Por Agustín Bagauda | Octubre nº 80

La crisis económica, de superproducción, que estamos viviendo, como proceso inevitable del capitalismo, está llevando a un empeoramiento de la situación de la clase obrera y de las masas trabajadoras. El paro afecta a 5,46 millones de trabajadores (23,7 %, EPA IVT 2014). Y los que están en activo ven deteriorarse no sólo las condiciones laborales, sino las condiciones de vida.

Uno de los logros de la burguesía, en gran parte debido a la debilidad sindical y, en general, a la del conjunto de las organizaciones de clase, ha sido la de imponer las reformas laborales, que son un ataque en toda regla al proletariado y a sus organizaciones sindicales.

Especialmente al ir contra su línea de flotación: la negociación colectiva. La burguesía busca anular o limitar la negociación colectiva y que ésta se convierta en individual; que la negociación sea empresario-trabajador y no empresario-sindicato/comité de empresa. El objetivo es claro: dividir a los trabajadores, debilitar su fuerza como colectivo, como clase, romper su unidad, para imponerles las condiciones laborales que más le convenga y reducir su salario. Esto, además, se ve facilitado por un desempleo masivo donde el “ejército de reserva” tira hacia abajo de los salarios. A añadir, respecto a dichas reformas, el aumento de las prerrogativas que obtiene la patronal, con menoscabo del asalariado, la eliminación de la ultractividad de los convenios (antes daban cobertura a 10 millones de trabajadores; ahora, a poco más de 4 millones), y la prioridad de los convenios de empresa sobre los sectoriales, y el aumento de la precariedad laboral. Buscan reducir costes laborales, sobre todo en lo tocante, como hemos dicho, al capital variable, para acrecentar sus beneficios[1]. Aumenta así el grado de explotación de la clase obrera.

Los altos niveles de paro, y dentro de éste del paro de larga duración (un año o más en desempleo), la merma generalizada que están sufriendo los salarios[2], la precariedad laboral (cada vez mayor y que se ceba sobre todo en los trabajadores jóvenes), y la disminución de la protección social y, en concreto, de las prestaciones por desempleo, están llevando a cientos de miles, millones, de familias trabajadoras a una situación de pobreza y de exclusión social.

Tenemos alrededor de 5,5 millones de parados, de los cuales, en el año 2014, el 42 % (2,4 millones) llevaban dos o más años sin trabajar (el 10,7% en el 2008), y el 62 % (3,5 millones) llevaban uno o más años. Se han destruido 3,3 millones de empleos netos entre 2008 y 2014. Por otro lado, los hogares que tienen a todos sus miembros activos en paro son 1.766.300 (EPA IV T 2014).

De ese número de parados, 3,8 millones no reciben prestaciones por desempleo, situándose en el 31,6 %, en 2014, la tasa de protección al desempleo (34,5 % en el 2013). El incremento del número de personas que no reciben ingresos relacionados con el trabajo ni otro tipo de rentas hace que el número de hogares sin ningún tipo de ingreso ascienda a 740.000 (4% del total de hogares) (II T 14).

Respecto a los salarios, los empresarios han aprovechado las reformas laborales y otras medidas legales para rebajarlos hasta el 8%, de media, desde 2010 hasta la fecha. En el año 2012, según el Barómetro Social de España, el 33% de la población asalariada cobra un salario inferior o igual al SMI (5,6 millones de personas), dos puntos porcentuales más que en 2010. Además, los trabajadores consalarios más altos (10 veces o más el SMI) han pasado de 156.000, en 2010, a 132.600, en 2012.

En cuanto a la precariedad, hay una clara relación entre la temporalidad en el trabajo y la pobreza, y España tiene la segunda tasa de temporalidad (24 %, II T 14) más elevada de la UE (cuya media es diez puntos porcentuales menor).

Todos estos factores han llevado a un empobrecimiento masivo y creciente de la clase obrera y resto de clases trabajadores. La tasa de trabajadores en situación de pobreza era, en 2013, del 12,3% (en 2009, del 11,7%), algo más de 3 puntos que en la UE. España es el tercer país con una pobreza más alta entre los trabajadores, únicamente superado por Rumanía (19,1%) y Grecia (15,1%).

Esta tónica de la clases trabajadoras ha tenido su correlato con el resto de clases y sectores populares, de modo que se ha producido un crecimiento constante de la población que sufre pobreza y exclusión social pasando del 24,7 %, en el año 2009, hasta el 27,3%, en el año 2013 (La mayoría de los datos son del Informe 2014 de la Fundación 1º de Mayo-CCOO, Octubre 2014).

Esta situación de los trabajadores se ha trasladado a sus hijos. Según Unicef (Informe “Los niños de la recesión: el impacto de la crisis económica en el bienestar infantil en los países ricos”, octubre 2014) la tasa de pobreza infantil en España pasó del 28,2 % al 36,3 %, entre 2008 y 2012 (somos el segundo país de la UE con una tasa mayor), que está llevando a miles de niños a la desnutrición.

Esta realidad está muy lejos de ser la que pintaba el señor Rajoy en el debate del Estado de la Nación: “España ha salido de la pesadilla,…, goza de prestigio, vuelve a ser atractiva para los inversores,… y ve cómo crecen el consumo y la inversión”. Esa que pinta es la de la burguesía, de sus amos, hecha por y para ellos; es el país de los que ganan 3.000 millones de euros (Telefónica) el pasado año, la “patria” de los que tienen cuentas en Suiza, de los defraudadores y corruptos. A esos les va muy bien. La patria de los parias (que no la tienen) es bien distinta. Sigue siendo una “pesadilla”. De esa no habla. Porque no son los suyos y quedaría mal. Pero mal que le pese, ahí está.


[1] Beneficios, por otro lado, que en general no son reinvertidos en capital fijo, lo que da un carácter especialmente reaccionario a la burguesía española, que aumenta sus ganancias, sobre todo, a base de una mayor explotación, de reducir costes salariales, que han tenido “una bajada del 18 % en España frente al 3% de rebaja en Europa” (CCOO).

[2] Aquí las mujeres se llevan la peor parte, por la brecha salarial, que ha aumentado desde el inicio de la crisis: ganan al año un 31 % menos que los hombres por igual trabajo. Tienen que trabajar 67 días más al año para ganar el mismo salario/hora que un hombre. Por otro lado, como dice CCOO, “la menor renta salarial de las mujeres también lleva asociada, de cara al futuro, una mayor desprotección social, ya que al cotizar menos perciben menores prestaciones por desempleo y jubilación”.