Lola Val

Mi recuerdo de Carlos Álvarez es indisociable al de su amigo Raúl.

Los recuerdo ilusionados, cuando, después de haber pasado la noche en casa, con los preparativos de una semana de vacaciones en Sicilia, los acerqué al aeropuerto. Era el verano de 2013.

Recuerdo a Carlos en la cama, en uno de los primeros ingresos de hospital; estaba como ausente de la vida, era el día de su cumpleaños, puse una rosa roja en su mesilla, con un beso le dije: es una rosa roja como tu corazón. No respondió ni con un gesto, pero meses después, ya recuperado, me dijo que recordaba una flor.

La última vez que nos vimos fue en el acto de homenaje a Raúl Marco en el Ateneo de Madrid. Le había pedido unas palabras suyas para el acto. Le expliqué que desearíamos que él pudiera estar en la mesa pero entendía que, en la situación que estaba, no era posible. Lo pensó breves momentos y me dijo: quiero ir y quiero estar en la mesa del acto.

¡Cómo agradecí que el 16 de octubre estuviera a mi lado, su calor y sus palabras!

En la preparación del acto en el cementerio civil, participó en la selección de poemas. Le pedí que escogiera uno suyo para leer ante la tumba.

En íntimo y sincero homenaje, lo reproduzco a continuación:

DEDICATORIA A MANERA DE EPÍLOGO

…abren la puerta.

el cáliz,

la generosa pulpa refrescante

del fruto. No preguntan,

pero te dan su techo,

limpian

de polvo la almohada,

mecen

la paz de tu descanso, y, en la mesa,

brilla más la caricia del mantel,

cuando te miran, alguna espiga ríe; sus palabras

llevan brisa o arena que te envuelve,

según tu propio ritmo, y el tamaño

de sus abrazos colma

la más ebria

medida

de un corazón hambriento…

tienen

todos el mismo nombre: Camarada

Adiós amigo, camarada. Tu memoria, tu hacer y tus poemas, se quedan con nosotros.