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Senén

9 días han bastado para demostrar por dónde crujen las costuras del sistema. Y lo hace ahí donde el capitalismo y ninguno de sus instrumentos de control puede asimilar las luchas, manejarlas y poner las velas a su favor, por muy deterioradas que estén o haya conseguido mantener las condiciones. Nos referimos, obviamente a la lucha de la clase obrera. Descarnada, sincera y sin miedo. Y lo más importante, con voluntad de victoria.

Los obreros del metal de Cádiz, en respuesta a una postura desvergonzada de la patronal, en la negociación del convenio que les toca firmar dijeron basta.

Dijeron basta en un sector atomizado por la precariedad y la temporalidad, dependiente en gran medida de empresas matrices que racanean condiciones de trabajo a las contratas. La situación de decadencia industrial en la bahía de Cádiz viene de largo, con un amplio historial de deslocalizaciones, cierres y regulaciones de empleo que están haciendo de la provincia campeona en los datos de paro a nivel estatal, con permiso de la provincia de Huelva, que le va a la cabeza y aquejada por una situación similar.

La batalla por sus puestos de trabajo son habituales y continúas, así como en el resto del Estado. Coetánea a esta valiente lucha ha sido la de los compañeros de Pilkington en Puerto de Sagunto, los cuales se enfrentaban a un proceso de deslocalización de parte de su producción a países del este de Europa, batalla que también han ganado. Se quedan los puestos de trabajo.

Pero estas luchas parciales, silenciadas por los medios y que se mantienen en los márgenes de lo aceptable para el sistema en pocas ocasiones trascienden y se convierten en referentes de lucha y objeto de solidaridad obrera. En esta ocasión, la unidad de acción sindical y la determinación de no aceptar bajo ningún concepto las ignominiosas propuestas de la patronal para este convenio, han convertido a Cádiz en referente. Han sido valientes, 9 días de huelga es apuesta fuerte, respaldados con la lucha en la calle organizada y con un sólo objetivo, hacerse escuchar y reivindicar la importancia de su lucha, que es la de todos. Y lo han conseguido, les llegaron apoyo y solidaridad de todos los rincones del estado español y del mundo, hasta de sitios tan alejados como Argentina. Victoria rotunda, lo pinten como lo pinten.

Se ha demostrado, una vez más, que la lucha obrera es la única que puede cambiar las cosas, que la centralidad del trabajo en el capitalismo es indiscutible. El trabajo regula las condiciones de vida, los ritmos de una sociedad, sus condiciones materiales, sus relaciones y hasta en un alto grado, como el posmodernismo insiste de manera totalmente ciega e impotente, su salud mental. El trabajo lo determina todo en una sociedad. El capital lo sabe y no ha cesado en su empeño de arrinconar a la clase obrera, de desvirtuarla, de relegar este papel fundamental en cualquier sociedad a categoría de irrelevante para cualquier avance. Se ha demostrado, así mismo, la importancia de mantener la estructura sindical viva, dotada de recursos y con capacidad de organización. Los y las compañeras del metal de Cádiz han dado una valiosa lección: cualquier dirección sindical, por muy revisionista que sea, ante el empuje decidido de la clase obrera va a la batalla y tienen que contar con las bases. Nutrir los sindicatos, reforzar o constituir secciones sindicales combativas es la consigna. Es la única manera de tejer solidaridad de clase, como así demostraron los compañeros de Tubacex que viajaron 1000 km hasta la ciudad del sur para ceder su caja de resistencia, creada en un conflicto laboral propio, también combativo y exitoso. Es el camino.

La firma de un convenio no es la victoria final de la clase obrera, obviamente. Pero sí es una batalla ganada al desánimo y la desorientación que campan a sus anchas en el campo popular. Máxime cuando ésta se ha librado en un contexto laboral en el que la precariedad, la temporalidad y la subcontratación son más que habituales. Un sector que en muchas de sus empresas sus trabajadores se juegan el tipo día a día con trabajos penosos y peligrosos, con el desprecio habitual de las empresas tractoras para las que son puestos a disposición, tratándolos como si fueran trabajadores de inferior categoría y sin dignidad. Temporalidad, inseguridad en el futuro y desprecio por sus condiciones de vida, mal cóctel para mantener la paz social. No es ni mucho menos la primera vez que en Cádiz se levantan barricadas, es conocida la combatividad del pueblo gaditano en la defensa de sus condiciones de trabajo, y sobre todo, de sus puestos de trabajo. Hasta ahora habían sido luchas parciales, por empresas, plantillas tratando de evitar cierres o reclamando carga laboral, Navantia, Delphi... Estas reivindicaciones, siempre en batalla frontal, han quedado habitualmente en las páginas de la prensa especializada y en la generalista han durado poco. En esta ocasión han topado con un sector con una fuerte raigambre popular en los barrios y con una amplia dispersión geográfica, con unas condiciones de trabajo en decadencia y con unidad de acción sindical y popular. Mujeres y hombres que han recibido como una patada a su dignidad la propuesta patronal para la negociación colectiva. El buen hacer de la organización permanente sindical (tan denostada por la prensa) ha llevado a crujir la paz social del Estado español, la lucha con voluntad de victoria, como no se veía desde las luchas mineras, ha obligado al Gobierno del cambio a mostrar su verdadera faz, su cara más antipopular y sus verdaderas intenciones de cambio, el de Lampedusa. No tardó mucho el ministro Marlaska ante el empuje en la calle de la clase obrera organizada, en usar métodos de represión militar, la famosa tanqueta. Saben que cuando los barrios se movilizan, que cuando son las trabajadoras las que se ponen en pie de guerra es cuando cambian las cosas. Es una auténtica vergüenza que luego vengan a reclamar como victoria la intervención de la ministra del ramo en la resolución del conflicto, cuando la única victoria reconocible para la clase obrera es la de aquellos que con 1.100 euros de salarios y con un 5% de inflación, se han jugado el tipo y han permanecido 9 días en huelga a 180 euros el día. Que no nos vengan con monsergas. Claro que ahora, son esos ministerios lo que tienen que aguantar al fascismo, en el congreso y en plena carrera electoral en Andalucía, “dándoles lecciones” de obrerismo. Ya lo dijo algún denostado dirigente revolucionario, la socialdemocracia es la antesala del fascismo.

Hay un vicio que ha quedado patente en este proceso de lucha, y es que a la hora de la firma, los temporales han quedado en la cuneta. Menos subida salarial, ningún compromiso de aumentar el porcentaje de las contrataciones a fijos. La eventualidad y la temporalidad sigue siendo el mal a combatir. Nos divide como clase y fragmenta nuestra lucha. Superar esa brecha es clave, y debería regir la acción sindical de cabo a rabo. Haber movilizado a tantos temporales debe dar norte de que esa barrera psicológica que nos impide acercarnos a ellos puede estar empezando a ser derribada. Ampliar las miras es necesario.

Con todo, queda un trabajo duro por delante para el sector, el que de verdad organiza y nutre las filas. Se ha creado una comisión de seguimiento del preacuerdo que debe velar y hacer valer los principios directores de lo que se ha firmado. Con una temporalidad tan alta en este sector, se debe vigilar con luz y taquígrafo que a los trabajadores temporales se les aplica las subidas acordadas, que el convenio se cumple en cada taller, en cada oficina y en cada centro de trabajo. Labor de las secciones sindicales, delegados y comités de empresa que deben alargar la sombra de este conflicto tanto como les sea posible. Es el único modo de hacer ver que con un sector industrial en decadencia y precarizado no es posible mantener condiciones de vida dignas para nuestra clase.

Extender este conflicto es vital para resucitar aquello de lo que tanto se acordaron algunos, fugazmente, en los principios de la pandemia, sin industria no hay futuro. Es clave, estamos viviendo impasibles un proceso de desindustrialización desde hace 40 años, y que ha retomado impulso con la excusa de la transición energética. Las promesas de fondos europeos no son nada, no hay propuestas encima de la mesa que se materialicen, no se está actuándo ahí donde más falta hace, en el I+D, en industria nueva, en actualizar la existente. Al contrario, sí estamos viendo como se paralizan, cierran y desmontan fábricas. ¿Una nueva reconversión industrial, con los mismos protagonistas y novedosas excusas?

El metal vive de esas industrias, pero el sector servicios también. Para una sanidad pública y el progreso de nuestra clase es vital ese valor añadido. No podremos vivir del sector servicios y de la economía informal. Las obreras y obreros de Cádiz han dado un importante aviso, estamos vivos y dispuestos a pelear por lo nuestro. ¡¡¡Bravo compañeros!!!