J. Romero

Las elecciones en Cataluña del pasado 14 de febrero han puesto en evidencia la nueva situación en el campo de la burguesía: El PSC ganó en votos, pero no puede formar gobierno porque no tiene mayoría de escaños; las fuerzas nacionalistas tienen mayoría de escaños y pueden formar gobierno pero cada día están más lejos de llevar a la práctica su principal objetivo político: el ejercicio del derecho a la autodeterminación en el Estado borbónico; Ciudadanos, la primera fuerza en votos las pasadas elecciones ha caído en picado hasta perder 30 de los 36 escaños que tenía; el PP quedó como última fuerza en el Parlamento catalán con solo tres escaños, y, por último, la representación de la derecha la recoge Vox, una fuerza reaccionaria y filofascista.

El resultado de las esas elecciones sin duda ha alarmado a las fuerzas burguesas que hasta ahora se han turnado en la gobernanza del país y cierran filas a pesar de sus diferencias llamando a defender la institucionalidad del Estado monárquico, al tiempo que intentan establecer nuevas alianzas entre ellas.

El hundimiento de Ciudadanos, que hasta el momento ha dado cobertura al PP en diversos gobiernos autonómicos, junto a una fuerza de corte fascista como Vox, que ha pasado a ser la referencia dentro de la derecha reaccionaria, y la debilidad del propio PP, puesta de manifiesto en Cataluña, han desatado un aluvión de cambios, que se suceden de culebrón en culebrón y al final pueden terminar por no cambiar nada, al menos de momento.

En Murcia, Ciudadanos y PSOE acordaban presentar una moción de censura provocando la reacción del PP madrileño que comunicaba la dimisión de Ayuso y la convocatoria de nuevas elecciones para el 4 de Mayo, en tanto, el PSOE (cuyo representante en el Parlamento de Madrid, Gabilondo, ha batido todos los records de político contemplativo) y Más Madrid presentaban al tiempo una Moción de Censura, que obliga a que sean los tribunales los que diriman cuál de las dos propuestas es finalmente válida (1).

Todo, salta a su vez por los aires al día siguiente, cuando el Presidente (o expresidente, según se mire) de Murcia anuncia el apoyo de tres diputados autonómicos de Ciudadanos a su permanencia (lo que impediría que prosperase la moción de censura presentada por su propio partido junto al PSOE)…En definitiva, un auténtico carnaval de cuaresma que recuerda al esperpento de 2003 que pasó a la historia con el nombre de tamayazo, en el que dos tránsfugas del PSOE dieron la presidencia de la Comunidad de Madrid a Esperanza Aguirre inaugurando un nefasto periodo para la vida de los madrileños.

Hasta aquí la farsa habitual en la política de la España monárquica en la que los distintos personajes de la trama venden su apoyo, siempre por el bien de la patria, y corren presto a poner la mano.

Pero es solo un sainete que entretiene a periodistas y contertulios, porque tras él, se prepara de nuevo el drama de un país en el que unos pretende cambiar las cosas con declaraciones y firma de manifiestos (ya saben, aquello que dijera su maestro Monedero: “… es tiempo más de poetas y músicos que de ideólogos. De emociones que desvistan la razón”); en tanto otros, los que de verdad controlan la tramoya del Estado, se preparan y afilan sus armas para el combate.

Que el campo de la burguesía se mueva a tanta velocidad, es reflejo de los cambios que están teniendo lugar en las preferencias de la oligarquía española que necesita cada vez menos adornos democráticos y se escora rápidamente en apoyo de fuerzas dispuestas a garantizar la explotación descarnada de la mayoría trabajadora en tiempo de crisis. De momento quien de verdad dirige la farsa, duda entre mantener las instituciones que le han permitido controlar el Estado, o atizar el fascismo sin caretas.

Vienen tiempos en los que cada día puede valer por años. La crisis no cesa, por el contrario se profundiza día a día, en todo el mundo, pero más en estas tierras en las que hace cuarenta y tres años se cerró en falso el paso a una democracia real, pactando con los franquistas con careta. La realidad que vive la clase trabajadora es verdaderamente dramática: paro, precariedad, represión…Que nadie espere que esta situación vaya a mejorar en los próximos meses; por el contrario, todo apunta a que en un país con cuatro millones de parados y un 42% de sus jóvenes sin trabajo, el drama de millones de trabajadores va a más.

Y, mientras la burguesía busca unificar sus organizaciones, establece nuevas alianzas y se prepara para el combate, en el campo popular, sin embargo, se mantiene la dispersión de objetivos y domina la confusión a la hora de trazar las prioridades de acción para combatir el fascismo rampante; todo son movilizaciones separadas, en los objetivos y físicamente; se confunden los objetivos y las reivindicaciones ocultando las causas últimas detrás de cada lucha; la división y la desorganización son la norma.

De cómo acabe este sainete entre las fuerzas de su majestad no va a depender ninguna mejora para las clases trabajadoras. Por eso la conclusión que sacamos los comunistas es que frente al fascismo que acecha debemos unir nuestro esfuerzo por un cambio de rumbo; frente a la confusión que provoca la burguesía debemos organizarnos para acabar con la farsa.

Y es que, como dijera el gran José Bergamín, no se sabe si “hay confusión porque reina el Borbón o reina el Borbón porque hay confusión”

(1) Al tiempo de terminar este artículo se conocía la decisión del Tribunal de Justicia de Madrid, dando por válida la convocatoria de elecciones decidida por Ayuso. ¿Quién se extrañaría de semejante decisión sabiendo que un tercio de sus miembros son elegidos por el Consejo General del Poder Judicial; sí, ese cuya composición se ha venido pactando entre PSOE y PP y cuya renovación lleva estancada más de dos años, a propuesta de la Asamblea de Madrid?