La clase trabajadora celebra su día, el Primero de Mayo, en un momento político de gran confusión, afrontando las consecuencias de una terrible crisis económica a la que se une una guerra interimperialista.

El capital enfrenta una pelea por el control de los mercados sin dudar en dar el paso hacia una guerra abierta en Europa en la que se ha involucrado a los pueblos en la defensa de los intereses de los grandes monopolios y de una oligarquía financiera que se enriquece a la misma velocidad que empeora la precaria situación de la mayoría trabajadora.

En nombre de la paz y la seguridad se bombardea al pueblo de Ucrania; en nombre de los mismos principios, el régimen ucraniano pone en acción a fuerzas nazis que asesinan a su propio pueblo amparados en un irracional nacionalismo reaccionario.

En nuestro país, el gobierno de coalición que se presenta a sí mismo como el “más progresista de la historia” nos ha implicado en esta guerra, alineándose desde el principio con los sectores más agresivos y militaristas de la OTAN.

Las promesas del gobierno se han frustrado en cuestión de meses. La Reforma Laboral consensuada con la patronal ha dejado en pie el 95% de la impuesta por Rajoy en 2012, como reconoce la propia CEOE, sin derogarla por completo como se comprometieron.

Paso a paso el gobierno avanza por un camino de renuncias que comprometen gravemente la situación de la clase trabajadora.

La traición al pueblo saharaui reconociendo, en contra de las disposiciones de la ONU, la soberanía del régimen marroquí sobre el Sahara occidental es una decisión que nos coloca aún más claramente subordinados a los intereses de EEUU en África, un continente donde se dirimen abiertamente conflictos entre las grandes potencias que desangran a la población y arruinan las economías de la zona, es el último compromiso incumplido por el Gobierno de coalición.

La situación económica, social y política no puede ser más difícil: No hay visos de que la crisis pare sino que, por el contrario, todo apunta a un endurecimiento de la dictadura del capital. La crisis financiera y de la deuda iniciada en el periodo 2008-2013 y agravada por la pandemia, el encarecimiento brutal de los combustibles y la energía y ahora la guerra en el este de Europa, auguran un empeoramiento de las condiciones de vida y trabajo de la mayoría social. Ahora los trabajadores hacemos frente a una escalada inflacionista imparable que ha hecho que el poder adquisitivo de las familias trabajadoras se haya desplomado. Las subidas pactadas en los convenios, el reciente y limitado incremento del salario mínimo y la actualización de las pensiones han sido absorbidas por la subida galopante del IPC.

La coalición de gobierno no ha cambiado nada sustancial; ha dejado claro para todos que para encarar un verdadero cambio es necesario romper con un régimen, el monárquico, que sirve plenamente a los intereses de una minoría explotadora; un régimen que no necesita ya adornos democráticos y se escora claramente hacia la derecha más reaccionaria, hacia el fascismo con el que nunca rompió amarras del todo.

Las dudas y debilidades del gobierno a la hora de proteger los intereses de la mayoría social están facilitando la actuación de fuerzas reaccionarias como Vox que, amparadas por instituciones del estado, trabajan activamente por liquidar los derechos democráticos, sociales y laborales e instaurar un régimen ultrarreaccionario.

Y en esta tarea les es imprescindible menoscabar, e incluso destruir, las organizaciones permanentes de la clase obrera, es decir los sindicatos de clase y los partidos revolucionarios. Esto es especialmente notable en el caso de los sindicatos, las mayores estructuras de la clase trabajadora que aún subsisten en nuestro país con capacidad de ayudar a articular la pelea por los derechos laborales y sociales de los trabajadores.

No cabe ignorar esta situación. Desde principios de siglo las condiciones materiales de las clases trabajadoras se han deteriorado a la par que su organización. Baste un dato: a principios del siglo XXI más del 17% de los trabajadores en España estaban afiliados a algún sindicato; ahora no llega al 13%. Este descenso en el peso del sindicalismo ha debilitado su influencia, socavada aún más mediante reformas laborales como la de 2012 que eliminaba derechos sindicales y laborales, la mayoría no recuperados aún. Y el discurso de la ultraderecha abunda en este sentido: saben que una clase organizada y fuerte puede frenar su ofensiva.

En los próximos tiempos veremos sin duda un incremento de la virulencia de los ataques de la patronal espoleados por el éxito institucional de la extrema derecha, VOX, que ha intentado incluso revivir el infame sindicato vertical al servicio de la patronal. Y con la complicidad de la derecha “democrática” del PP que cada día está más cómoda con el discurso reaccionario.

Por eso es preciso reforzar los instrumentos organizativos, sindicales y políticos de nuestra clase y desvincularlos del compromiso con un Gobierno que objetivamente y ante los ojos de los trabajadores es incapaz de enfrentarse con eficacia a los poderes económicos y políticos que controlan realmente el estado.

Durante años las fuerzas reaccionarias se valieron de los defectos de las cúpulas sindicales para empañar la imagen que de los sindicatos tenía buena parte de los trabajadores, sobre todo los más precarizados. Pero los sindicatos de clase son mucho más que sus direcciones anquilosadas, son hoy la principal herramienta que tenemos los trabajadores para hacer frente al capital; para poner coto a sus abusos; para lograr que la clase trabajadora tome conciencia del poder que tiene cuando se organiza. Necesitamos unos sindicatos de clase fuertes, combativos y unidos en su determinación a la hora de parar al capital.

Los comunistas debemos encabezar esta tarea, trabajando en los sindicatos, haciendo que sean herramientas útiles para la clase trabajadora, llegando allí donde es más difícil estar y más necesaria aún la organización: en los sectores más precarizados, entre los más jóvenes. Debemos ayudar en la organización y unidad de nuestra clase, en todos los espacios en los que esté presente, también en los barrios, para las luchas que sin duda tendrán lugar en los próximos tiempos.

Desde el PCE (m-l) hacemos un llamamiento a todos los trabajadores y trabajadoras a que se unan, a que participen en la vida sindical como única garantía para un futuro mejor para nuestra clase.

Hoy más que nunca, contra el capital, organización obrera y unidad sindical.

¡VIVA EL PRIMERO DE MAYO!

¡VIVA LA LUCHA DE LA CLASE OBRERA!

¡UNIDAD DE CLASE Y SINDICAL!