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Heráclito de Éfeso (544 a 484 a.n.e). “El mundo, dice en conclusión Heráclito, no lo ha hecho ni un Dios ni un hombre, sino que ha sido, es y será…

En los fragmentos de su obra Sobre la Naturaleza llegados hasta nosotros hay «una excelente definición de los principios del materialismo dialéctico» (Lenin). Por su método y manera de abordar los fenómenos de la naturaleza, Heráclito es el filósofo más grande de la Antigüedad.

Los filósofos jónicos buscaron sobre todo la sustancia inmutable de las cosas, tierra, agua, aire, materia indefinida. Entre lo que se transforma, se esforzaron por descubrir lo que es, o, para valernos de sus fórmulas, entre lo que se transforma, buscaban el ser. Heráclito condujo su pensamiento hacia una nueva dirección.

El concepto de Heráclito con frecuencia ha aparecido en la historia, y reproducido en gran parte por Hegel y la escuela inglesa. Heráclito parecía predecir el porvenir reservado a sus doctrinas, cuando decía de sí mismo: «Soy como las sibilas, que hablan por inspiración, sin sonreír jamás, sin ornato, sin calor; y el eco de su voz reproduce las verdades divinas que repercuten en los siglos

¿Encontraremos, por mucho que indaguemos, algo que realmente subsista y exista? No. Jamás llega a la existencia fija la móvil transformación. No hay una sola cosa que sea; todas las cosas son y no son al mismo tiempo. «Todo fluye», dice Heráclito, no sin melancolía, «todo marcha, y nada se detiene». Poeta y metafísico al mismo tiempo, Heráclito exponía su teoría en forma llenade imágenes: «No nos sumergimos dos veces, dice, en el mismo río; pues el agua que encontramos no es la misma: se disipa de nuevo y de nuevo se recoge, nos busca y nos abandona, se aproxima a nosotros y de nosotros se aleja.» Tampoco somos nosotros más permanentes que ese río inasequible, y nos lo dice así: «Descendemos al río y no descendemos; somos y no somos al mismo tiempo

Ahora bien; lo que es y no es al mismo tiempo es lo que se transforma. En efecto, no podremos decir de lo que cambia: «Es tal cosa», puesto que en el mismo instante es otra cosa. Hay que poner, pues, como principio, la transformación universal, el cambio universal, el movimiento universal.

Pero la movilidad del agua no parece a Heráclito una imagen bastante fuerte del movimiento que todo lo arrastra: a la fluencia universal, sustituye la combustión universal. Todo se quema y se consume. Por eso el reposo no es sino apariencia; la llama de una lámpara parece inmóvil; no obstante, no deja de ser un movimiento sin fin de las partículas, que al mismo tiempo brillan y se apagan.

Entre los fenómenos de la naturaleza, el que es símbolo de todos los demás y más que símbolo, fenómeno bajo el que se ocultan todos los otros, es el fuego. ¿No es, en efecto, del fuego, es decir, del calor y de la luz, de donde proviene toda la vida? Y, al mismo tiempo que el fuego enciende la vida, ¿no la consume también? Si se nos pregunta cuál es la forma visible que toma la transformación en el universo, el fenómeno material por medio del cual se expresa, no diremos que es el agua, como creyó Tales, tampoco diremos que es el aire, como creyó Diógenes: es el fuego.

Pero hay que precisar cuál sea la verdadera naturaleza de este fuego. No entendemos por tal ese fuego tosco que ven nuestros ojos, sino un fuego sutil que escapa a nuestras miradas. Ese fuego no es material, mejor dicho, es al mismo tiempo materia e inteligencia, pues esas dos cosas son indivisibles en la transformación universal de que proceden todos los fenómenos. Es, pues, un fuego viviente; un fuego inteligente; «un fuego divino que gobierna todas las cosas sin apagarse jamás».

No hay que creer tampoco que la doctrina de Heráclito fuese una doctrina de inercia y de muerte, que lo explicase todo por un mecanismo vacío de pensamiento y de vida; por el contrario, es un sistema que pone actividad en todas partes y el reposo en ninguna, es decir, un mecanismo universal.

La actividad movible, de la que el movimiento es sólo la forma visible, es, según Heráclito, un «deseo» eterno, y un «cansancio» eterno de vivir. Deseo que está saciado siempre y que no se sacia nunca. El fuego, animado por ese deseo, produce, y luego, cansado por haberse transformado en algo, destruye.

Acabamos de ver que la filosofía de Heráclito, en sus principios, llega a dos puntos: inestabilidad eterna y estabilidad de esta inestabilidad misma.

Lo que es estable no es el movimiento o la transformación, sino la ley movimiento. Entonces se nos presenta otra cuestión, una nueva pregunta: ¿Cuál es la ley que rige el movimiento?

El movimiento o la transformación consiste en ser y en no ser; su ley es, pues, la unión de los contrarios o la conciliación de las diferencias: «Todo se separa y se reúne.» «Por eso leemos en el oscuro Heráclito, dice Aristóteles, lo que sigue: —Unidos el todo y el no-todo, lo que se junta y lo que se separa, lo consonante y lo disonante; hácese con el todo uno, y con el uno todo.» Identidad móvil de los contrarios, tal es la suprema ley. También se puede decir que «el ser no es más que el no- ser», pues el ser y el no-ser son una misma cosa en lo que es y no es, en lo que se transforma. De ahí la universal «contradicción» existente en todas las cosas.

La conciliación de los contrarios es una armonía. Ahí descubrimos de nuevo al poeta en el metafísico. Lo que produce la armonía, nos dice Heráclito, es la oposición de una cosa con ella misma: «Todo, al dividirse, se reúne, como la armonía del arco y de la lira.» A esta imagen de la lira, añadía Heráclito la del arco, en el cual la cuerda tendida se opone y se une alternativamente al semicírculo que la sostiene. (Platón, Banquete, 187, a).

Puesto que no existe armonía sin oposición de fuerzas, la guerra es la madre de todas las cosas: «Heráclito reprochaba a Homero el haber deseado el fin de todas las querellas entre los dioses y los hombres; porque, de ocurrir eso, todo perecería, ya que no puede haber armonía sin lo agudo y lo grave, ni nada viviente sin lo masculino y lo femenino, que son los contrarias.» (Aristóteles, Ética a Nicomaco, VII, I). Este mundo, hijo de la guerra, en el que todas las formas son sucesivamente producidas y destruidas, «es como el juego de un niño sobre la arena».

Heráclito, para hacer entrar su pensamiento en el espíritu como a la fuerza, lo lleva hasta la paradoja: ataca al sentido común para obligarle a reflexionar. Proclama la identidad de los contrarios. «El mismo ser vive y está muerto; duerme y está en vela, es joven y viejo.» (Plutarco, Consolatio ad Apoll10). Además, vivimos de la muerte de los unos y morimos de la vida de los otros; para hablar con mayor fuerza, vivimos su muerte y morimos su vida. De esta manera se mezclan todas las cosas en una «armonía oculta».

Esta ley de contradicción v de armonía tiene por carácter ser «una ley fatal», una necesidad armada. Pero, al mismo tiempo que es una fatalidad, es una justicia. Por eso, el curso de las cosas está regulado. Si el Sol, por ejemplo, quebrantase las leyes de su curso, las Erinias vendrían en ayuda de la justicia y tendríamos una noche eterna. (Plutarco, De Is. et Osiri. 48).

II.—Esta metafísica se transformaba fácilmente en física, o más bien era ya una física. Formando las cosas opuestas, según decía Heráclito, el pasamiento y el fuego se confunden: el pensamiento es, por decirlo así, un fuego inteligible, y el fuego un pensamiento sensible.

Lo único inmutable, no es una sustancia permanente, sino una cantidad, un valor. El valor del fuego, en efecto, es siempre el mismo: se transforma en una cosa, luego en otra, luego vuelve a su forma primitiva, y en todas estas metamorfosis, la cantidad es siempre idéntica. Es una transformación recíproca y un comercio perpetuo entre cosas: todo se convierte en fuego y el fuego en todo, como el oro que se cambia por todo y por el cual todo puede cambiarse.

Eterno es este movimiento que arrastra las cosas; eterno es el mundo producido por él. Lo único que desaparece es la forma, pero solamente desaparece para volver a aparecer, y aparece únicamente para volver a desaparecer de nuevo. De ahí el ritmo universal y una serie de períodos en todas las cosas. «El mundo, dice en conclusión Heráclito, no lo ha hecho ni un Dios ni un hombre, sino que ha sido, es y será; fuego siempre vivo, que se enciende en medida y en medida se apaga.» (Clemente de Alejandría, Stromates, v., 599). Vendrá un día en que la «combustión» del universo lo consumirá todo, pero esta combustión universal no será un término final y un estado definitivo, puesto que el movimiento no tiene fin: el incendio del mundo será únicamente una transición a un mundo nuevo, y así sucesivamente hasta el infinito.

(Fuentes: Historia de la Filosofía, Alfredo Fouillee, Madrid, 1933 y Diccionario filosófico marxista, M. Rosental y P. Iudin, 1946).