación que se nos presenta.

Según nuestro conocimiento superficial, primero, y cualitativo después, la conducta que describe el párrafo anterior corresponde con una actitud revolucionaria: emana de la teoría y la práctica para elaborar una respuesta justa a un fenómeno determinado. Este principio correcto, sin embargo, no debe hacernos caer en simplismos analíticos, ya que, a veces, representa inconscientemente cualquier situación como un elemento sujeto a examen mediante condiciones invariables… Pero ¡en realidad sí experimentan cambios!

No nos referimos a que varíen las relaciones de producción, las contradicciones de clase o la dialéctica del oprimido y el opresor; estas las engendra el modelo de producción de una sociedad concreta, basado en una infraestructura y una superestructura específicas. A lo que nos referimos es a que los elementos determinados que diseccionamos no resultan estáticos, se enriquecen de nuevas experiencias y desarrollan a su vez nuevos subelementos que debemos analizar. En otras palabras, cuando estudiamos un hecho concreto, no podemos limitarnos a considerar el conocimiento que de él ya poseemos para emitir nuestro juicio. Al contrario, debemos tener en cuenta ese conocimiento para profundizar en su análisis y, así, reflexionar sobre la nueva y profunda información que surge del hecho que examinamos. Por lo tanto, efectivamente, las condiciones variables a las que hacemos referencia debemos emplearlas para completar nuestro conocimiento y elevarlo en un nivel cualitativo. Un ejemplo: la última vez que trabajé de traductor fue hace cuatro años; mi competencia respecto a las condiciones laborales de los trabajadores de la traducción se asentaba entonces sobre obras de diversos autores y, por supuesto, sobre mi experiencia.
Ahora bien, estas dos fuentes (la teórica y la práctica) ¿me permiten conocer el estado actual de las condiciones laborales de los traductores cuatro años después? ¿Me capacitan para ilustrar a un traductor, actualmente, a propósito de los caminos específicos que debe tomar para defender sus derechos en el trabajo? Si respondiera afirmativamente a las preguntas anteriores, estaría pisoteando con vehemencia el método de análisis materialista y dialéctico, ya que sobrevaloraría mis conocimientos incompletos e ignoraría los de un trabajador que se brega día tras día en este sector. Así las cosas, estaría tratando de responder a preguntas muy actuales mediante un manual —al menos parcialmente— anticuado. ¿Cómo actualizar el saber sobre este hecho concreto? Es tan sencillo como preguntar, escuchar y aprender.
Pecamos, en ocasiones, los jóvenes comunistas de impetuosos al ofrecer respuestas extremadamente sencillas a problemas extraordinariamente complejos. Este ímpetu, lógico y sano, debemos aprender a encauzarlo de forma que, antes de dar una solución, entendamos el problema concreto en toda su expresión. Queremos ayudar con la mayor de las predisposiciones, pero primero hay que saber cómo ayudar; buscamos curar una herida con enorme premura, mas antes hemos de preguntar al paciente cómo surgió esta. He aquí una actitud revolucionaria, pues se adapta a condiciones variables, cambiantes, novedosas.
El encauzamiento que planteamos no constituye un lema estéril, sino la actitud revolucionaria que debemos recordar y adoptar cada vez que sometamos cualquier elemento al análisis marxista-leninista. Cada cuestión merece un examen específico, del que broten las conclusiones para llegar a la solución adecuada. Por supuesto que cada modelo de producción encarna condiciones objetivas determinadas por el momento histórico, pero, si nos dejamos llevar por un estudio demasiado general de la cuestión, caeremos en la trampa de lo excesivamente general y, por tanto, superficial. Más allá de frustrarnos, este proceso ha de espolearnos para mejorar nuestras capacidades de análisis, nuestra curiosidad, con lo que se enriquecerá nuestro conocimiento del mundo. Esto se explica porque un conocimiento general ha de completar y nunca sustituir al específico: un joven que trabaja de repartidor pertenece a la clase trabajadora, de la misma forma que un cajero de supermercado; sin embargo, las condiciones laborales no son absolutamente las mismas, tampoco sus tareas, su presencia sindical, las artimañas de las burguesías de sus respectivos sectores, etc. Por lo tanto, ni el cajero debe imponer su visión sobre el repartidor, ni el repartidor sobre el cajero: deben emplear sendas experiencias para redondear el análisis que exija una situación específica.
Un proceder que debemos desterrar los comunistas lo representa el carácter déspota y paternalista con el que en ocasiones transmitimos nuestro discurso político e ideológico. Ya sea en un intercambio de ideas con trabajadores y estudiantes, ya sea en una mera conversación con personas cercanas a nuestros principios, jamás podemos rebajar nuestro análisis al nivel de la arrogancia intelectual. Ello no solo proyecta una imagen autoritaria y ridícula, sino que es profundamente anticomunista: desprecia las opiniones de quienes dialogan con nosotros en lugar de acercarlas a nuestras posiciones y establece que, independientemente de la calidad de nuestro conocimiento respecto a un fenómeno concreto, tenemos razón invariablemente. Insisto, como ya hice en otros artículos, en que flaco favor haremos a nuestra clase si nos comportamos como energúmenos intelectualoides: difícilmente nos convertiremos en la vanguardia de la clase trabajadora si, en lugar de escucharla, despreciamos su riquísima experiencia. Podemos empaparnos de literatura respecto a los trabajos temporales, mas, si nunca los hemos desempeñado, jamás podremos acercarnos al conocimiento práctico que sí ha experimentado en sus carnes aquel que se ve envuelto en dicha situación laboral. Y lo que es más, incluso habiendo desempeñado también ese puesto de trabajo, nunca debemos cerrarnos a la experiencia que nos transmita nuestra clase.
Cada conversación sobre política sobre, por ejemplo, las “putadas” que indignan a nuestros amigos en el curro o sobre las vejaciones específicas que sufren las mujeres de nuestra clase en su día a día, constituye una información valiosísima de cara a nuestra lucha política. Mal haremos si concebimos que ya lo sabemos todo, porque la vanidad ligada al liberalismo más repugnante nos estará cegando y, de hecho, separando de nuestra clase. ¿Acaso somos superhombres que ni necesitan escuchar a trabajadores y estudiantes para conocer sus inquietudes? Esta actitud inaceptable, contrarrevolucionaria, aún no está erradicada e ignorarla no contribuirá sino a fortalecerla. Preguntémonos a nosotros mismos si escuchamos a nuestra clase, amigos y familiares cuando exponen sus turbaciones. Planteémonos cuántas veces, en lugar de escuchar las quejas de un trabajador, nos hemos limitado a soltar un discurso prefabricado e intelectualoide. Dichos comportamientos adolecen de una arrogancia intelectual que nos separa de nuestra clase a golpe de liberalismo. Difícilmente nos convertiremos en vanguardia de una clase a la que no escuchamos y damos lecciones desde un patíbulo. Esto no es ligarse a las masas, sino humillarlas y despreciarlas. Entonces, ¿prestamos atención a sus preocupaciones? ¿Tenemos en cuenta, dentro de nuestro análisis, lo variable de los condicionantes superestructurales? Si la respuesta es afirmativa, adoptaremos una actitud revolucionaria y, acto seguido, nos pondremos a examinar nuestro proceder para eliminar todo elemento liberal del mismo. ¿Y qué nos queda? Salir al mundo a dialogar, escuchar, aprender de nuestra clase; justo así podremos aportarle las armas dialécticas que necesita.