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A. Bagauda

En otras ocasiones ya hemos dicho que el ciclo movilizador 2010-2014 no reportó nada sustancial a la mejora de las condiciones laborales y de vida de las clases trabajadoras, a pesar de las grandes manifestaciones, algunas gigantescas como la del 22-M en Madrid. Continúan las dos reformas laborales, las dos reformas de las pensiones (y nada bueno tiene la que están pergeñando con la aquiescencia de las cúpulas de CCOO y UGT), los procesos de privatización de los servicios públicos,… Es preciso señalarlo para, a continuación, extraer las lecciones oportunas y aplicarlas a la práctica política.

Primera, no basta la labor institucional para que los intereses populares tomen cuerpo legislativo y político y se avance en la solución de los problemas. Es una condición sine qua non que haya un pulso popular vivo en los barrios, en la calle, en los tajos, si queremos consolidar los logros y traer nuevas conquistas, es decir, que el pueblo ORGANIZADO haga POLÍTICA (con mayúsculas). La mera expresión “Pueblo organizado” tiene, per se, una gran carga política. Porque se organiza para algo, para hacer política en su propio interés y, por tanto, contra sus enemigos de clase. Podemos condujo todo aquel descontento popular al estrecho y estéril ámbito institucional, para que la política no la hiciera el pueblo, sino las “egregias personalidades”, los “líderes”, ellos.

 

Durante el confinamiento se puso de moda un lema: “solo el pueblo salva al pueblo”. Quizás era la expresión concentrada, más emotiva que política, de una realidad que, en unos duros momentos, los ciudadanos veían y sentían: la de los trabajadores de la sanidad que, sin apenas medios, atendían a los enfermos y salvaban sus vidas, aún a costa de su salud e, incluso, de la suya. Sin embargo ese lema es incorrecto pues faltaba aquel fundamento, la organización: “Solo el pueblo organizado salva al pueblo”. Si ese pueblo no está organizado y no tiene un norte, ese pueblo será débil. Obviamente no para manifestarse un día en la calle o hacer un ejercicio de solidaridad, etc., pero sí para desplegar todo su potencial y llevar a cabo un cambio profundo en el statu quo. La organización es la base, el cimiento, de un movimiento popular que sea lo suficientemente fuerte como para desafiar el orden oligárquico establecido. “Pueblo organizado” y consciente de su fuerza, de su papel, esta es la clave, lo que los revolucionarios debemos impulsar, y eso es a lo que temen esos señoritos de la “política”.

Segunda, a las continuas manifestaciones sectoriales, dispersas (acostumbradas últimamente más a pedir que a conquistar) y a la movilización (no confundir ésta con movimiento popular, cosas cualitativamente distintas) en general, hay que dotarlas de POLÍTICA, de un objetivo común, general, que aglutine y compacte; de una alternativa política radical, es decir, que vaya a la raíz del problema, a la causa del mismo. Todas las luchas que se dieron en aquel ciclo respondían a problemas que tienen una base estructural económico-política: la estructura de poder en España. Ese debe ser el blanco de la diana.

Tercera, y en íntima relación con la primera, hay que plantear, enfocar, preparar las movilizaciones no como un fin en sí mismas, como un hito puntual, sino como un medio para hacer avanzar la lucha de clases, para acumular fuerzas populares, para crear y luego desarrollar ese pulso vital; para ORGANIZAR a los sectores más avanzados de nuestro pueblo y construir un movimiento popular potente, transformador. Solo esta organización es garantía de dicho movimiento, de que la lucha adquiera fuerza y continuidad.

Estas tres lecciones son tres premisas básicas para que se configure un movimiento popular. Y siendo de sentido común, siguen siendo ignoradas por las organizaciones de la pequeña burguesía que, lamentablemente, son hegemónicas en el campo popular. Desde el nacimiento de Podemos (hasta la fecha) ha sido manifiesto su pertinaz empeño en quitar “política” y “organización” a las movilizaciones, a la pelea. También otros bajo su sayo ideológico, desde anarquistas hasta izquierdistas (“radicales” y reformistas se dan oportunistamente la mano). “Nada de banderas”, “nada de siglas”, decían obstinadamente. Es decir, nada de ideología, de política, nada de organización. Y, mientras, la política y la ideología la ponían otros, las fuerzas más oscuras de la sociedad, y así estamos.
Años después y a día de hoy, nos encontramos ante la práctica inexistencia de movimiento popular. También es cierto, la pandemia ha jugado un papel desmovilizador y desorganizador con sus confinamientos, restricciones y prohibiciones. Y esto cuando la situación política internacional y nacional está atravesada por la crisis de la Covid-19 y otra económica en ciernes, la pelea cada vez más agresiva entre las grandes potencias que destroza pueblos y un fascismo en auge que, en España, se siente fuerte e impune y está entronizado en las distintas instituciones del Estado (salvo en el Gobierno, fortaleza a conquistar), desde la judicatura hasta su aparato represivo, pasando por ayuntamientos, parlamentos autonómicos y Cortes. La urgencia de crear, con aquellas lecciones aprendidas y un inquebrantable espíritu constructivo, ese movimiento popular es harto evidente.

Mas, en este contexto explosivo y que sacará a la gente a las calles, los revisionistas, fieles a su naturaleza, siguen con las mismas monsergas que, por enésima vez, obvian POLÍTICA y ORGANIZACIÓN POPULAR, y que, en consonancia con el desprecio a éstas, introducen un peligroso elemento en su discurso: el del (de la) líder como mesías. A. Romero empieza el artículo “Yolanda Díaz y el orballo” (publico.es, 29/08/21) afirmando que “Yolanda Díaz es hoy la esperanza de un espacio muy amplio, (…). Un espacio más amplio del que hoy representa Unidas Podemos”. Y lo termina con “Eternamente Yolanda. (…). El orballo de Yolanda me ha calado. Recuperemos la esperanza, sí. Frenemos al fascismo y a la ultraderecha y construyamos (…)”. Yolanda, Yolanda, Yolanda,… Resulta que Yolanda es la esperanza (que ya no reside siquiera en un colectivo político -no digamos ya en una clase social, en un pueblo-, sino en una persona). Sin ella no la hay, estamos perdidos. Sin ella, al parecer, no podremos “frenar al fascismo y a la ultraderecha”, no podremos “construir”. Y esto cuando el señor Romero dice compartir con su correligionario F. Alcaraz que “no se puede <carmenizar> la unidad” y, por tanto, “Yolanda no va a recorrer ese camino”, pero, a lo que parece, sí se puede “yolandizar” no ya la unidad sino la emancipación de un pueblo.

Nosotros no estamos en contra de los líderes, al contrario, pero sí cuando suplantan la organización, el funcionamiento y la vida democrática y colectiva y, sobre todo, cuando se los presenta a guisa religiosa como un nuevo mesías que ha venido para salvarnos. Lo hemos dicho arriba: “solo el pueblo organizado salva al pueblo”. Ese discurso y, en concreto, ese elemento discursivo va directamente contra la línea de flotación del principio básico de “organización y participación del pueblo en política”, es decir, contra el movimiento popular y, por ende, contra su emancipación. Lejos de la “esperanza” estamos ante las puertas de nuevas frustraciones y desilusiones, ante nuevas cadenas que siguen atándonos a aquellos contra los que se dice combatir.

El camino: la lucha política del pueblo, organizado para llevarla a término. El papel de los comunistas y las organizaciones revolucionarias es ayudar a construir ese camino. Y, como todo, tiene sus tiempos y sus ritmos. Toca estar con las gentes de nuestra clase, con sus inquietudes vitales y problemas concretos, prestarles apoyo y colaboración, facilitar su resolución, pero sin suplantarlas porque ellas tienen que participar activamente en la solución de sus propios problemas. Debemos ayudarles a entender que ellos, su lucha mancomunada, son la llave que abre el candado de sus cadenas; a ver que deben agruparse, asociarse, con ese fin; a convertir en realidad, en sintonía con la elevación de su conciencia de clase, el lema “solo el pueblo organizado salva al pueblo”. Y, ligado con todo ello, cuidarnos de no caer en el mal endémico del caritativo y cristiano ONGismo, que les castra y convierte en meros receptores pasivos y no en luchadores activos por sus intereses y forjadores de sus propios destinos, y que, unido a esto, limita toda proyección política de la lucha. A esta idea y a este camino es a lo que obedece la propuesta de nuestro partido de creación de comités o asambleas populares o republicanas, como herramienta para ello.