Por J.P. Galindo

Cuando las agitadas aguas sociales del 15M fueron finalmente canalizadas y decantadas desde las plazas públicas hacia las urnas aprovechando la esperanza de un cambio que parecía rozarse con los dedos, desde las cúpulas de ese nuevo movimiento político se lanzó una consigna fundamental: había que moderar el lenguaje radical de los años de las asambleas callejeras para lanzar un mensaje de seriedad y formalidad capaz de atraer el voto de las capas sociales más amplias posibles y conseguir mayorías institucionales con las que trabajar en la política real.

Si la izquierda clásica aspiraba a aglutinar elementos dispersos a través de su identificación genérica como marginados del régimen dominante («Arriba parias de la tierra» proclama el arranque de La Internacional) tendiendo puentes a través de su posición de clase, buscando constituir una masa social cuantitativamente crítica con la que amenazar ese régimen dominante, la nueva izquierda ha devenido en los últimos 50 años en un movimiento dirigido por una táctica basada en la pureza cualitativa con la que, lejos de construir redes de conexión social, se resalta la diferenciación mutua de los elementos que componen el conjunto hasta el punto de paralizarlo colectivamente.

Pero que la nueva izquierda haya abrazado la vida contemplativa y paralizante de lo que Daniel Bernabé ha definido en su libro homónimo como «la trampa de la diversidad» no significa que las masas se hayan petrificado efectivamente. La masa social está compuesta por multitud de elementos diversificados pero minoritarios (más minoritarios cuanto más específica es la característica que se desee resaltar de estos elementos) pero sobretodo de un sustrato mayoritario formado por una enorme cantidad de elementos que se identifican sin mayor problema con los conceptos más generalistas de su sociedad, bien por haber asumido más o menos acríticamente las etiquetas tradicionales que se les ofrecen como identificadores sociales en cada momento histórico (y que nunca son totalmente inocentes puesto que la ideología dominante siempre es impuesta por la clase dominante) o bien (y cada vez más frecuentemente) como expresión de rechazo a la vorágine atomizadora que se filtra lentamente desde ciertas élites culturales y políticas y que parece amenazar con desconectar definitivamente los distintos componentes de nuestras comunidades.

Mientras las élites culturales del campo de lo que se considera izquierda publican sesudos estudios sobre conceptos abstractos como las identidades aspiracionales, la representatividad social, la performatividad del género o la apropiación cultural (que en la práctica no cuestionan el capitalismo en el que se desarrollan) y que son aplaudidos con deleite por una minoría con tendencia endogámica, los voceros de la derecha hablan directamente al sustrato general que compone la masa social y que, por mayoritaria, es una fuerza determinante a la hora de configurar la realidad política y económica. La derecha se dirige a ese sustrato con el mismo lenguaje materialista, más o menos simple, que puso en marcha las grandes revoluciones (y los grandes movimientos fascistas) del siglo XX frente a una izquierda que habla de modo tan abstracto que parece no entenderse ni siquiera consigo misma.

La gran masa social siempre es conservadora y reticente a los grandes cambios pero sin ella esos cambios son irrealizables. Lenin fue un genial estratega táctico plenamente consciente de esto, lo que le llevó a reprender duramente a los izquierdistas y los utopistas que hablaban de precipitar una revolución comunista pura. La burguesía francesa necesitó de las masas trabajadoras para derrocar a la nobleza absolutista en el siglo XVIII, el proletariado ruso necesitó del apoyo del campesinado y la pequeña burguesía para derrocar el capitalismo en el siglo XX y las revoluciones del siglo XXI necesitarán de la unión de diversas capas sociales y distintas identidades individuales para optar al triunfo, pero sólo con el impulso de la gran masa social ese triunfo será posible. Y sin embargo esa gran masa social hace tiempo que ya no es la protagonista del discurso político progresista (ni siquiera es ya una referencia) sino que ha sido sustituida por un abanico de referencias parcialmente colectivas que se dirigen a sectores concretos dentro de la masa que conforma la clase obrera (la mujer, la identidad sexual, la identidad étnica, la edad…) como resultado de un cambio trascendental en la orientación ideológica de la izquierda.

El epitafio de la izquierda que aspiraba a revolucionar la sociedad desde un gran movimiento de masas fue, curiosamente, un movimiento de masas. El que agitó buena parte del mundo en 1968. «Seamos realistas, pidamos lo imposible» se podía leer en una de las más famosas pintadas que decoraron la convulsión social en su versión parisina, apelando aún a un utopismo que tocaba a su fin herido de muerte por la misma mano que hasta entonces le había dado impulso. En 1955, poco más de una década antes, el líder soviético Nikita Kruschev renegaba del legado de su antecesor, Stalin, y proclamaba la denominada doctrina de “coexistencia pacífica” como guía de actuación de la primera potencia socialista mundial. En la práctica esta maniobra implicaba una reorientación pragmática de la política enfocada a la competencia económica entre los dos grandes bloques ideológicos de la Guerra Fría, por lo que la revolución (entendida como un movimiento de masas armadas tomando palacios de gobierno como aplicación directa de la lucha de clases) desaparecía de la agenda de la izquierda radical mundial para ser sustituida por el estudio de los datos macroeconómicos. Con esto la identidad cultural de la izquierda podía redistribuirse desde la clase social (un concepto etéreo pero uniformador por definición que no anima a la competencia internacional) hacia otras identidades más pragmáticas y competitivas, como la identidad nacional. Por desgracia, el orgulloso pueblo soviético que había derrotado dos veces en medio siglo a sus enemigos no fue capaz de asimilar el paso de la fraternidad a la competitividad y se diluyó en multitud de nacionalidades enfrentadas entre sí apenas treinta años después de esta mutación ideológica.

El trauma de la desaparición del llamado socialismo real en la década de los 90 se unió al desconcierto anteriormente instaurado con el bandazo ideológico de la “coexistencia pacífica” y dio como resultado el pavor milenarista de la postmodernidad (que ya se apuntaba en la segunda mitad del siglo de la mano de teóricos de la nueva izquierda sesentayochista) que vino a cuestionar, e incluso a negar directamente, todas las certezas colectivas construidas durante el siglo XX. Ya no se podía pedir lo imposible como en 1968 porque antes era necesario re-construirlo todo, empezando por la propia identidad que, aún hoy, sigue saltando en pedazos cada vez más pequeños y concretos sin que la reacción en cadena parezca tener fin.

“Eppur si muove” como bien saben los academicistas líderes de la nueva izquierda y la masa social sigue reconociéndose a través de grandes etiquetas descriptivas, por lo que llegado el momento electoral elevan el discurso desde las trincheras de la diversidad hasta las generalizaciones menos afiladas posibles para atraer todos los votos dispuestos a caer en esa red de arrastre gracias a conceptos como “los de abajo” la gente, el pueblo o la identidad general que toque en cada momento y que no implique un cuestionamiento global del sistema sino algunas de sus manifestaciones, canalizada además hacia sus gestores temporales.

El daño está hecho y si la URSS entró en decadencia a mediados del siglo XX cuando suplantó el discurso de la revolución por el discurso de la competición hasta llegar al desastre final, la izquierda del siglo XXI asiste hipnóticamente fascinada al desmoronamiento de las certezas culturales y etiquetas sociales acumuladas a lo largo de milenios como el apabullante resultado de sus experimentos ideológicos de finales del siglo pasado, al mismo tiempo que la derecha, que nunca ha tenido que molestarse en plantear grandes alternativas al sistema vigente, se presenta como un refugio para la gran masa social que huye de este derrumbe hacia conceptos seguros y conocidos. La patria, la nación, la bandera, el himno, la familia tradicional, la raza, la autoridad, la tribu en la que no caben forasteros… son conceptos que desde comienzos del siglo XXI no han dejado de revalorizarse a medida que la izquierda se desprestigia en debates bizantinos.

Asistimos al choque de dos mundos; uno operacional, práctico, lleno de certezas y objetivos claros hacia los que avanzar superando obstáculos y otro teórico, abstracto, lleno de dudas y puntualizaciones que no puede dar un paso sin detenerse a debatir un concepto o un adjetivo nuevo. Por desgracia el primero es un mundo que ha sido ocupado por la derecha ante el desplazamiento de la izquierda hacia el otro mundo, el del relativismo y la incerteza. Estamos en el claroscuro en el que surgen los monstruos del que hablaba Gramsci. El problema de este claroscuro es que a los monstruos se les entiende cuando hablan y a quienes deberían luchar contra ellos no. Brasil ha sido el último aviso.