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Aníbal Bagauda

La medida del progreso histórico se dio precisamente por la afirmación cada vez más acentuada del principio organizativo, en contraposición a la arbitrariedad, al capricho, al vago instinto de la originalidad vacía de contenido concreto, se dio por la formación de sólidas jerarquías democráticas, libremente constituidas con vistas a un fin concreto, inalcanzable si no se tiende hacia él con todas las energías recogidas en haz” (A. Gramsci, “Después del Congreso”, 14/09/1918).

En el anterior artículo analizábamos, desde un punto de vista ideológico y político (análisis que la aprobación de la Reforma Laboral de su Gobierno viene a confirmar), los adelantos del proyecto de Yolanda Díaz y su concomitancia con el ciudadanismo de Podemos, lo que no podía ser de otra forma pues beben de la misma fuente: el novísimo revisionismo.

Entramos ahora en el terreno de la organización y encontramos en dicho proyecto, básicamente, otra característica de Podemos, a saber, su impugnación ideológica a la misma idea de organización y el combate a la misma.

Así de categórica se despachaba la señora Díaz, no sin dar una palmadita en el hombro a las organizaciones políticas:“Los partidos son una cosa muy pequeña en nuestro país, y hoy son un obstáculo. Las construcciones sociales son de la gente y deben ser de otra manera” (público.es, 02/12/21. La negrita es nuestra).

Los partidos, expresión organizada de una clase o de sectores de ella y de sus intereses vitales, resultan ser un estorbo. Entonces, ¿cómo dar vida a esos intereses y realizar el “progreso histórico”? Si con “la gente” se refiere a los trabajadores, ¿cómo hacerlo, cada uno por su cuenta, divididos y no unidos, aislados y no asociados en pro de un fin común? Imposible, porque la fuerza la da el asociacionismo no la individualidad. De ello nos habla la historia y la experiencia cotidiana. Aquello es lo que siempre busca el Capital, la división, el individualismo, el socavamiento de lo colectivo, porque sabe que la organización es la herramienta del Trabajo para cambiar su statu quo. A lo que parece, para la señora Vicepresidenta el cambio lo va a realizar “la gente”, así, en abstracto, mediante una “construcción social”, así, en abstracto. Pero, ¿es que acaso los partidos no son construcciones sociales, de una determinada clase/sector social determinado? En todo caso, ¿qué “construcción” es esa que contrapone hostilmente a los partidos? Esta palabrería huera parece bendecir la desorganización. Quizás porque no quieren cambio alguno. O, si acaso, uno menor, que no moleste al Capital, al que no hay que combatir con todas las fuerzas sino suplicarle que sea “empático con los que más sufren”. ¡Amén!

Y, por otro lado, ¿quién es “la gente” de la que habla? ¿Cuál va a ser el papel de esa “gente”? ¿Van a actuar y asociarse de alguna forma? Veamos:

Estoy deseando no hablar yo, sino que hable la sociedad española, (…), y voy a hacerlo después de las navidades, el año que viene. Recorreré mi país para que la ciudadanía española hable. Voy a escuchar mucho y después de escuchar mucho veremos qué hacer” (id., las negritas son del diario). A eso quiere limitar el papel de, en general, la “ciudadanía”: a que hable. Que hable, pero que no actúe; que hable pero que no se organice y luche, que no participe en política, porque para eso están ellos, los individuos (e “individuas”) egregios (y egregias), las personalidades y líderes supremos, sus “representantes” (¡óptica burguesa de la representación!), que anulan la personalidad colectiva, al pueblo y su potencial revolucionario, al que temen. “Voy a escuchar”, no a organizar; “voy a escuchar”, no a levantar y movilizar a los trabajadores y grandes masas en defensa de sus derechos e intereses, para que como un vendaval se lleven por delante al régimen y sus miserias, a sus explotadores y opresores, a la chusma oligárquica que nos asfixia. Esta debiera ser la tarea de las organizaciones de izquierda, especialmente de aquellas que se reclaman del comunismo, de sus líderes políticos.

El mismo hecho de erigirse (o erigirla, tanto monta) en lideresa suprema, “a guisa religiosa como un nuevo mesías que ha venido para salvarnos” va “directamente contra la línea de flotación del principio básico de “organización y participación del pueblo en política””, “suplantan la organización, el funcionamiento y la vida democrática y colectiva” (Octubre, nº 148), fomenta el personalismo, las camarillas y la arbitrariedad.

En momentos como los presentes, con las fuerzas de la reacción y del fascismo encaramados en las distintas instituciones del Estado, llamando a la puerta del Gobierno, momentos de gran debilidad y dispersión del campo popular; cuando el tejido social es muy deficiente y la burguesía fomenta un feroz individualismo y desvía la voluntad de cambio y justicia de la población hacia formas asociativas tan inocuas como bien subvencionadas (léase, ONGs, no pocas veces avanzadilla del imperialismo); cuando la clase obrera está abandonada y huérfana de referentes políticos, su movimiento es precario y desorganizado (en buena medida por la traición de las cúpulas sindicales y la acción disolvente del revisionismo durante décadas) y no existe ningún partido comunista con implantación, en estos momentos, subrayamos, decir que “los partidos políticos [por tanto, también comunistas y de izquierdas] hoy son un obstáculo” y hacer un alegato contra el “principio organizativo” (Gramsci) es poco menos que un crimen político. Mientras la reacción y el fascismo se organizan, el revisionismo actúa como disolvente del movimiento obrero y popular.

La actual situación exige justo lo contrario: reforzar las organizaciones de clase, las estructuras permanentes de clase, desarrollar el tejido asociativo de los sectores populares, agrupar a la clase obrera y a los trabajadores. Las organizaciones políticas de clase las forman sus elementos más destacados. Si prescindimos de ellas, lo hacemos del estado mayor de la revolución, de su fuerza motriz, desarmamos organizativamente a la clase obrera y al conjunto del pueblo: ¿Dónde queda, pues, su “construcción social”? Si no hay fuerzas políticas obreras y populares ¿quién, entonces, va a concienciar, alentar, hacer avanzar, movilizar y agrupar a “la gente” en pos de la realización de sus intereses vitales, del cambio, de la transformación social?

No obstante, hay que decir en su favor que son coherentes con sus postulados ideológicos: si en su agenda no están las clases, ni la lucha de clases, ni, por tanto, la política de clase, ¿para qué las expresiones orgánicas políticas de clase, los partidos? En su “mundo postmoderno de fragmentación, diversidad e identidades múltiples” (E. M. Wood), donde todo es fluido y relativo, no hay lugar para “caducos” partidos y sí para transversales y espirituales formas muy “cool”, amorfas, sin orden ni concierto (“A río revuelto, ganancia de pescadores”) y castradas políticas.

La unidad popular presupone, en lo fundamental, tres premisas: 1) proyecto político nítido de izquierdas, de transformación y ruptura; 2) agrupamiento, unidad y organización, sobre todo, de fuerzas sociales (clases populares); 3) y, en pos de ello, trabajo a pie de calle, en centros de trabajo y estudio, en los barrios, al lado de nuestra clase, con sus problemas y conflictos. Ninguno de estos tres requisitos los cumple el proyecto, hasta donde lo conocemos, de la Vicepresidenta. Ni Podemos fue la unidad popular, ni la “Unidad Popular” de Garzón fue unidad popular, ni este “proyecto de País” o “frente amplio” de la señora Díaz lo va a ser. Mas no se piense que nos hemos caído de un guindo, porque sabemos que ni lo quieren ni lo necesitan, porque no lo necesitan para lo que quieren.

La unidad popular, como concreción de un proceso de acumulación de fuerzas sociales y políticas, es un instrumento necesario para lograr un cambio profundo en una sociedad. Dadas la fortaleza y el poder del Régimen del 78 y su oligarquía, quienes abogamos por romper con aquél y quebrar el brazo de ésta para remover la estructura económica, social y política española, trabajamos por construir esa unidad popular. Esos son los objetivos, ésta la herramienta. Los objetivos de Yolanda, E. de Santiago, I. Belarra, M. García, M. Oltra,… son otros: dotar al capitalismo de una cara más amable, que sea más “empático”, introducir reformas para mitigar problemas, pero no resolverlos, desviar al pueblo de la alternativa republicana y antioligárquica. Cambiar algo para dejarlo todo igual. Estos fines solo requieren de ciertos gestos, mucha retórica vacía y fraseología de izquierdas, de la mezquina política de salón y una exclusiva labor institucional. Este y no otro es el alcance de su empeño, de su proyecto; probada falta de probidad política.

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