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A. Heredia

Tarde o temprano, todo militante, toda persona con conciencia de clase se topa con un muro más situacional y práctico que ideológico. A menudo desconocemos por qué hemos llegado a él, mas no ignoramos, de ninguna manera, su carácter derrotista. Después de años de lectura, octavillas, de progreso ideológico y práctico, de descubrimientos y luchas en nuestro entorno, ya sea en casa, en clase o en el trabajo, luego de lograr las pequeñas victorias y las muchas frustraciones… Entonces aparece el muro.

De pronto, las conquistas parecen menos, el efecto de nuestra labor política se antoja pírrico y consideramos insalvable la diferencia entre nuestra fuerza y todo lo que queda por hacer. Tras la enésima confrontación con liberales aberrantes y el nacionalismo más casposo, nos desanimamos momentáneamente ante la idea de que la ideología individualista y burguesa tiene todo y a todos demasiado impregnados como para influir en nada. Qué decir de nuestros acercamientos a luchas fraccionarias, que tan capitalizadas tienen la reacción y el revisionismo, que nos desesperan hasta un punto indecible y nos acusan de todo lo habido y por haber. Cómo olvidar a quienes se autocomplacen llevando un pin del Che, portando camisetas de “I’m feminist” y gritando que “No hay planeta B”, pero luego no se levantan ni para defender cuestiones que les afectan directamente. Sí, esos que mueven el culo por pillar unos porros y no por asistir a una concentración contra que les quiten las becas. Y nosotros, una vez llegamos a este punto, ¿cómo reaccionamos? En ocasiones, ciegos de frustración, apostamos por el “mira, yo paso”, por el “que con su pan se lo coman” o por un clásico “intentaré hacer lo que pueda en mi entorno”.

No son pocas las personas que dejan de militar, las que caen en los brazos de un revisionismo y un izquierdismo que prometen soluciones tan sencillas, como absurdas, a problemas complejísimos. Y estas reacciones, en un joven comunista, parecen comprensibles si nos atenemos, de nuevo, a esa correlación de fuerzas de la que salimos tan mal parados.
Entonces, si las condiciones objetivas resultan así, mejor que cada uno regrese a casa, pues el capitalismo habrá triunfado, pues la lucha de clases y sus contradicciones han quedado resueltas o, mejor aún, no tienen solución. Si no tenemos nada que hacer, será porque habrá desaparecido la explotación de la faz de la Tierra o porque asumimos que nunca desaparecerá. Avanzamos, según dicha tesis, paulatinamente hacia un mundo cada vez más justo, donde las luchas fraccionarias mejoran la sociedad, la socialdemocracia para los pies al capitalismo más atroz y los países imperialistas deciden dejar de practicar el expolio de las nacionalidades a los que someten mediante golpes de estado y guerra económica. O tal vez nos acercamos hacia un recrudecimiento de todo ello. De la misma manera, los empresarios, por iniciativa propia, subirán los sueldos de sus trabajdores y respetarán los convenios laborales, con lo que los sindicatos carecerán de sentido y, en fin, ¡la lucha entre burgueses y proletarios habrá muerto! O sucederá todo lo contrario, con una agudización de la explotación del hombre por el hombre que no encontrará resistencia. Qué demonios, parecería que avanzamos por fin hacia el comunismo... O, precisamente, nos embarcamos en un modelo productivo con condiciones aún más explotadoras y asesinas.
Naturalmente, tales premisas idealistas se antojan irrisorias, carecen de cualquier análisis materialista y dialéctico: no valen nada, pues la naturaleza del capitalismo, en la práctica (a veces sí en la teoría) no permite absolutamente nada de lo anterior. Es más, se opone y lucha violentamente contra ello, pues, de cumplirse semejantes premisas, estaría dando aire a sus enemigos. De esta manera, no es posible el progreso social para la clase trabajadora dentro de este modelo de producción, que necesita, para sobrevivir, cada vez de una explotación mayor y más beneficiosa para la clase opresora. De ahí, los recortes sociales en cualquier ámbito de las democracias burguesas occidentales, los golpes de estado a países con materias primas que interesan al capitalismo imperialista, de ahí el refuerzo de la esclavitud en zonas de África subsahariana o el entendimiento entre “demócratas” occidentales y orientales con yihadistas, genocidas y torturadores de todo signo. De ahí que sufriremos en nuestras propias carnes toda la violencia inherente al capitalismo contra la que no nos rebelemos. Este modelo de producción necesita explotarnos de la manera más brutal y eficiente para su propia supervivencia. No puede prevalecer sin ello, así de simple. Si estamos de acuerdo con lo expuesto, convenimos en que las condiciones objetivas y la lucha de clases se recrudecerán enormemente, sobre todo si no organizamos ninguna resistencia contra quienes las provocan. Así las cosas, ¿qué hacer?
Silvio Rodríguez compuso una canción en honor a Miguel Enríquez que se muestra extremadamente ilustradora para la tarea que nos ocupa, “Canción contra la indecisión”. En ella, explica la importancia de la aplicación del compromiso teórico a la práctica, las consecuencias nefastas de nuestra pasividad, la capacidad extraordinaria de la praxis sincera. Viene a establecer un ejercicio reflexivo sobre los efectos de cada lucha que no libramos y cualquier compromiso que no adoptamos. Sí, el escenario en que nos encontramos no permite una labor política que de frutos fácilmemente, pero ¿acaso solucionaremos esto no haciendo nada? ¿Acaso el capitalismo no aprovechará cada palmo de tierra que cedamos para arrancarnos cualquier derecho que hemos conquistado a lo largo de siglos? Estamos lejos, muy lejos de asaltar el Palacio de Invierno, lejos de la revolución, de la dictadura del proletariado. Estamos tan lejos que quedarnos de brazos cruzados representaría un ejercicio liberal de disociación entre teoría y práctica, una claudicación ante el individualismo que solo condenará a nuestra clase a la esclavitud más descubierta. Nuestras armas son escasas y poco fuertes, pero la lucha de clases existe y la clase trabajadora no aguantará por los siglos de los siglos un sistema injusto desde su propia base, que carga sobre ella el peso de la rentabilidad de un sitema infecto. No, nuestra clase no soportará por siempre la negación de cualquier tipo de justicia social, de cualquier derecho logrado mediante la lucha y la sangre. Por ello, necesitará una vanguardia bien organizada, curtida y preparada para la acción. De lo contrario, entonces sí que fracasará cualquier tentativa de convertir el mundo en un lugar justo: incluso las masas más avanzadas y radicalizadas están condenadas al fracaso sin una dirección política adecuada al momento histórico.
Ahora bien, todo esto no debe impedirnos comprobar la crudeza de la realidad social que nos rodea, que, sí, resulta en ocasiones desoladora, sino agudizar nuestra sensibilidad hacia ella para influir sobre sus contradicciones de la manera más acertada. Tampoco cabe desesperarse debido a nuestras derrotas o a nuestras capacidades tan limitadas. Es que, de hecho, no dejarán de ser limitadas si no nos movilizamos todo lo que podamos, es que las octavillas que no repartamos y las manifestaciones a las que no asistamos hoy constituirán los látigos que nos azotarán mañana. Es que esas mismas octavillas que repartamos, esas manifestaciones en las que participemos nos permitirán construir cada vez elementos de lucha mucho más influyentes y efectivos. En definitiva, ser revolucionario implica desarrollar e impulsar las condiciones que harán posible la revolución lo antes posible. Sí, la lucha en el terreno ideológico es necesaria, por desagradecida que parezca, así como pegar carteles, hablar con estudiantes, trabajadores, así como lograr cohesión social a propósito de objetivos comunes, así como convertir los movilizados en organizados, así como hacer que cambie la correlación de fuerzas, así como... Sí, el camino es largo, pero, o lo andamos, o el capitalismo y sus caballos nos pasarán por encima y pisotearán de manera inmisericorde. Dicho sea de paso, todo aquel que piense que hacerse a un lado representa una opción se equivoca: el camino es tan ancho como el capitalismo necesite, no como a nosotros nos plazca. Insisto: o caminamos o moriremos aplastados.
Y no olvidemos que hemos de formarnos, siempre, con una voluntad práctica: el filosofeo estéril lo dejamos para los intelectualoides burgueses, que aquí hablamos de cosas tan serias como el hambre, la guerra imperialista, la pobreza y el trabajo infantil. Aquí hablamos de familias enteras que van al paro, de quien no puede pagar la luz y de quien se acuesta cada noche con la tripa vacía para que sus hijos coman. Ni una concesión al capitalismo, ¡ninguna! Si somos capaces de aceptar que semejantes atrocidades deben formar parte de nuestra realidad social, solo nuestros actos podrán definirnos. Y así, por arte de marxismo-leninismo, desapareció el muro práctico de nuestro texto.