J. Romero

Hoy, el gran capital sigue internacionalizado; el control de los medios de producción se concentra cada vez en menos manos, pero la producción se diversifica a lo largo del mundo, a pesar de los intentos de renacionalizar una parte de la producción industrial, en tanto los fondos de inversión y especulación ganan poder y autonomía respecto de los débiles controles estatales.

Hoy, el capital afronta un proceso de profunda reconversión que intenta resetear el sistema, “partir de cero”, para evitar la profundísima crisis que limita la reprodución ampliada de sus inversiones; una crisis que amenaza con provocar una brutal destrucción de fuerzas productivas cuyo coste pagará (está pagando ya) la mayoría trabajadora.

Ese proceso crea de contínuo tensiones internas entre las diversas capas de la burguesía y agudiza la lucha política entre ellas, pero la batalla política por el control del Estado y el establecimiento de alianzas entre los estados se da en su campo, el campo del capital.

Hoy el proletariado está disperso a nivel internacional y dentro de cada país, la dirección política de sus intereses sigue en manos de una burguesía en el mejor de los casos “bienintencionada” que impone sus prioridades, ajenas cuando no contrarias, a las del proletariado.

En este estado de cosas parece evidente que la prioridad del proletariado y de los comunistas está en recuperar la iniciativa política. Y para lograrlo debe reforzar las organizaciones que puedan agrupar y disciplinar su acción para dirigirla contra el enemigo de clase que sí dispone de estructuras orgánicas (y, entre ellas, la principal, el estado liberal burgués) para imponer sus intereses.

Lograr esto no es tarea fácil, aunque sea cada día más urgente. La causa de la lamentable situación que sufren los trabajadores y las clases populares hunde sus raices hace décadas. Debemos superar algunas inercias que el revisionismo, el social liberalismo y, en los últimos tiempos, el oportunismo han inoculado en las masas; unas inercias tanto más peligrosas, cuanto mayor es la necesidad de la acción política independiente del proletariado.

En nuestro país, durante decenios, desde la traición revisionista, en una evolución que se agudizó a partir del acceso del social liberalismo al gobierno, el inicio del proceso de internacionalización del gran capital y su entrada en la globalización imperialista, la acción política en el campo popular ha ido cayendo bajo el control de una estructura cerrada que ha liquidado las organizaciones propias, permanentes y ligadas a las estructuras sociales del proletariado y entronizado paulatinamente un modo de organización basado en la parcelación de las luchas, el establecimiento de prioridades distintas a las necesidades inmediatas de las masa, controladas por especialistas ajenos a la estructura social de la mayoría trabajadora y cuya dirección ha estado copada por equipos conexionados en torno a liderazgos individuales surgidos de luchas internas en las que participaba únicamente el aparato permanente que controla las riendas de la organización.

En la actualidad el enorme tejido organizativo que articulaba la vida social y política en barrios, centros de trabajo y estudio, y constituía el caldo de cultivo del que surgían cuadros y dirigentes de base que nutrían con los mejores hombres y mujeres las organizaciones de lucha, está muy debillitado.

Este estilo degenerado de trabajo de la “vanguardia” del que hablamos ha favorecido una actitud pasiva entre las masas, que se movilizan únicamente en los momentos de mayor tensión atendiendo al llamado de una élite política alejada de ellos y concibiendo la organización desde una perspectiva meramente utilitaria. Las masas, siguiendo el ejemplo de los revisionistas y no pocos comunistas que huían del contacto con las masas, terminaron delegando en “líderes” la solución de sus conflictos.

Conforme van quedando en evidencia las miserias de esta política revisionista se produce el rechazo en el campo popular expresado en una reacción contraria pero igualmente peligrosa porque implica la misma actitud individual frente a los problemas e idéntica concepción exclusivamente utilitaria de la organización.

Amplios sectores de trabajadores decepcionados por la deriva aristocrática de las organizaciones sindicales, por ejemplo, siguen acudiendo a ellas cuando encuentran un problema concreto, porque precisan la fuerza de la organización de clase, pero no asumen su necesidad y urgencia para unificar las demandas y disciplinar la respuesta colectiva.

La organización sigue viéndose como algo ajeno a la clase, una ayuda a la que acudir esporádicamente para articular una demanda personal urgente o reclamar la solidaridad al margen de y sin sujetarse a una coordinación colectiva. Esa es la forma en la que toda lucha que enfrente cuestiones centrales para el sistema y para el Estado como representante temporal del capital, está condenada al fracaso; esa es la razón por la que únicamente se puedan alcanzar victorias parciales y limitadas que no cambian en nada la correlación de fuerzas y dejan intacta la fuerza del aparato estatal para imponer más adelante su criterio en el sector del que se trate. Y esa es la razón también de que se siga manteniendo la dispersión de las luchas, aunqueempiece a verse una cierta recuperación de la solidaridad de clase en torno a peleas, como la del metal de Cádiz, que han logrado representar un ejemplo para el proletariado concitando una importante ola de solidaridad.

La dirección de las luchas se dejaba hasta hace pocos meses en manos de organizaciones esporádicas surgidas sin un proceso previo de síntesis y consolidación colectiva de las reivindicaciones y de su prioridad, concebidas como plataformas temporales, desagregadas y sin una estructura coherente, conocida y reconocida de dirección política, como instrumentos para agrupar a cuadros y activistas pequeño burgueses que las utilizaron para vivir su “periodo de gloria”. Hoy, cuando ha quedado en evidencia la inutilidad de ese modo de organización, las luchas se siguen dando de forma dispersa y ante la falta de organizaciones propias se continúa recurriendo a organizaciones en las que no se participa de forma regular y cuya dirección no se controla ni se disputa y se considera por tanto ajena; de modo que, cuando no se logra el objetivo deseado, el rechazo se dirige exclusivamente contra la organización en sí y no contra el sistema político y su gobierno. Olvidando que, “de aquellos polvos vienen estos lodos”

Ahora podemos ver como dirigentes y cuadros sindicales y sociales que hasta ahora han formado parte de esa concepción aristocrática de la organización de clase, han participado en la reprodución de su estructura organizativa apoyando a tal o cual familia política interna, comienzan a enfrentarse a ese modelo. Eso es bueno, pero la respuesta no siempre es la adecuada.

No en pocas ocasiones han pasado de la asunción acrítica de un modelo aberrante y burgués de organización al rechazo de la organización como estructura que agrupa la fuerza del proletariado pero también la disciplina, estableciendo prioridades, orientando sus objetivos y ayudando a comprender las fases de la lucha social y, sobre todo, política, para evitar plantear las luchas sin tener en cuenta el momento, proponiendo objetivos ilusorios que inevitablemente terminan en frustraciones. Hoy necesitamos ir avanzando poco a poco, con los objetivos políticos claros, para que el proletariado gane confianza en su fuerza y en la de sus organizaciones.

Los comunistas debemos implicarnos en esta pelea que empieza a abrirse paso; los primeros intentos de reactivación de la lucha empiezan a verse aún incipientes y limitados; a lo largo de los próximos meses veremos como se extiende y agudiza la contestación social y política. Necesitamos recuperar a muchos cuadros y activistas que paulatinamente se alejan de las concepciones y las formas de organización impuestas por el revisionismo, pero que expresan su rechazo sin tener clara la alternativa, atacando indiscriminadamente a las pocas organizaciones que siguen agrupando a la mayoría del proletariado activo y pueden permitir estructurar sus luchas.

No se trata de atacar la organización sindical ni de construir de la nada una nueva, impoluta y sin contradicciones, sino de disputar la dirección de las que existen y ganarlas para el proletariado.