Agustín Bagauda

A finales de 2018 una desconocida, la  niña Greta Thunber, ocupaba espacios de todos los grandes diarios, emisoras de radio y televisión del planeta, a partir de su intervención en la XIV Conferencia sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas. A raíz de aquello se sucedieron una serie de movilizaciones en todo el mundo, contra el calentamiento global, en la primera mitad del año en curso. Al calor de las mismas, de su promoción y del encumbramiento de aquélla a estrella mediática por los grandes medios de comunicación, se ha convocado para finales de septiembre una “huelga” (en España el día 27 y básicamente dirigida a los estudiantes) “contra el cambio climático”.

Coinciden los científicos (y ya a nadie se le escapa salvo a los “negacionistas”) en que la Tierra está sufriendo un cambio climático, un calentamiento global. Es uno más de los problemas que aquejan a los pueblos del mundo y al mismo planeta. Mas, como todo problema, requiere un análisis que establezca un diagnóstico y, lo más importante, esclarecer las causas y, por ende, situar las oportunas responsabilidades y actuar en consecuencia. No podremos dar una solución real partiendo de las consecuencias y no de la etiología; y no solo eso, si no que llegaríamos, como veremos, a conclusiones perniciosas y reaccionarias.

Es compartido por buena parte de la izquierda política y social que esa causa radica en el sistema capitalista, en la formación social capitalista en la que vivimos. El cambio climático, el calentamiento global, las distintas acciones de devastación ecológica y degradación de la naturaleza tienen su origen en la naturaleza depredadora del actual modo de producción: el capitalismo.

La propiedad privada de los medios de producción, la lógica de la acumulación de capital, la búsqueda de la máxima e inmediata ganancia de los capitalistas por encima de cualquier consideración social, económica o ecológica y caiga quien caiga, la anarquía de la producción y los intereses privados, independientes, y a veces encontrados, de esos capitalistas, las crisis de superproducción y la destrucción de las fuerzas productivas para superarlas, que conlleva nuevas agresiones contra el medio natural para volverlas a recomponer, la lógica imperialista y su rapiña de riquezas y recursos de terceros países, todas estas son características estructurales del sistema que explican la honda raíz del problema. Así, y por poner un ejemplo, los acuerdos internacionales de “libre” comercio, consubstancial al imperialismo, llevan consigo, como nos recuerda M. Parenti (2004), que “las empresa privadas de un país pueden prohibir a los gobiernos de otros países la implantación de (…) regulaciones a favor del medio ambiente (…), si esas medidas se consideran “trabas al comercio””.

Si el capitalismo es, en esencia, el problema de fondo, la solución de la cuestión ecológica y climática pasa inexcusablemente por una alternativa al mismo, por un cambio revolucionario, su superación, la eliminación de la propiedad privada (tierras, fábricas y bancos, complejos industriales, caminos, selvas y bosques,…) y la construcción del socialismo. Solo una economía que tenga por fin la satisfacción de las necesidades de las personas, la defensa de sus intereses más vitales (entre otros, la salvaguarda del medio ambiente), una economía racional, armónica y, por tanto, planificada, podrá ser respetuosa con el patrimonio natural y el planeta. En orden a situar los responsables, queda claro quiénes son: los grandes capitalistas, magnates, banqueros y terratenientes, esa oligarquía que es una losa sobre la espalda de la clase obrera y los pueblos, que los parasita; y los estados capitalistas a su servicio.

Empero, esta conclusión resulta indigerible para algunas de esas organizaciones de izquierda, muchas trotskistas (que desde hace lustros han recalado en la ecología y en otros espacios sectoriales o concretos), y, también, para no pocos intelectuales “progresistas” y organizaciones ecologistas. Porque establecido aquel diagnóstico pierden la coherencia política y solo proponen medidas que no se salen del marco del sistema, que no cuestionan ni socavan las bases del capitalismo, ya que ser coherente implicaría enfrentarse a él, combatirlo. ¿Por qué? Fundamentalmente por su extracción social y su base ideológica pequeño-burguesa, que, al final, les lleva a alinearse con los planteamientos ideológicos que sobre el tema tiene la burguesía.

Aunque se ven obligados a señalar las maldades del capitalismo, lo hacen como un ejercicio de mera retórica y para mantener un perfil de izquierdas e, incluso, radical, anticapitalista, pero rápidamente se olvidan de él y plantean y analizan la cuestión de forma idealista, al margen del modo de producción y sus contradicciones, para al final trasladar la responsabilidad a todos, ricos y pobres, explotadores y explotados, propietarios y vendedores de fuerza de trabajo, verdugos del planeta y víctimas de sus nefastas acciones; culpabilizan al “ser humano”, en abstracto, por encima del bien y del mal, al margen de las clases sociales. Así, por ejemplo, señalándonos a todos e imitando a los voceros del capital español, Carlos Taibo decía algo que seguro nos suena a todos: “Vivimos por encima de nuestras posibilidades” (2009; citado por J. Iglesias Fernández, 2011). Pero, por centrarnos solo en nuestro país, ¿todos los seres humanos fuimos los responsables “Cuando en Cuba los plantadores españoles quemaban los bosques en las laderas de las montañas para obtener con la ceniza un abono que sólo les alcanzaba para fertilizar una generación de cafetos de alto rendimiento, [a los que] ¡poco les importaba que las lluvias torrenciales de los trópicos barriesen la capa vegetal del suelo, privada de la protección de los árboles, y no dejasen tras sí más que rocas desnudas!” (F. Engels)?, ¿todos los españoles lo fuimos del incidente nuclear de Palomares, en el 66?, ¿del derrame tóxico en Aznalcóllar, que llegó al Espacio Natural de Doñana? ¿Todos tuvimos la culpa del desastre del “Prestige”? ¿La tenemos del impacto ambiental de las innecesarias “autopistas fantasma”? ¿De los incendios provocados para la recalificación de terrenos y la especulación urbanística?… La respuesta es obvia.

Este planteamiento ideológico del problema (que también hacen suyo las ONGs) es el que promueven los amos del mundo a través de sus instituciones, voceros políticos y medios de comunicación. ¿Qué se deriva del mismo? Primero, la perfecta asimilación por parte del sistema de sus propuestas reformistas y la irresolución del problema; segundo, el lavado de cara y ocultamiento de los verdaderos responsables: monopolios, corporaciones trasnacionales, oligarquías nacionales e internacionales y el sistema capitalista-imperialista en su conjunto; tercero, el apuntalamiento de dicho sistema; cuarto, la culpabilización del “ser humano”, que lleva, por un lado, a una individualización en la resolución del problema: la solución viene de la mano del cambio interno de la persona (lo que nos recuerda al fundamento ideológico del movimiento hippie) y de su acción individual (ajena a proyectos colectivos con objetivos transformadores), y, por el otro, abre la puerta a planteamientos políticos reaccionarios e implementación de medidas en consonancia con ellos. Veamos esto último.

Si “todos” somos responsables, “todos” estamos contribuyendo a la destrucción de la naturaleza, del medio ambiente, a la llamada crisis energética, al uso abusivo de los recursos y del consumo, etc. Así, se llega fácilmente a considerar el normal crecimiento poblacional como una crisis de superpoblación. Se puede establecer una analogía con las personas jubiladas, cuyo derecho a las pensiones y seguridad social el capital, sobre todo el bancario, lo plantea (para sus fines pecuniarios) como un problema porque, según él, no hay dinero para todos. O con los trabajadores inmigrantes, que, bajo el mismo criterio, consumirían demasiados recursos sanitarios, educacionales, habitacionales y sociales.

Pues bien, al defender que la superpoblación es un problema porque está arrasando los recursos del planeta, nos estamos deslizando al malthusianismo, con todo lo que significa de justificación de las guerras, el hambre y las enfermedades para el control de la población (eso sí, todo sea por la conservación del planeta). También se abriría la puerta a la eugenesia social (entendida como la supuesta mejora de la especie humana mediante la eliminación o no procreación de determinadas personas, etnias o grupos sociales), que ahorraría recursos naturales y económicos al país; y al respaldo y promoción del darwinismo social y la “ley de la selva”.

Ese planteamiento ideológico también lleva a creer incompatibles la naturaleza y el ser humano (malo por naturaleza, incorregible), a ensalzar y santificar la primera y denigrar y cosificar al segundo, para a renglón seguido establecer un orden de prioridades: lo primero es la naturaleza y lo segundo tu semejante, y ver en el/la hombre/mujer, ese/a que supuestamente ha esquilmado el ecosistema, un enemigo, y a la naturaleza, con todas sus especies vegetales y animales, como tu única amiga (sobre todo los animales). Si tiráramos aquí del hilo podríamos ver otras aberrantes y peligrosas conclusiones a las que llegan algunos.

Queda profundizar en algunos aspectos y analizar otros, pero será en la próxima entrega. Finalizamos esta con quien empezamos, con Greta, que, cuando estábamos terminando este artículo, arribaba a N. York después de dos semanas en velero (ecológico), propiedad del hijo menor de la princesa de Mónaco, para asistir a la cumbre sobre el clima de la ONU, que disponía de una flotilla de 17 barcos para recibirla. La iniciativa, al parecer, era financiada por el Yacht Club de Mónaco, BMW y el banco suizo EFG, relacionado con paraísos fiscales. Continuará su periplo atlántico gracias al año sabático que se ha tomado. Todo muy normal.