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La cuestión nacional en la URSS de Stalin (V)

Por Sergi Sanchiz | Teoría y Praxis

Antes del verano de 1917, tanto Lenin como Stalin habían criticado la idea de la federación, y habían defendido un estado unitario cuyas regiones nacionales tuvieran, además del reconocimiento de su derecho a la autodeterminación, la autonomía política equivalente a la de un “oblast” (región), y en las que se utilizara las lenguas nacionales en la administración y el sistema educativo.

En “Contra el federalismo”, una crítica a los eseristas (marzo de 1917), Stalin había arremetido contra una forma de Estado que consideraba opuesta a la tendencia del desarrollo histórico, y por tanto transitoria. La razón se hallaba en el hecho de que «el desarrollo del capitalismo en sus formas superiores y, en relación con ello, la ampliación del marco del territorio económico, con su tendencia centralizadora, no exigen un Estado federal, sino un Estado unitario.»

Para el caso de Rusia, lejos de ser un elemento progresivo, como lo había sido en EEUU, la federación supondría no estrechar los vínculos entre las regiones, sino «romper los lazos económicos y políticos ya existentes». Por eso, afirmaba Stalin, «el federalismo no resuelve ni puede resolver en Rusia la cuestión nacional».

Lenin también había defendido estas ideas en 1913 y en 1914, cuando se mostró contrario a «la federación como principio», ya que «debilita los lazos económicos y es una forma inadecuada para un estado único». Y aseveraba que, «en igualdad de otras condiciones, estamos absolutamente en pro de la centralización y en contra del ideal pequeñoburgués de las relaciones federativas». En coherencia con ello, el proyecto de plataforma que Lenin presentó a la Conferencia de abril de 1917 planteaba, respecto a la cuestión nacional –junto al derecho de autodeterminación, la autonomía política y los derechos de las minorías nacionales–, que «el partido del proletariado aspira a crear un Estado lo más grande posible, ya que eso beneficia a los trabajadores; aspira al acercamiento y la sucesiva fusión de las naciones».

Pero pronto habrían de manifestarse esas «otras condiciones» distintas. En “El Estado y la revolución” (agosto de 1917), Lenin destacó que Engels consideraba la república federativa «bien como excepción y como obstáculo para el desarrollo, bien como transición de la monarquía a la República centralista, como un "progreso", en determinadas circunstancias especiales. Y entre esas circunstancias especiales se destaca la cuestión nacional», si bien mantenía la crítica a los defectos de la república federativa y «la lucha más decidida en pro de una república unitaria, de una república democrática centralizada». Y anotaba:

«Para Engels, el centralismo no excluye, ni mucho menos, esa amplia autonomía local que, en la defensa voluntaria de la unidad del Estado por las "comunas" y las regiones, elimina en absoluto todo burocratismo y toda manía de "ordenar" desde arriba.»

Como señaló E.H. Carr, desde que se reconoció el derecho a la autodeterminación nacional, el federalismo resultó ser «un corolario indispensable, o un antídoto». En consecuencia, después de Octubre la posición del Partido cambiará. En enero de 1918, la “Declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado” afirmaba: «La República Soviética de Rusia se instituye sobre la base de la unión libre de naciones libres, como Federación de Repúblicas Soviéticas nacionales». Y en abril de 1918 Stalin clarificaba la nueva concepción, de cara a la redacción de la Constitución de la Rusia soviética (la RSFSR):

«Aquí el forzoso unitarismo zarista es sustituido por el federalismo voluntario para que, con el transcurso del tiempo, éste ceda su puesto a una agrupación, análogamente voluntaria y fraternal, de las masas trabajadoras de todas las naciones y pueblos de Rusia […], el federalismo en Rusia está llamado a desempeñar un papel de transición hacia el futuro unitarismo socialista».

En el programa del Partido Comunista de Rusia (1919) se recoge esa idea de la federación como provisionalidad, y las “Tesis sobre la cuestión nacional”, aprobadas por el II Congreso de la Internacional Comunista (1920), ampliarían el alcance de la idea leninista, basándose en la experiencia rusa y en consideraciones defensivas y económicas: «La federación es la forma de transición a la unidad completa de los trabajadores de las diversas naciones».

Así pues, fue la situación histórica lo que inclinó a los bolcheviques a la solución federal. Como aclararía Stalin en 1924, al revisar el cambio de posición, la federación sirvió para unir a las masas trabajadoras de las distintas nacionalidades y era compatible con la unidad económica. Pero, además, «el peso específico del movimiento nacional resultó ser mucho mayor y el camino hacia la unión de las naciones mucho más complejo de lo que pareciera antes». La cuestión nacional fue la «circunstancia especial» que otorgó a la federación su carácter progresista.

El tipo de federación bolchevique, por tanto, estaba orientado por necesidades prácticas (en particular, de orden militar y económico), y de acuerdo con Carr se concebía como equivalente a descentralización: un asunto de organización administrativa, más que del carácter esencial de la Constitución, puesto que la Constitución de 1918 no contemplaba un mecanismo específicamente federal.

Entre 1920 y 1921, la RSFSR firmó tratados con Azerbaiyán, Ucrania, Bielorrusia, Georgia y Armenia, como estados soberanos. A través de estos acuerdos, centrados en cuestiones económicas y militares, se establecían ciertos comisariados unificados, y se incorporaba representantes de las repúblicas nacionales al Congreso de Soviets de toda Rusia y a su Comité Ejecutivo Central (VTsIK). Los tratados con las repúblicas de Jorezm, Bujara y el Extremo Oriente fueron mucho más laxos, debido a la diferente naturaleza de aquellas.

Como se puede observar en estas experiencias previas a la formación de la URSS, la unidad económica fue en todo momento un elemento central, por más que se modificara la concepción bolchevique sobre la federación: no sólo por ser necesaria esa unidad para el socialismo, sino porque únicamente de esa manera la fórmula federativa podría resolver la cuestión nacional, permitiendo el pleno desarrollo cultural y la igualdad material de las diversas naciones.

Por otra parte, aunque los comisariados unificados no incluyeron el de Asuntos Exteriores, sólo Ucrania desarrolló sus propias relaciones con el exterior, si bien muy pronto se avanzó en la unificación de las relaciones diplomáticas. Las repúblicas acudieron a las cumbres internacionales de 1921-22 mediante diferentes formas de vinculación entre sí, pero todas ellas acabaron delegando en la RSFSR para que las representara en la conferencia de Génova. De esta manera, el proceso de unión se daba prácticamente por completado. No sin problemas, las repúblicas transcaucásicas acabarían uniéndose en una República de Transcaucasia (ZSFSR) para integrarse en la inminente Unión. Quedaba por resolver, sin embargo, la inserción de Rusia en el nuevo conglomerado.