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Notas sobre el "reconstitucionismo"

Por P. Villa / I. Alonso

Ex nihil nihil fit (De la nada, nada puede salir).

En vista de que el reconstitucionismo, última degeneración de moda entre los maoístas de nueva generación, está desplegando una campaña en redes sociales (dónde si no) en las que, a través de un lenguaje pedante y rimbombante, consigue confundir a más de un joven con falta de bagaje ideológico y así hacer pasar sus tesis revisionistas e izquierdistas por revolucionarias, nos vemos en la tarea de elaborar un pequeño texto desmintiendo, explicando, y sobre todo, aclarando algunos de sus planteamientos, para, en la medida de lo posible, contribuir a la crítica de esta tendencia y que esta “seduzca” a cuantos menos jóvenes sea posible. Para ello hemos procedido a la lectura de algunos de sus documentos clave, que fueron escritos por el PCR (parte de una escisión que hubo en el PCPE hace ya más de 20 años), y que por lo visto son suscritos como las bases de esta línea perdida en la incapacidad política.

En uno de sus documentos clave, las denominadas “Tesis de Reconstitución del Partido Comunista”, hacen afirmaciones completamente alejadas de la realidad material. Para muestra un botón:

«Por las características intelectuales de la teoría comunista, que se basa en profundos conocimientos científicos, el obrero medio, debido a su desventajosa situación material en la sociedad capitalista, se encuentra prácticamente imposibilitado para adquirir, por sí mismo, esos conocimientos o, siquiera, la posibilidad de comprender profundamente la visión general de la ideología comunista. Esta peculiaridad explica que, en muchos casos, quienes se encuentran en condiciones de adquirir esos conocimientos y de comprender el Comunismo sean miembros de otras clases.» (PCR, Tesis de Reconstitución del Partido Comunista).

¿Quiénes, si no son los obreros medios, deben asimilar y difundir la teoría comunista? De acuerdo con los reconstitucionistas, ¡el comunismo es demasiado complicado para los obreros! Seguramente Amancio Ortega, Bertín Osborne o un pequeñoburgués acomodado tengan mucho más tiempo (y mucha menos urgencia, dada su situación económica) para leer, asimilar y pasarse discutiendo toda la vida sobre cuestiones estériles que poco (o nada) aportan al movimiento revolucionario. Tal vez este sea el caso de muchos de estos teoricistas, más preocupados en sumir a la “vanguardia” en una discusión que no lleva a ningún sitio, y de “estudiar” el marxismo al más puro estilo de los monjes medievales, es decir, encerrados en el monasterio leyendo sobre sus profetas y sin tener contacto alguno con la plebe. Esta es, sin ninguna duda, una muestra de flagrante idealismo. Pretenden asimilar, desarrollar y constituir el Partido Comunista, y desarrollar la ideología revolucionaria, desde fuera de la lucha obrera (a la que atacan por ser “espontaneísta”, “inútil”, “burguesa” y “reaccionaria”), e incluso desde fuera de la misma clase. Tal vez alguien debiera recordarles una frase que está en el abecé de todo marxista que pretenda serlo: “Sin teoría revolucionaria, no hay práctica revolucionaria y viceversa” (Lenin). Esta incomprensión del carácter de los frentes de masas, de la lucha obrera y las luchas parciales conduce irremediablemente a un divorcio entre las masas y la pretendida “vanguardia”, conduce sin lugar a dudas a un anquilosamiento de ciertos elementos revolucionarios que parecen más preocupados por sacar de sus chisteras la Línea Política perfecta y el Partido, y que, completamente alejados del movimiento obrero (no les vaya nadie a acusar de espontaneístas, o de ser una “correa de transmisión de la burguesía”), nunca van a poder desarrollar, pues no olvidemos que los revolucionarios deben templarse en la lucha diaria como militantes y dirigentes, no perderse en luchas de salón ni en discusiones eternas que no llevan a ningún sitio, y deben actuar conjuntamente con el estudio y siempre actuando bajo los principios del marxismo-leninismo. Centrémonos, por un momento, en sus afirmaciones sobre el sindicalismo, para entender a qué nivel llega su aislamiento de la realidad, y hasta qué punto su izquierdismo les ciega:

«El sindicato sólo genera conciencia de clase burguesa; y sólo es posible combatirlo desde la conciencia comunista y desde el Partido Comunista. No hay terceras vías a lo Marta Harnecker, no existe la evolución natural del sindicalismo al comunismo, ni de la conciencia obrera a la conciencia revolucionaria. El comunismo es la única expresión revolucionaria y la única forma de conciencia verdaderamente proletaria, contraria a la forma burguesa que el obrero reproduce espontáneamente. El proletariado, o se incorpora a la revolución con el Partido Comunista, o se incorpora a la reacción desde alguno de sus organismos de masas, como el sindicato.» (PCR, El sindicalismo que viene).

Para ellos, el sindicato ya no es una de las pocas defensas que le queda a la clase trabajadora en la actualidad, sino que es ¡un elemento de la reacción! Que se lo digan a los estibadores, los controladores aéreos, los empleados de seguridad del aeropuerto de Barcelona o a los obreros franceses, que luchan contra la reforma laboral del Gobierno de Macron. Que no se entienda esto como una defensa de las cúpulas de UGT y CCOO, que se han dedicado a vender a la clase obrera en cuanto han tenido la ocasión, sino como una puesta de puntos sobre las íes. El comunista organizado debe estar junto a la clase obrera. Esto es algo básico, porque si no fuera así este no sería comunista y su organización de obrera tendría bien poco. Por ello, los comunistas debemos trabajar en los frentes de masas, de forma ineludible. Si en el mismo franquismo, los comunistas entraban en el Sindicato Vertical para trabajar con los obreros que allí estaban, ¿cómo no hacerlo en CCOO? En la batalla contra el amarillismo y el oportunismo que allí imperan está la esencia de la lucha de clases y nos jugamos algo importantísimo: que las masas tengan un referente hacia quien girarse y que no se sientan abandonadas por una izquierda acostumbrada o bien a la poltrona y el servilismo o bien al izquierdismo radical y residual que le impide hacer un análisis marxista-leninista. Esto toma una importancia aún mayor cuando constatamos el contexto actual y la correlación de fuerzas en el Estado Español, en el que la desmovilización y la fobia al sindicato y a toda organización permanente es casi hegemónica en el campo de la izquierda, dejando así la puerta abierta a la extrema derecha y al fascismo, cada vez más crecido y organizado. Para ilustrar su total deriva ideológica y su izquierdismo al respecto de la lucha sindical, transcribimos otro fragmento del texto antes nombrado (agárrense a la silla):

«Es en estos términos que rechazamos la línea de masas sindicalista, la consigna de ir inmediatamente a los sindicatos para ganar a las masas frente al oportunismo de sus direcciones. [...] por los motivos expuestos, que se encierran en las tres conclusiones siguientes: primero, porque la presente etapa de construcción del movimiento comunista requiere conquistar a la vanguardia y todavía no a las masas; segundo, porque el sindicato se ha convertido en un órgano más de encuadramiento de masas por parte del Estado capitalista, y en esto —algo fundamental desde el punto de vista de la línea de masas comunista— no se diferencia en absoluto de otros organismos, desde las ONGs hasta las asociaciones de vecinos, pasando —¿por qué no?— por las peñas futbolísticas, que deberán en el futuro ser objeto por igual de esa línea de masas (y que, sin embargo, hoy quedan fuera del trabajo de los comunistas sindicalistas, que han encontrado en el sindicato el templo donde rendir su culto al obrero domesticado); y tercero, porque la tendencia a privilegiar el sindicato como objeto del trabajo de masas comunista supone otorgar un estatuto especial a la esfera laboral desde la cual se articula, supone centrar ese trabajo en la esfera de la producción, precisamente la esfera desde la que el capital sobredetermina la organización y la existencia de la clase obrera, subordinándola a las necesidades de su ciclo económico» (PCR, El sindicalismo que viene).

Por tanto, si el Partido ya es una herramienta completamente necesaria para la clase obrera, igualmente importante es que los militantes de este sean dirigentes obreros y revolucionarios. La época de los filósofos contemplativos ya acabó hace más de doscientos años, y así, estos revolucionarios de punta en blanco, que no conocen de la revolución más que los libros, deberían abandonar su delirio teoricista, levantarse del sillón y apagar las pantallas de sus ordenadores. Recientemente asistimos a una de las demostraciones de avance en el marxismo-leninismo que nos ofrecía uno de los grupúsculos que siguen (o seguían) esta “línea”, el FRML. Claman en su último artículo: “Primer paso por la Reconstitución: Disolución del FRML”. ¡Y es que por más que nos esforzamos no llegamos a entender dentro de qué supuestos la disolución de un partido revolucionario (decimos partido revolucionario porque ellos se denominaban así, no porque pensemos que lo sean ni que se hayan acercado) es un avance hacia la reconstitución del Partido de Vanguardia! Debe ser que no estamos tan curtidos en la dialéctica ni en el análisis materialista, difíciles de comprender para el obrero medio. Y es que esta desviación hikikomori del marxismo ha provocado en estos sujetos una serie de conclusiones tan izquierdistas o reaccionarias como sorprendentes. Nos limitaremos a citar un par de líneas de uno de sus textos, El escenario actual y el combate contra el revisionismo:

«La república es una cuestión secundaria que manipula a su antojo la clase dominante al servicio de la lucha entablada en su seno. La alternativa republicana es la única que el régimen burgués va a permitir al proletariado radicalizado. [...] Los seguidores de la causa republicana son seguidores de una causa ajena al proletariado, ya fracasada, y que hoy, como en su día, es generada por intereses de la burguesía.» (PCR, El escenario actual y el combate contra el revisionismo).

Qué añadir, si esto ya cae por su propio peso. No sabemos de dónde podría salir un análisis de tal calibre: no ver que la causa republicana no es ni caduca, ni generada por intereses de la burguesía, demuestra una estrechez de miras enorme. No entender el peso que tiene ni el papel que cumple la monarquía borbónica en la democracia burguesa española significa no entender nada del contexto histórico y político de nuestro país. Pretender darle el mismo peso a un jefe de Estado burgués como pueda ser Steinmeier en Alemania que a un Rey de una dinastía que fue designada por el fascista Franco, el cual dejó todo “atado y bien atado”, es de una irresponsabilidad tal que solo puede ser justificada por el engaño deliberado o la incomprensión más absoluta de la realidad material. No ver, además, que las clases trabajadoras se verían beneficiadas de una profundización en la democracia es más propio de anarquistas, incapaces de entender que las reformas no son incompatibles con la revolución, y que estas son necesarias para mejorar la vida de las clases populares hasta que se pueda organizar la revolución socialista. Además, resulta curioso que si el interés por la república lo mueve la burguesía, haya dedicado tantos esfuerzos a atacar la lucha por ella, y que todas las fuerzas que sostienen el régimen del 78, incluidas aquellas que surgieron de la Segunda Transición, apoyen, ya sea directamente o por inacción y colaboración, a la monarquía española.

Esta “línea de la Reconstitución”, por tanto, demuestra hacer aguas por todas partes. Ni en sus planteamientos teóricos, ni en sus análisis, ni en las organizaciones que la siguen podemos encontrar nada provechoso para el Movimiento Comunista español ni internacional. Tal vez hayan conseguido confundir a unos cuantos jóvenes quizás por esta misma razón: Quienes se empeñan en esconder sus argumentos bajo crípticas formas que obligan a descifrar jeroglíficos más que a leer, a nuestro juicio, pueden esconder dos razones: la primera, una pedantería autoimpuesta con el propósito de convencerse de ser vanguardia; la segunda, que esos argumentos no se tienen en pie y necesitan el bahareque de sus formas para intentar que no se les venga abajo el aparato ideológico.