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Por Raúl Marco

Con motivo de la guerra en Ucrania, en la que Putin apoya activamente la insurrección, so pretexto de defender a la población rusa del país contra el gobierno reaccionario impuesto mediante un golpe de estado, en el que participó decisivamente una organización nazi[1] (organización que durante la II G M participó junto a los tropas de Hitler contra el Ejército Rojo de la URSS), y contra las maniobras de la UE de la señora Merkel,  el gobierno de los EEUU, por boca de su presidente Obama, fanfarroneó diciendo que no se permitiría que Putin trazase o borrase fronteras a golpe de lápiz. Estas afirmaciones, en boca de cualquier gobierno imperialista, y más aún en la de los EEUU, suenan a sorna, a un cinismo impúdico, a obscenidad descarada.

Lo cual no justifica las aspiraciones a gran potencia imperialista de Putin y su equipo.

Sobre esta cuestión de hacer y deshacer fronteras, en 1999 escribí un artículo[2] del que citaré algunos párrafos que, paréceme, no chocan con la actualidad:

«Según la concepción yanqui del mundo, éste sería perfecto bajo un nuevo orden constituido por pequeños estados, separados étnicamente, racialmente, pequeños estados nacionalistas, con sus contradicciones y enfrentamientos entre sí, y donde los EEUU impondrían su orden y dominarían sin cortapisas. Lógicamente, los EEUU encuentran resistencias, incluso entre sus aliados, pero no por ello desisten de llegar a implantar ese mundo en el que no sólo NO desaparecerán las fronteras, sino que éstas se multiplicarán o no según le pete al imperialismo...»

Veamos algunos casos que ilustran lo anterior. Por ejemplo la ex Yugoslavia, donde el imperialismo estadounidense, con la participación activa de Alemania y la solapada, como casi siempre, del Vaticano, trocearon ese país que, cierto es, estaba compuesto por comunidades de diferentes etnias, distintas religiones, pero que durante casi medio siglo habían convivido armoniosamente, a excepción de Kosovo, principalmente de mayoría albanesa, y también en Macedonia y Montenegro, donde las revueltas por la autodeterminación eran sofocadas por la represión.

La decisiva intervención imperialista desmembró Yugoslavia, y se constituyeron otros estados como Croacia, Bosnia, Eslovenia y, últimamente, el protectorado (pues no otra cosa es) de Kosovo, con una «independencia» de la etnia albanesa que la festejó en las calles agitando banderitas con las barras y estrellas…

«So pretexto de defender a la minoría albanokosovar, bombardearon sañudamente Serbia y Kosovo (…) machacaron un país soberano y han impuesto su imperial voluntad y creado una nueva frontera. Así, las fronteras se borra o crean, se respetan o se cruzan, según les plazca, según convenga a sus intereses.» (Ibídem).

No tan dramática como lo sucedido en Yugoslavia fue la división de Checoslovaquia en dos repúblicas, la checa y la eslovaca. Se trata también de un trazado de nuevas fronteras propiciado por las potencias imperialistas como medida preventiva frente a un posible “renacer” del imperio ruso.

El pretexto lanzado por EEUU, Gran Bretaña y otros, entre los que estaba España (con Aznar y el Borbón), para atacar a Irak, destrozar ese país y retrotraerlo al Medioevo, fue la enorme falacia de las «armas de destrucción masiva» que guardaba Saddam Hussein. Tuvieron que reconocer que esas denuncias eran falsas, tanto el presidente yanqui, como el británico Blair y otros, menos nuestro gran hombrecito Aznar, su servidor Rajoy y adláteres, que nunca han rectificado sus grotescas declaraciones sobre las pruebas que tenían. La verdadera razón de la agresión contra Irak era impedir que Saddam Hussein recuperase Kuwait, estado creado por el colonialismo británico en la I Guerra Mundial aprovechando el desmoronamiento del imperio Otomano. Kuwait nunca fue un estado independiente, siempre a lo largo de los siglos estuvo integrado en lo que ahora es (casi podríamos decir que era) Irak. Pero, claro, allí se encontraron riquísimos yacimientos de petróleo…Fue entonces cuando esa fabricada frontera se convirtió en intocable, las grandes potencias «intervienen (militarmente si es preciso) en todas partes con el mayor cinismo y se presentan como los defensores de los derechos de los pueblos, árbitros de la libertad, etc., etc. Tratan de que esas fronteras sean intocables, sagradas… para los demás, no así para ellos, que las quieren abiertas, sin trabas ni barreras.» (Ibídem).

Es decir, ni trabas ni barreras para sus negocios; por ejemplo, «los EEUU se arrogan el derecho de imponer a los países de la Unión Europea el consumo de sus carnes (de los EEUU) tratadas con hormonas, en contra de la legislación adoptada por la UE. Dicen que tal legislación es un atentado contra la libertad de comercio (…) Pero al mismo tiempo prohíben la importación de pollos belgas por estar tratados con dioxinas.» Pesos y medidas diferentes según los intereses de las potencias dominantes.

Intereses que producen contradicciones entre las potencias, contradicciones que se agudizan, se exacerban y se ponen de manifiesto en África, en el Próximo y Medio Oriente, en Europa, América Latina… De momento esas contradicciones no se manifiestan con choques abiertos entre las potencias, pero sí por países interpuestos.

Esas contradicciones conllevan la búsqueda de aliados, de pactos, de acuerdos entre potencias, subpotencias y vasallos. El Próximo Oriente es actualmente teatro de sorprendentes cambios de alianzas. Irán e Irak se enfrentaron en una guerra que duró ocho años. Irak, entonces gobernado por Saddam Hussein, estuvo apoyado abiertamente por los EEUU en su lucha contra el Irán que había derrocado al Shah y enfrentado a los intentos de control del país por los EEUU.

Irán ha sido atacado de todas formas por las potencias imperialistas, y vive bajo la amenaza de un ataque por parte de Israel, que ve a ese país como un peligroso enemigo por su fuerza militar y su influencia en ciertos países árabes, particularmente la fuerza libanesa pro palestina Hezbolá. La campaña contra Irán, por sus trabajos para desarrollar su industria atómica, ha sido permanente, orquestada desde Washington y auspiciada por la ONU. Ahora las cosas están cambiando y los enemigos de ayer miran para otro lado. ¿Qué está en la base de esa actitud de Obama y adláteres? ¿A qué se debe el baile de las alianzas?

A la existencia del llamado Estado Islámico, EI o Daesh (acrónimo en árabe de Estado Islámico), cuya actividad es una real amenaza de esos fanáticos para los gobiernos de la zona. Paradójicamente, el EI es el resultado de las brutales intervenciones imperialistas en Irak, Líbano, Afganistán… No se olvide que Bin Laden, asesinado por un comando yanqui, fue la criatura de la CIA contra la entonces URSS y su presencia en Afganistán. La historia se repite y esos yihadistas, utilizados y animados por los EEUU, se han vuelto contra ellos. Su bestialidad y fanatismo cavernícola, cuesta trabajo comprenderlo, atrae a miles de simpatizantes, no sólo de los países árabes, sino también de Europa: de Francia, Gran Bretaña, España…

Irán apoya la ofensiva militar contra el EI (Daesh) en Irak, los EEUU permanecen al margen (¿?). Un artículo de El País, enviado desde Dubai, cita a un alto funcionario iraquí, el cual confirma: «Ha habido un acuerdo tácito con los iraquíes de que, en las zonas donde están presentes los asesores iraníes, no lo estarán ni los EEUU ni la coalición, y tal ha sido el caso en las provincias de Babilonia, Diyala y Saladino.»[3] . Tropas de élite iraníes intervienen en Irak y, por ejemplo, tomaron hace unos días la ciudad estratégica de Tikrit, tan sólo a 180 km de Bagdad. Son fuerzas de unos 30.000 hombres que, además, cuentan con el apoyo de la Fuerza Qods para intervenciones exteriores de la Guardia Revolucionaria iraní, los pasdarán. Esa fuerza está al mando del general Qasem Soleimani, que hace unos pocos años dirigió una mortífera campaña contra los Estados Unidos (ibídem).

La "pasividad" de los EEUU (amén de múltiples contradicciones manifiestas del gobierno estadounidense) ante la intervención iraní en Irak contra el Estado Islámico, o Daesh, ha provocado una airada reacción del nazisionista Netanyahu y de Arabia Saudí, que no se contentan con la afirmación de Washington de que los EEUU van a seguir «intentando limitar la influencia del otro [léase Irán] en Irak y el resto del Oriente Próximo».

Son las incoherencias de los EEUU, sus contradicciones sobre la estrategia a seguir, particularmente en Irak pero también en Siria, lo que hace que Obama esté en la cuerda floja y sometido a todo tipo de presiones. Lo expone claramente Ian Bremmer, presidente del Eurasia Group y profesor en la New York University:

«El Gobierno de Obama se encuentra en una encrucijada. Si su mensaje fundamental es que los aliados deben asumir más responsabilidades (que era su intención cuando comenzaron los bombardeos), tiene que dejar muy claro que la actuación estadounidense va estar sujeta a estrictas limitaciones. Si lo que quiere transmitir es que Estados Unidos va a encabezar una campaña agresiva y acelerada contra Daesh, entonces debe decir que están abiertas todas las opciones. Entre ellas, recurrir más a determinados enemigos que comparten la causa común de la lucha contra el Estado Islámico, aunque dichos enemigos sean odiados por los socios suníes.»

Lo anterior queda corroborado por la situación actual de Siria, donde los ataques contra el régimen de Bachar el Asad, la guerra fomentada y financiada por los EEUU, Gran Bretaña, Francia, etc. no ha logrado derrotar al gobierno, gobierno que respondió con un ejército bien preparado que ha derrotado todas las ofensivas para derribar a El Asad, y que llevó a cabo una tremenda represión (se habla de más de 200.000 muertos y dos millones de refugiados). Cierto que El Asad ha contado con el apoyo declarado de Rusia, Irán y Hezbolá, frente a la ofensiva islamista, que contaba con el apoyo de potencias imperialistas: no abierto, pues tuvieron mucho cuidado en no intervenir sobre el terreno ante el temor más que justificado de grandes pérdidas humanas. Mas la aparición de Daesh, que representa un peligro para la ya tambaleante estabilidad de la zona, si logra derrotar al ejército sirio,

«tendría consecuencias geopolíticas incalculables. Frente a este peligro, se asiste a un vuelco de alianzas internacionales sorprendente, ya que enemigos tan enconados como Irán y Arabia Saudí e incluso Egipto se vuelven objetivamente aliados en la lucha contra Daesh. De ahí que desde EEUU hasta Europa, se observa en todas partes una toma de conciencia de esta nueva realidad, fundada en una constatación sencilla: El Asad puede ayudar a erradicar Daesh, si no la organización terrorista seguirá devastando Oriente Próximo» (Sami Naïr).

La cuestión es compleja, muy compleja, pero comprensible dada la actitud sempiterna de los EEUU. El general Wesley Clark, antiguo dirigente del Mando Europeo de EEUU, y posteriormente comandante supremo de los aliados en Europa (SACEUR), que tuvo bajo su mando a las fuerzas de la OTAN desde 1997 a 2001, es decir, un personaje sabedor de los tejemanejes militares de su gobierno, declaró en una entrevista a la cadena estadounidense CNN : «la organización terrorista del Estado Islámico fue creada gracias a la financiación de nuestros amigos y aliados [...] con el fin de luchar hasta la muerte con Hezbolá».

Esas declaraciones confirman las acusaciones iraníes, iraquíes y sirias. Para mayor comprensión de este embrollo, hay que tener en cuenta que el mismo Clark afirmó que la creación de Daesh tenía como objetivo proteger a Israel contra Hezbolá. No fue un error, ni una equivocación, la gran cantidad de armas y municiones lanzadas por aviones estadounidenses a Daesh cuando se enfrentaba contra el ejército iraquí. Todas estas maniobras y enjuagues explican que enemigos acérrimos se unan ahora contra Daesh y apoyen a Bachar el Asad en Siria, cuando anteriormente trataron de acabar con él, de eliminarlo físicamente, como habían hecho con Hussein y Gaddafi. Y de repente, por el juego de las alianzas, impensables días atrás, se unen suníes y chiitas...

Acabo de escribir estas líneas el 14 de marzo. Cuando nuestra revista Unidad y Lucha vea la luz, ¿qué habrá sucedido, dada la versatilidad de los mandamases de Washington y de sus aliados circunstanciales, particularmente en Oriente Próximo? En cualquier caso, en todos los casos, no olvidemos lo que el siniestro Brezinski, consejero de Seguridad Nacional de los Estados Unidos con Carter, afirmaba en su libro El Gran Tablero:

«Para los EEUU, el botín geopolítico más importante es Eurasia (...) que concentra la mayor parte de la riqueza del mundo (...) La capacidad de los EEUU para ejercer una supremacía mundial efectiva depende de la manera en que se aborde el complejo equilibrio de fuerzas en Eurasia; la prioridad ha de ser la de mantener bajo control el ascenso de otras potencias regionales para impedir que amenacen la supremacía mundial de los EEUU. Empleando la terminología más brutal de la época de los antiguos imperios, las exigencias fundamentales de la geoestrategia imperial son tres: impedir alianzas subterráneas y conservar entre los vasallos su dependencia en términos de seguridad; garantizar la protección y la sumisión de los tributarios e impedir a los bárbaros estrechar alianzas entre sí» (subrayado por mí).

Se puede decir más alto, pero no más claro: EEUU son el imperio (ahora con dificultades y contradicciones con otras potencias imperialistas), y los gobiernos que no se someten son bárbaros a los que hay que mantener bajo el dominio del imperio.

Esta digamos filosofía política es la que tratan de aplicar en Europa (Ucrania, por ejemplo), en Oriente Próximo y en Medio Oriente. Sucede que eso ahora crea contradicciones inevitables; que crece la oposición entre unas y otras potencias; que cual Penélope yanquizada, tejen y destejen alianzas. Pero Odiseo ya no es la esperanza: sólo el pueblo, algún día, dispondrá del arco que guardaba Telémaco.

Estamos en el siglo XXI y los pueblos, pese a sus indignos gobernantes y otros salvadores patrióticos, se alzan, luchan contra los Estados, que siguen y aplican las medidas que dictan esos poderes financieros sin nombre, lo cual no invalida, todo lo contrario, la tajante afirmación de Lenin: «saquean el mundo, luchan entre sí y se arman el uno contra el otro.» Y ello, claro está, en nombre de la libertad, de la democracia, de los derechos humanos, bonitas palabras que ellos pisotean, violan y destruyen.

Claro que, desde que Lenin escribió El imperialismo, fase superior del capitalismo, han pasado años en los que se han dado enormes avances científicos que no podía prever, como por ejemplo la informática. Pero si nos limitáramos a ver los cambios cuantitativos sin ver su desarrollo cualitativo, y viceversa, erraríamos en nuestros análisis. Los cambios y saltos, los descubrimientos y progresos científicos, no modifican la naturaleza del imperialismo.

 

Publicado en Unidad y Lucha, nº 30.


[1] «En la década de 1990, mientras las ex repúblicas soviéticas, Europa del Este y los Balcanes se convertían en puestos militares de la OTAN, los herederos de un movimiento nazi en Ucrania vieron llegada su oportunidad. Responsable de la muerte de miles de judíos polacos y rusos durante la invasión nazi de la Unión Soviética, el fascismo ucraniano fue rehabilitado y su “nueva ola” aclamada por el responsable como “nacionalistas”». En 2014, el gobierno de Obama empleó 5.000 millones de dólares en el golpe de Estado contra el gobierno legítimamente elegido de Ucrania. Las tropas de choque eran neonazis del conocido movimiento Svoboda, el cual ha pedido purgar a «la mafia judía de Moscú» y «otra escoria» como los gays, las feministas… (J.Pilger, «Por qué el ascenso del fascismo es de nuevo el tema». Traducido para El Correo, 13 de marzo de 2015).

[2] «La globalización, los Estados nacionales y las fronteras. El desarrollo desigual».

[3]El País, 7 de marzo de 2015.