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«Cuanto existe es el resultado de desplazamientos y choques de átomos»

Célebre materialista y ateo de la época helenística, propagandista de ideas avanzadas. Epicuro negaba la intervención de los dioses en los asuntos del mundo y tomaba por punto de partida la eternidad de la materia dotada de movimiento interno. Nació probablemente en Atenas. Su padre fue gramático, su madre maga; ambos eran pobres. Epicuro se envanece de haber filosofado a partir de sus doce o catorce años. Declara no haber tenido nunca maestro de filosofía; pero, como mínimo, tomó parte de la suya de las obras de los filósofos anteriores, sobre todo de Demócrito. Después de una juventud bastante agitada, fijó su residencia a la edad de treinta y seis años en Atenas, y abrió escuela de filosofía, que dirigió hasta su muerte. Enseñaba en los jardines, en donde se reunían en gran número sus discípulos, mejor diríamos sus amigos, pues la amistad de los epicúreos entre sí y la que tenían con su maestro llegó a ser célebre. Este «héroe» disfrazado de mujer, según las palabras de Séneca, soportó valerosamente y vanagloriándose de gozar una perfecta felicidad, una cruel enfermedad que produjo su muerte. (Diógenes Laercio, X,2-3-4).

Según Epicuro, la sensación es la única fuente de conocimiento. La idea universal es sólo el recuerdo de varias sensaciones parecidas. (Dióg., X, 33-59. Lucrecio, II, 221. Nec regione lico corta nec tempore certo). Una vez fijado este recuerdo en la inteligencia, podemos esperar el porvenir después del pasado, convirtiéndose en una anticipación.

A esta lógica sensualista viene a unirse de nuevo el materialismo de Demócrito. Toda la realidad se reduce a corpúsculos materiales, inertes e inalterables, cuya combinación mecánica produce los fenómenos. El atomismo de Epicuro difiere, sin embargo, del sistema de Demócrito en la substitución de la necesidad por el azar. Para explicar la combinación de los átomos Epicuro se vio forzado a atribuirles, además de sus propiedades materiales, un poder que supera la esfera de la inercia pura y de la materia pura, un elemento activo y dinámico que escapa a la necesidad de las leyes mecánicas: es el poder de cambiar, en una cantidad imperceptible, la dirección natural del movimiento, y esto en un punto del tiempo y del espacio absolutamente indeterminables e inciertos.

Esta especie de azar destruye la necesidad y viene a resolver en último término la espontaneidad de los átomos. Reconoce la existencia de las cosas fuera de la conciencia del hombre e independientemente de ella. Retoma la doctrina atomista de Lencipo-Demócrito, pero introduce modificaciones originales y emite esas suposiciones geniales confirmadas por el desarrollo ulterior de la ciencia. Cuanto existe es el resultado de desplazamientos y choques de átomos. Los átomos, que se mueven en el vacío a una velocidad igual, pueden chocar a consecuencia de sus “desviaciones” espontáneas (regidas por leyes internas) con respecto a la línea recta. Esta concepción se opone a la doctrina fatalista de Demócrito según la cual, la necesidad excluye al azar.

El objeto de la filosofía es la felicidad del hombre, y para lograrla es preciso librarse de los prejuicios, conocer las leyes de la naturaleza. Epicuro se esfuerza en construir una teoría ética del goce racional basado en un ideal individualista: evitar los sufrimientos y buscar la alegría y la serenidad. Ideólogo de la sociedad esclavista, Epicuro estima que lo más razonable para el hombre no es el trabajo, sino el ocio, la “ataraxia” (imperturbabilidad).

El alma, átomo sutil, posee el mismo poder con el nombre de libertad, y por ella puede apartarse del tumulto exterior a las regiones serenas de la sabiduría y de la ataraxia. Desde luego, es una pura libertad de indiferencia. No hay que agradecer menos a los epicúreos el haber combatido de manera original la creencia estoica en el determinismo universal al mismo tiempo que las doctrinas religiosas del paganismo sobre el destino ¿De qué nos serviría, dice Epicuro, haber destruido el temor a los dioses, si la voluntad para sustituir a la voluntad temible de las divinidades es un destino más temible y más ineluctable aún? «La voluntad, dice Lucrecio, se arranca a la fatalidad: Fatis avulsa voluntas.» Los epicúreos combaten también por la libertad, a la que aspiran; pero acaban por identificarla con el azar. Una vez libertado el hombre por la lógica y la física de la creencia en lo inmaterial y lo divino, de la religión que nos amenaza como un monstruo terrible desde las alturas del cielo y por fin del destino o encadenamiento fatal de las causas, imaginado por los filósofos, debe buscar el bien en la misma naturaleza y vivir de acuerdo con ella. Ahora bien, al interrogar a la sensación sobre el bien, aquélla nos contesta que el bien es el placer.

El epicureísmo no se atreve, sin embargo, a colocar el bien en el «placer móvil» cuya insuficiencia hizo resaltar Platón, sino en el «placer estable», en la tranquilidad absoluta, en la ataraxia. Imitando la declinación espontánea del átomo, la voluntad se desvía, se sustrae al destino, se pone al abrigo: en eso está su libertad. Epicuro, con sus teorías sobre el «placer del vientre» o de la nutrición, considerado como base fisiológica de los modos de sensibilidad más elevados, por su doctrina sobre la amistad reducida a la costumbre y a la asociación de las ideas por sus opiniones sobre el contrato social y sobre el progreso de la humanidad, es el precursor de los positivistas y de los utilitarios modernos.

Las concepciones materialistas de Epicuro fueron deformadas por los historiadores burgueses idealistas de la filosofía (Hegel, por ejemplo), y todavía hoy provocan el odio de los teólogos y demás ideólogos reaccionarios.

Fuentes:”Diccionario filosófico abreviado”, Rosental y Iudin, Montevideo,1959. “Historia de la filosofía”, Alfredo Fouille Madrid, 1933).