Por J. Romero

“La nefasta ilusión de Lasalle de una intervención socialista del gobierno prusiano, no cabe duda que irá seguida de una inevitable decepción. La lógica de las cosas hablará por sí misma. Pero el honor del Partido Obrero exige que descarte semejantes quimeras antes de que su inanidad estalle al contacto con la experiencia. La clase obrera es revolucionaria o no es nada” Carta de K Marx a Schweitzer

La pelea desatada en el desarrollo del XI Congreso Confederal de CCOO, con ser dura, ha terminado en un armisticio temporal entre las fuerzas que disputan la dirección política del sindicato. La puesta en escena del Plenario celebrado los días 29, 30 y 1 de julio, se ha centrado en la lucha por colocar en la Ejecutiva a representantes de uno u otro cuerpo de ejército en liza: ha sido una lucha de nombres, por parcelas de poder interno. Pero las grandes contradicciones que se dirimen en el seno de la clase obrera y de sus organizaciones sindicales, siguen en pie.


En boca, tanto del Secretario General saliente como el entrante, muchos de los lugares comunes que acostumbramos oír a los dirigentes políticos oportunistas del signo que sea: “no estamos en contra de la globalización, que nadie se engañe…otra Europa es necesaria y hay que hacerla posible…Europa no puede ser solo un espacio económico, debe ser también un espacio político…es preciso un nuevo contrato social y un ambicioso programa de inversiones, etc, etc
No se quiere entender que se juega en el campo y con las reglas de juego del capital y que éste no quiere ni necesita hoy un acuerdo social con el movimiento sindical que vaya más allá de la legitimación de su programa de ajustes permanentes (atemperando su aplicación, quizá, pero sin renunciar al objetivo último). Enfangados los grandes sindicatos en ese monólogo de sordos, la dispersión de fuerzas, agudizada por la fragmentación de la clase obrera, cuyos intereses inmediatos se encuentran muchas veces enfrentados (entre fijos y precarios, asalariados y falsos autónomos, de pequeñas y de grandes empresas, etc), se acentúa, debilitando su capacidad de respuesta.
El análisis de la situación que enfrenta la clase trabajadora que desgranó Toxo en su defensa del Informe, dejaba claras las causas y las consecuencias de la política del Gobierno (el PIB crece desde 2014, pero el paro sigue estancado en el 17% y la calidad del empleo que se crea es ínfima; la inversión pública productiva es hoy la mitad de la de 2009; cuatro de los treinta millones de trabajadores europeos en paro son españoles; una mayoría de los tres millones de autónomos, son falsos autónomos; amparada en la crisis, la transferencia de rentas del trabajo al capital se acentúa, etc) Pero Toxo calló su responsabilidad en este estado de cosas, llegando a defender, sin argumentos, cobardemente, la firma del acuerdo de pensiones de 2.011, sin el que, dijo, no se hubieran podido garantizar las pensiones públicas.
Tras la renuncia a colocar al sindicato a la ofensiva durante estos últimos cuatro años, únicamente quedaba realizar el enésimo llamamiento a los capitalistas a que se dejen salvar de sí mismos: si no hay diálogo, el peligro es que la extrema derecha se haga con el control de los gobiernos; si no hay incremento de la renta, el peligro es que se estanque el consumo interno y las propias empresas sufrirán las consecuencias en una caída de sus ventas…: keinesianismo vulgar, propuesto fuera de tiempo.
Lo limitado de su política plañidera, lo resumía el propio Toxo: “cuando más necesario era el diálogo social (se refiere a estos últimos cuatro años de reformas brutales y crisis política) menos ha habido…” En estas circunstancias, habiendo renunciado al combate de clase, solo queda seguir ofreciéndose una y otra vez al gobierno y a la patronal para dialogar: ¿sobre qué?, ¿para qué?. Él mismo tuvo que reconocer que con el artículo 135 de la Constitución, las condiciones del rescate europeo y el techo de gasto que está a punto de aprobar el Gobierno, no hay ninguna garantía de lograr nada sustancial por la vía del diálogo social.
Quien tiene los ojos abiertos se da perfecta cuenta de que no es posible seguir con la misma estructura orgánica y la misma política sindical en un momento en el que las contradicciones del capitalismo se agudizan por días y se profundiza el ataque de la burguesía contra los trabajadores. En este juego, la estructura del sindicalismo confederal, el único con fuerza y capacidad de organizar eficazmente la lucha de la clase obrera en su conjunto, está sustentada en los sectores con poder sindical (grandes empresas y sector público); cuadros provenientes de estos sectores forman el núcleo central de su aparato de dirección, jurídico, administrativo y de negociación colectiva.
En un momento de crisis general como el actual, esta aristocracia obrera percibe la organización sindical como un seguro sólo para su sector o empresa. Está dispuesta, sí, a solidarizarse con los otros, pero no a compartir con su clase el instrumento que puede permitir a todos la defensa eficaz frente a la patronal: la organización sindical.
Es por esa razón que, a pesar de que todas las familias y sensibilidades coinciden en la urgencia de fortalecer la sindicación de los sectores hoy dispersos y separados de la organización (pymes, micro empresas, autónomos, etc) y atraerse a los jóvenes, pocos están dispuestos a llevar a la práctica las medidas necesarias para lograrlo: reforzar la estructura confederal, llevar el sindicato a las empresas, crear estructuras de coordinación interramas, reforzar el apoyo y la acción sindical de los sectores más dispersos, etc.
En la práctica, los dirigentes de las grandes federaciones y secciones sindicales, se limitan a proteger a los suyos del chaparrón y aumentar o asegurar su control del aparato sindical, sin darse cuenta (algunos sí son conscientes de ello) que esa política de dispersión de fuerzas, (más si falta, como es el caso, un auténtico plan de ofensiva) únicamente lleva a la derrota.
Mirando al futuro
Con todo, algo se mueve: poco a poco sectores cada vez más amplios reconocen la urgencia de acometer cambios en la estructura interna, recuperar el espíritu ofensivo, abrir el sindicato a los sectores más expuestos a la ofensiva del capital, etc.
En este congreso, se han expresado con toda su crudeza las grandes contradicciones que enfrenta el sindicalismo de clase; y nada va a volver a ser como antes. Y Toxo y su equipo han sido tan conscientes de ello que han intervenido activamente en el proceso congresual del lado de la aristocracia obrera, junto a dirigentes de organizaciones como el PCE y PCC que chapotean en la charca ideológica del ciudadanismo.
La pelea que tiene planteada la clase obrera por lograr una traducción política y organizativa de sus objetivos, está abriendo en canal el campo popular; lo que obliga al elemento consciente a definirse, a mojarse en la lucha para alejarlo de la influencia del oportunismo hoy hegemónico.
Y un elemento determinante en el inmediato futuro de esta lucha (junto a la depuración del campo de los comunistas de la ideología burguesa), va ser la fortaleza del movimiento sindical y su capacidad de dirigir la movilización de nuestra clase por sus objetivos inmediatos.
Hay oportunistas “radicales” que afirman que debemos separarnos de los grandes sindicatos de masas, que éstos solo son una rémora para la clase trabajadora. Una actitud verdaderamente estúpida e infantil; si en algo tuvo razón el nuevo Secretario General de CCOO, Unai Sordo, en su discurso ante el plenario del Congreso, es cuando dijo: “…Somos la primera organización de un país poco organizado”.
Y eso es lo que precisa nuestra clase con mayor urgencia: organizar su lucha en el pleno sentido del término, no solo militante sino ideológico.
Lejos de dar por perdido el combate por recuperar los sindicatos de clase, los comunistas estamos obligados a implicarnos a fondo en la lucha que se va a desarrollar en el seno de ellos (y, en especial de CCOO) trabajando por la unidad y la coordinación de los sectores más conscientes de lo que está en juego.
El XI Congreso de CCOO, no ha puesto punto y final a la pelea, únicamente ha contribuido a definir mejor los campos. Que no es poco