Por Carlos Hermida | Octubre nº 80

Al igual que los encantadores de serpientes de la India, que con su flauta hipnotizan a las cobras y las hacen salir de un cesto de mimbre, en el solar hispano han irrumpido un grupo de individuos que se dedican a un oficio parecido, pero en lugar de hipnotizar peligrosos reptiles se dedican a hacerlo con las personas. Son los dirigentes de Podemos, no llevan turbantes ni túnicas, pero visten ropa informal y el sumo pontífice de la secta luce una vistosa coleta que le da una apariencia progre y antisistema.

Los podemitas viajan por la geografía española ofreciendo un espectáculo que encandila a las muchedumbres. No utilizan la flauta, sino un lenguaje parecido al empleado por los buhoneros y charlatanes de feria que ofrecían un ungüento multiusos capaz de eliminar el lumbago, curar la gripe o hacer crecer el pelo. Su mágica receta pretende sacarnos de la crisis contentando a todos: a la Iglesia, al Ejército, a los banqueros y a los trabajadores. Nada de clases, lucha de clases ni socialismo. Eso son formulas obsoletas, propias de individuos desfasados que no se han incorporado a la posmodernidad. Ya no hay burguesía ni clase obrera, todos somos gente, unos de arriba y otros de abajo (estimado lector, está usted equivocado: su enemigo no es el empresario que le paga un sueldo de miseria por un contrato precario, sino el vecino del quinto, que vive cuatros pisos más arriba, mientras usted vive abajo, en el primero). Somos prisioneros de una pérfida casta y para librarnos de ella necesitamos transversalidad y empoderamiento, nada de partidos ni organizaciones, que son artilugios anticuados que traban la espontaneidad de la gente.

Y si un Círculo de Podemos alguien plantea la necesidad de romper con la Constitución de 1978 y luchar por la República, recibirá una dura reprimenda o será acusado de casta provocadora. Para los nuevos encantadores de serpientes, la forma de Estado no es importante. Monarquía o República son cuestiones menores, mero accidentalismo, como afirmaba Gil Robles en los años de la II República. Tampoco existe la derecha y la izquierda, todo ha desaparecido en un magma nebuloso donde solo hay mala gente y buena gente.

Los dirigentes de Podemos son sociólogos, economistas y politólogos que se han sacudido el ligerísimo barniz marxista con el que disfrazaban su indigencia ideológica para mostrarnos su verdadero rostro de demagogia populista. Lo verdaderamente grave es la ilusión que crean, la esperanza que levantan. Millones de hombres y mujeres, hastiados de la corrupción y golpeados duramente por la crisis económica y los salvajes recortes sociales, apuestan por Podemos por la sencilla razón de que no hay una alternativa de izquierdas sólida y creíble. Pablo Iglesias y sus acólitos han venido a llenar el vacío dejado por una izquierda incapaz de presentar una alternativa política a la crisis, que no tiene altura de miras ni capacidad de asumir su responsabilidad histórica en unos momentos cruciales para nuestro país.

El tiempo se va agotando y las citas electorales están cada vez más cerca. Nosotros, militantes del PCE (m-l), tenemos que seguir trabajando por la formación de un Frente Popular que haga realidad la ruptura republicana. Y cuando hablamos de Frente Popular no nos referimos a una descafeinada unidad popular en forma de agrupaciones de lectores, sino a algo bien distinto. Hablamos de una alianza de fuerzas políticas con un programa claro, con una línea política definida capaz de encauzar políticamente la indignación de las masas en dirección a la ruptura con el régimen. Llamar a una vaga unidad popular con fines puramente electorales es engañar a esa gente a la que se dice defender.

Es indudable que la mayoría de los seguidores de Podemos son personas honestas, que buscan una alternativa de izquierdas y piensan que la han encontrado en una formación política que se mueve bien en las redes sociales y en los medios de comunicación. Pero este país necesita algo más que rostros jóvenes y algunas palabras dichas con sentido común. Estamos sumidos en una profunda crisis sistémica que afecta al conjunto de las instituciones del Estado y que únicamente tiene dos salidas: o bien se impone la oligarquía e implanta un modelo socio-económico basado en el desmantelamiento de los servicios públicos y con formas fascistas de dominación política, aun manteniendo una fachada parlamentaria, o se articula un nuevo bloque histórico que imponga la República Popular y Federal y acometa transformaciones estructurales en todos los ámbitos.

Sugestionar a las masas con todo tipo de promesas y mágicas soluciones ya se ha experimentado en el pasado y, como todos sabemos, con trágicas consecuencias. Necesitamos algo más que trileros y encantadores de serpientes.