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Santiago Baranga

Los partidos políticos no son solo expresión de la lucha de clases que se desarrolla fuera de ellos y en su propio seno: son ante todo, y como cualquier realidad social, producto de la historia, con sus estructuras, procesos y capacidad de agencia de los individuos y de las clases sociales.

Cuando, en el otoño de 1964, un grupo de delegados lleva a cabo el proceso de unificación de los diferentes grupos marxistas-leninistas que acabarán dando lugar al PCE (m-l), confluyen a escala internacional el viraje de la URSS hacia la coexistencia pacífica–tras el XX Congreso del PCUS–, con la consiguiente oposición china, y las experiencia triunfantes de los pueblos dependientes contra el imperialismo en Cuba, Argelia y, sobre todo, Vietnam, que devuelven al primer plano la lucha armada como instrumento revolucionario. En España, mientras tanto, los cambios inducidos por la política tecnocrática desarrollada por los ministros del Opus Dei –con el apoyo de Estados Unidos y las instituciones financieras del capitalismo mundial–, extienden y profundizan las contradicciones sociales anunciadas ya en los cincuenta, elevando la conflictividad hasta cotas desconocidas en España durante décadas. Es este hecho, ante todo, el que obliga a la dictadura a intentar legitimar su brutal régimen sobre nuevas bases, toda vez que la cultura de la Victoria es ya incapaz de contener el descontento social, aunque, paradójicamente, para entonces el PCE ya se ha embarcado en su política de «reconciliación nacional».

Sin embargo, el fascismo español tenía muy complicado imponer un nuevo consentimiento a una política que no solo vinculaba el crecimiento económico a unas condiciones de explotación evidentes para cada vez más amplias masas: a la vez, no podía ocultar que, en esencia, se trataba del mismo régimen que había sido encumbrado por el apoyo nazifascista. En 1965, la dictadura ha perdido la hegemonía en la Universidad; a mediados de los setenta, España será el país más conflictivo de una Europa sacudida por la crisis del petróleo de 1973.

Es en este contexto en el que actúan las viejas y nuevas fuerzas políticas, y en el que nace nuestro Partido. En ese marco estructural, entra en acción el factor subjetivo. No solo la ideología –entendida aquí como armazón teórico–, que desde luego adquiere un papel de primer orden: la defensa a ultranza de la dictadura del proletariado y de la lucha de clases frente a la coexistencia pacífica a nivel internacional y la reconciliación nacional del PCE, la necesidad de la lucha violenta en contraposición a la «transición pacífica al socialismo» y la vigencia del Partido de vanguardia, en particular; pero no se trata únicamente de esto. En España, además, posiblemente fue nuestro partido el primero que desarrolló una visión de la política antifranquista y de su propuesta de futuro profundamente arraigada en nuestra historia de lucha obrera, popular, democrático-republicana y antifascista; en la memoria, por tanto. Es posible que este elemento jugara en su contra, si atendemos a las consecuencias que, de acuerdo con los estudios de los historiadores, tuvieron la sangrienta represión y la omnipresente propaganda de la dictadura sobre las actitudes de amplios sectores populares. Pero no cabe duda de que, a escala continental, el PCE (m-l) se situaba en la corriente de la historia de Europa occidental, cuyas democracias habían asentado su legitimidad precisamente en el antifascismo anterior a 1945. La diferencia estribaba, como los españoles pudimos comprobar en las décadas siguientes, en que aquí el fascismo no había sido derrotado.

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No trataremos de hacer aquí un repaso del proceso que llevó a la fundación de nuestro Partido, cerca de Bruselas, a mediados de diciembre de 1964. Para ello, afortunadamente contamos con el más que notable relato que nos dejó nuestro querido camarada Raúl Marco, que logró transmitir con amena pasión y rigor la intensidad de aquella memorable experiencia en Ráfagas y retazos de la historia del PCE (m-l) y el FRAP. Pero sí merece la pena destacar cómo la vigilancia revolucionaria y la firmeza ideológica –en sintonía y no contra la historia pasada y presente en aquel entonces, insistimos– permitieron a Elena Ódena, en primer lugar, y a Raúl –como infatigable organizador y responsable político, y en rápido crecimiento como cuadro aún de aquel PCE claudicante, por más que renegados y provocadores de todo pelaje intenten ¡todavía! oscurecer su papel–, hacer frente al «sentido de la disciplina y el reflejo militante de la mayoría de los camaradas», que limitó en mucho la respuesta de la militancia del viejo partido, a pesar de cundir la confusión y el bloqueo en sus filas.

Mucho se ha escrito ya sobre la presunta falta de adecuación a la realidad social y política de los planteamientos que, en aquel entonces, conformaban la Línea Política, el Programa y los Estatutos aprobados por el I Pleno Ampliado de nuestro Comité Central culminado el 17 de diciembre de 1964. Renegados, arrepentidos y frustrados –se ha escrito sobre la cultura del comunismo, pero muy poco sobre la particular psicología de quienes lo abandonan–, en particular, han abominado durante décadas del modelo leninista de partido y de la táctica de lucha que se derivó de aquellas decisiones. No obstante, cada vez más historiadores reconocen –de nuevo el contexto histórico manda a la hora de hacerse preguntas, cuando el régimen continuista hace aguas por todas partes– la importancia que tuvo aquello que han dado en denominar como «izquierda radical», la situada a la izquierda del PCE: ni más ni menos que hacer bascular la lucha hacia la ruptura –finalmente boicoteada, como sabemos, por un PSOE al servicio del imperialismo y un PCE ansioso de emular la política de sorpasso de los oportunistas italianos–, al promover las luchas obreras y estudiantiles, y frustrar los intentos del personal franquista –con el inefable Suárez a la cabeza– de imponer una versión más dura de la transición “democrática”.

En ese sentido, es bien sabido que el Partido, con su contundente lucha antifascista, no solo proporcionó una perspectiva de pelea consecuente y coherente con sus objetivos democráticos a cientos de jóvenes que se politizaban rápidamente; además –y quizá sobre todo–, obligó al franquismo a mostrar su verdadera cara en unos años en que este luchaba por legitimarse al amparo de la propaganda del desarrollismo y la «Paz». La dictadura seguía siendo fiel a sus raíces fascistas, y la represión desencadenada contra los militantes de la izquierda, de acuerdo con los testimonios recabados por investigaciones recientes, facilitó incluso la defección de sectores hasta entonces más o menos afines al franquismo. La lucha y la represión consiguiente, por tanto, y no los pactos por arriba ni las adulaciones del carrillismo, fueron lo que contribuyó a una toma de conciencia generalizada de lo que significaba la dictadura pese a su asfixiante propaganda.