Lucía Ugalde

Hace más de 100 años, en 1910, se declara en Dinamarca, impulsada por Clara Zetkin, la celebración del día Internacional de la Mujer Trabajadora, propuesta apoyada de forma entusiasta por las delegadas de la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas.

El 8 de marzo conmemora la lucha llevada a cabo por las costureras de Nueva York, que en 1857 pelearon valientemente por la subida de salarios y reducción de las jornadas. No fue ni la primera ni será la última manifestación de combatividad protagonizada por mujeres trabajadoras. Las reivindicaciones de las obreras seguirán sucediéndose mientras haya un enemigo de clase contra el que arremeter y derechos por conquistar. Ejemplos actuales y más cercanos de estas luchas son la de las camareras de piso (las kellys), las limpiadoras del Hospital Reina Sofia, las conserveras de Cantabria y Galicia o las jornaleras de Huelva.

¿Qué nos encontramos cuando escuchamos las reivindicaciones de estas trabajadoras? Condiciones de vida y de trabajo dignas.

Esas son las principales preocupaciones de las mujeres trabajadoras, que, a raíz de sus experiencias, revelan la precariedad a la que están expuestas en razón de su clase y género.

¿Cuáles son las preocupaciones de las feministas burguesas o liberales? La supuesta dominación absoluta que se da de los hombres sobre las mujeres, sin atender, por supuesto, a las contradicciones de clase. No nos es ajeno este discurso, que combatimos ferozmente, pues divide a la clase trabajadora y propone simplezas reduccionistas como una mayor representación femenina en las élites. Defienden que, si nos oprimen ellas, por ser sujetos femeninos, de algún modo la opresión será menor (quizás las mujeres tengan un temperamento más dulce, pensarán); en definitiva, constituye un apaño reformista que trata de sepultar en el olvido la cuestión de clase y, además, puede resultar contraproducente para las propias trabajadoras. Desde la década de 2010 hemos apreciado la popularidad de estos discursos que tratan de desligar la lucha feminista de la de clases. Ahora bien, también es cierto que se ha puesto el foco en una problemática que, desde luego, promueve un avance organizativo entre las mujeres y, gracias a esto, hemos visto también mujeres organizadas en la lucha por sus derechos laborales.

La lucha feminista, que acabará desmantelada por el reformismo en pos de otras tales como el ecologismo o los derechos LGBTI+, es una cuestión que debemos seguir impulsando siempre que siga existiendo el capital y el patriarcado. No debemos permitir, camaradas, que la agenda de la burguesía nos marque nuestras prioridades, sino que debemos ser nosotros los que impulsemos y promovamos el avance organizativo allá donde la causa lo merezca. Esa es la verdadera actitud revolucionaria.

Vayamos al 8M no solo para llevar a cabo una tarea de agitación y propaganda, sino también a escuchar abiertamente y sin ideas preconcebidas los distintos relatos femeninos, afirmar las protestas justas y combatir las posturas erróneas. Animad a las mujeres a ser sujetos activos, a organizarse más allá de un movimiento; vosotros tenéis experiencia política, compartidla con las mujeres que no han gozado de esa suerte, pero ansían la emancipación. Decidles que la emancipación no se pide a un gobierno una vez al año, sino que es a través de la lucha política transformadora que se consigue. Decidles a las mujeres, camaradas, que si desean emanciparse deberán constituirse como un sujeto activo y no ceñirse a la pasividad dócil que la celebración anual del 8M ha representado en las últimas manifestaciones. En definitiva, escuchad a las mujeres, camaradas, y alimentad sus ansias de emancipación, pues son parte de la vanguardia y sin ellas la revolución jamás será posible.