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C. Hermida

El 5 de marzo de 1953 murió Iosif Visariónovich Dzhugashvili, conocido mundialmente con el sobrenombre de Stalin. Su persona y su gestión política, desde sus inicios en el Partido Bolchevique hasta su fallecimiento, han merecido los peores calificativos. No ha quedado ni una sola parcela de su gobierno que no haya sido juzgada con los términos más duros y la más absoluta de las descalificaciones. Desde la extrema derecha hasta el anarquismo, pasando por socialistas, trotskistas y liberales, difícilmente se encontrará un personaje histórico que concite el odio de sectores políticos tan diversos, unidos todos ellos en identificar a Hitler y Stalin bajo la etiqueta del totalitarismo, absurdo concepto teórico que sirve para amalgamar el fascismo y el comunismo y condenar al unísono dos sistemas políticos, económicos y sociales absolutamente antagónicos.

Los elogios desmedidos de los que fue objeto en su momento tampoco han ayudado demasiado a valorarlo en su justa medida .Afortunadamente, la apertura parcial de los archivos soviéticos a partir de 1991 y la aparición de nueva bibliografía nos permiten a estas alturas tener una visión mucho más objetiva del personaje.

Stalin ha sido uno de los grandes estadistas del siglo XX y como dirigente comunista se encuentra a la altura de Lenin. Sin negar los errores, su política de planificación económica y colectivización agraria convirtió a la URSS en diez años en la segunda potencia industrial del mundo, erradicó el analfabetismo, y puso la base técnica y científica que permitió a la Unión Soviética vencer a la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial. La victoria sobre Hitler, con el inmenso sacrificio de 27 millones de ciudadanos soviéticos muertos en la contienda, salvó al género humano de la barbarie fascista. Eso es una realidad y, sin duda, muy brillante.


Hoy se emplea habitualmente el término estalinista como un insulto, pero conviene no olvidar que esos estalinistas tan denostados se enfrentaron al fascismo en los años treinta, defendieron Madrid ante las tropas de Franco, lucharon en la resistencia contra la ocupación nazi, vencieron en Stalingrado y llegaron a Berlín en 1945. Lo que la burguesía no perdona a Stalin es haber elevado a la URSS al rango de potencia mundial y haber demostrado que el socialismo no es una utopía. Los comunistas nos sentimos orgullosos de esos hechos.
No entendemos a aquellos que se pretenden comunistas y repudian a Stalin. El antiestalinismo es sencillamente una forma de anticomunismo, por más que se disfrace con ropajes “progres” y pretenda distinguir entre comunistas puros, pero ingenuamente idealistas, como Trotsky, y el malvado Stalin. Ese planteamiento carece de cualquier base científica, no tiene nada que ver con la objetividad histórica y constituye una caricatura lamentable del desarrollo de la revolución soviética. Los que interpretan la historia en clave de buenos y malos, como si se tratase de una película, son sencillamente ignorantes, pero en el caso que nos ocupa se trata de algo diferente. Quienes se dedican a calumniar a Stalin de forma sistemática son profesionales de la mentira, individuos miserables sin moral ni ética, que a cambio de propalar falsedades reciben cargos y elevados salarios. Y esto vale para catedráticos de Universidad, periodistas, tertulianos y toda una fauna de currinches que comen en el pesebre de la burguesía. No es una casualidad que los abanderados del antiestalinismo hayan terminado en su inmensa mayoría en las filas de la derecha más rancia y reaccionaria.
En el sexagésimo noveno aniversario de su muerte, nosotros asumimos, con sus luces y sus sombras, la obra de Stalin y su legado como parte fundamental de la historia del comunismo y del movimiento obrero mundial, y defendemos públicamente su inmensa talla de estadista y revolucionario.