J. Romero

La Rusia de Putin es una potencia cuya mano aparece detrás de muchos de los conflictos que se suceden en diversas partes del mundo, particularmente en las  zonas que fueron parte del mismo estado, la URSS, antes de que la degeneración revisionista acabara con el que fuera primer estado proletario de la historia. La ubicación geoestratégica de aquellos países en Europa oriental y Asia Central, donde confluyen las dos grandes potencias que pugnan por el control de la economía imperialista y sus principales aliados, convierten a Rusia, lo mismo que a la Europa imperialista, en peones de China o EEUU respectivamente en la pelea por la hegemonía, aunque con intereses propios que en ocasiones provocan contradicciones internas en cada  bloque.

Tras la desintegración de la URSS en 1991, la mayoría de las repúblicas exsoviéticas europeas se pasaron con armas y bagajes al campo del imperialismo occidental, entrando en la UE y en la OTAN (de hecho, el actual conflicto en Ucrania tiene su origen en la intención de este país de integrarse en el bloque militar capitaneado por EEUU).

Sin embargo, Rusia continúa manteniendo el control económico y militar sobre alguna de ellas, a través de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva y de la Comunidad de Estados Independientes, formada en la actualidad por Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Moldavia, Tayikistán, Uzbekistán (con carácter de asociado) y la misma Rusia.

Conforme aumenta la confrontación de intereses entre China y EEUU y las relaciones entre las grandes potencias imperialistas y sus respectivos aliados se vuelven más fluidas, en el campo del revisionismo proliferan tendencias que confunden el papel de Rusia y China -potencias que desde hace años están en el campo del imperialismo y son cada vez más agresivas- con el internacionalismo: ambas vendrían a ser, así, el “imperialismo bueno” en la pelea por los mercados y las áreas de influencia. Esta intoxicación, que antes podría tomarse como una simple anécdota, va siendo cada día más peligrosa por cuanto aumenta el desconcierto político, en momentos en los que la situación internacional se agrava de continuo como consecuencia de la actitud crecientemente provocadora y belicosa de las potencias imperialistas.

A menudo pasan desapercibidas noticias que parecen formar parte de la tragedia cotidiana, uno más de los conflictos que sacuden a diario el avispero del mundo actual; pero pueden arrojar algo de luz sobre las alianzas coyunturales establecidas por las potencias imperialistas, el papel de cada una y la naturaleza real de los enfrentamientos que se dan en la configuración de los campos en la pelea interimperialista por los mercados.

Hace apenas unas semanas, a principios de enero, poco antes de su despliegue en la frontera con Ucrania, fue noticia por breve tiempo la entrada del ejército ruso a la cabeza de tropas del Tratado de Seguridad Colectiva en Kazajistán, atendiendo a la llamada de su presidente Tokáyev para acabar con las protestas populares por la  subida del precio del gas, del que ese país es uno de los principales productores del mundo. Tokáyev denunciaba que las protestas populares, que causaron decenas de muertos en los enfrentamientos con la policía y el ejército, formaban parte de un intento de golpe de estado de su antecesor en el cargo. Aparentemente, todo se reducía a un duelo entre gánsteres políticos.

Pero no faltan datos que señalan que la subida del precio del gas en ese país tiene mucho que ver con la brusca expansión de centros de minado de criptomonedas que se habrían desplazado desde China tras la prohibición en el gigante asiático de toda transacción, minado e incluso publicidad de esas divisas.

De hecho, entre agosto de 2020 y diciembre de 2021 Kazajistán pasó de producir el 4,57% al 18,1% del minado de criptomonedas (segundo país tras EEUU), lo que, según el regulador público kazajo KEGOC, provocó un aumento del consumo eléctrico del 11,8% hasta septiembre pasado (el 8% de toda la energía consumida por Kazajistán estaba, de hecho, vinculado con la minería de criptomonedas).

Antes del inicio de las protestas tuvieron lugar cortes de luz por la sobrecarga que provoca esa actividad, y en los días previos al inicio del conflicto el gobierno kazajo eliminó los límites en el precio del gas licuado de petróleo, utilizado como combustible, para ajustarse a la demanda, lo que duplicó su precio bruscamente. Existe, pues, una ligazón evidente entre el inicio de las protestas y el crecimiento de la minería de criptomonedas.

El gobierno chino justificó el cierre de los centros de minado ubicados en su territorio, alegando que el consumo de energía provocado por estas instalaciones es equivalente al de un país de tamaño medio, como Grecia o la República Checa. La agencia de planificación económica china, en un comunicado separado del Banco Central, indicó que la prohibición de esta actividad era urgente para cumplir los objetivos de emisiones, en un contexto de encarecimiento de la energía.

Alguien podría preguntar: ¿qué tiene que ver todo esto con la situación internacional, la confrontación interimperialista y el papel de Rusia en ella?

El rápido crecimiento de las criptomonedas, signos de valor que paulatinamente concentran una parte mayor de la inversión especulativa  y sufren de bruscos cambios en su cotización, es una prueba del grado de descomposición que atraviesa la economía imperialista. La proliferación de monedas virtuales preocupa en la medida en que son de difícil control por los estados y su variabilidad de cambio puede terminar trasladándose a la economía “real”. Pero no es solo la salud de la economía imperialista lo que está tras la medida adoptada por el régimen socialimperialista chino.

China, hoy el principal competidor de EEUU, prohibió recientemente, como decimos, las operaciones con criptomonedas en su economía. Y esa decisión viene a coincidir con la apuesta de su gobierno por la creación de una criptomoneda propia, cuyo valor estaría garantizado por  su banco central; una moneda que se convertiría en un poderoso instrumento para facilitar la expansión del capital chino, atrayendo el crédito en apoyo de sus inversiones y facilitando las transacciones, amparadas en la seguridad de esa divisa (1).

Y es que, a veces, resulta difícil ver en qué medida determinados acontecimientos, alejados de las zonas donde confrontan directamente las potencias, se explican por movimientos directamente relacionados con los cambios, aparentemente desconectados, que se producen en las zonas de influencia de cada una; las medidas adoptadas por cada Estado vienen determinadas finalmente por los planes de cada potencia en el marco de la confrontación en marcha por el control de la economía imperialista.
 

(1) La revista digital Bolsamania lo explicaba de esta forma en una reciente información: “El eYuan no sólo pretende controlar el uso de los pagos móviles por parte de los usuarios, también permitirá a China mover dinero a través de sus fronteras sin usar SWIFT, un sistema de pagos global que está bajo influencia de EEUU”.