Carlos Hermida

El 7 de noviembre de 1917 (25 de octubre según el antiguo calendario ruso), los obreros y soldados de Petrogrado, dirigidos por el Partido Bolchevique, derrocaron el gobierno provisional de Kerensky y tomaron el poder en Rusia. La Guardia Roja se hizo con los principales edificios gubernamentales antes de lanzar el asalto final sobre el Palacio de Invierno. Las heroicas jornadas de octubre --como las describió el periodista norteamericano John Reed-- estremecieron al mundo. Se abrió entonces una nueva época para la humanidad.

Durante años, los comunistas y el pueblo de la URSS libraron batallas colosales y alcanzaron, en el campo económico, social, cultural y militar, avances prodigiosos. Luchando contra la contrarrevolución interna y la agresión de las principales potencias capitalistas, convirtieron al empobrecido y explotado país que heredaron en una potencia mundial de primer orden.

Hasta 1917 la posibilidad de acabar con el capitalismo y construir el socialismo estaba en los libros escritos por Marx y Engels, pero la revolución bolchevique demostró que otro mundo era posible, un mundo sin explotados ni explotadores, un mundo en el que los obreros y los campesinos fueron capaces de ser dueños de su propio destino. Por eso, los hechos de 1917 tuvieron eco en todo el mundo, entusiasmando a los trabajadores y sumiendo a la burguesía en la peor de sus pesadillas.

La revolución que “asaltó los cielos” no fue ninguna casualidad ni un accidente histórico, sino el resultado de una conjugación de factores y condiciones que vino a corroborar los análisis de Marx y Engels sobre la centralidad de la clase obrera en la superación del capitalismo. Pero el proletariado no hubiera podido alcanzar la victoria sin la dirección del Partido bolchevique, que llevó a cabo desde sus orígenes una lucha implacable contra el revisionismo y el oportunismo. La batalla que libró Lenin contra el reformismo permitió forjar un partido revolucionario que supo establecer la táctica y la estrategia correctas que condujo a la revolución socialista.

Hoy es frecuente escuchar en boca de los economistas neoliberales que la experiencia económica soviética fue un desastre y un fracaso, pero no son más que afirmaciones guiadas por el anticomunismo ciego. Mientras que el mundo capitalista se hundía en la crisis de 1929 y decenas de millones de hombres y mujeres perdían su trabajo, en la Unión Soviética durante los años treinta se alcanzaba el pleno empleo y se construían miles de fábricas, centrales hidroeléctricas y Universidades. No era propaganda, sino una realidad que tuvo su demostración práctica cuando la Alemania nazi atacó a la URSS en junio de 1941. Fue el enorme potencial económico del sistema socialista el que derrotó al invasor nazi. De las fábricas levantadas en los primeros planes quinquenales salieron las armas que llevaron al ejército soviético hasta Berlín. Los economistas pueden seguir mintiendo, pero los hechos históricos son tozudos y la bandera roja con la hoz y el martillo ondeando en Berlín es la prueba incontrovertible de la fortaleza militar y económica del socialismo soviético.

La desaparición de la URSS en 1991, resultado de un complejo proceso económico social y político, en la que se entremezclaron la degeneración burocrática, el revisionismo ideológico y la presión internacional, y que todavía no se ha analizado en profundidad, supuso un durísimo golpe para los trabajadores y los comunistas de todos el mundo, quienes se vieron privados de un referente que daba sentido a su lucha. La burguesía decretó el fin de la historia y una legión de “intelectuales” se lanzó a la tarea de enterrar definitivamente el socialismo y cubrir de lodo la experiencia histórica de la Unión Soviética. Pero el ardor guerrero de los corifeos del capitalismo ha fracasado estrepitosamente. Las periódicas crisis económicas han vuelto a poner de manifiesto la exactitud de los análisis de Marx sobre el funcionamiento del capitalismo, los comunistas no hemos desaparecido y la Revolución bolchevique sigue presente en la memoria histórica de la clase obrera.

La revolución socialista de 1917 abrió el camino para lograr la emancipación definitiva de la humanidad de las cadenas de la miseria, la explotación y la alienación. Esa senda sigue abierta y el trayecto está plagado de inmensas dificultades y sacrificios, pero siempre nos acompañará la luz de aquella revolución que durante décadas hizo realidad los sueños de millones de personas de vivir con dignidad.