Por Sofía Ruiz

“Llegó un tiempo en que todo lo que los hombres habían venido considerando como inalienable se hizo objeto de cambio, de tráfico y podía enajenarse. Es el tiempo en que incluso las cosas que hasta entonces se transmitían pero nunca se intercambiaban; se donaban pero nunca se vendían; se adquirían pero nunca se compraban: virtud, amor, opinión, ciencia, conciencia, etc., todo, en suma, pasó a la esfera del comercio. Es el tiempo de la corrupción general, de la venalidad universal, o, para expresarnos en términos de economía política, el tiempo en que cada cosa, moral o física, convertida en valor de cambio, es llevada al mercado para ser apreciada en su más justo valor”. Carlos Marx, La miseria de la Filosofía.

En década de los 60, se produjo una profunda “revolución sexual” que puso en tela de juicio las reglas que gobernaban el comportamiento sexual y las relaciones sexo-afectivas, provocando la liberalización sexual femenina, debido a los cambios en la posición social de las mujeres y en el desarrollo de una anticoncepción efectiva.
Pero, como otras reivindicaciones de esos años, la libertad sexual se redefinió como libertad de mercado. Su consigna lo privado es publico dio paso a que el capitalismo mercantilizara, todo lo que la moral burguesa conocía como ámbito privado; y la identidad sexual, el deseo, la fantasía se transformaron en objetos de lucro de una industria que en la actualidad es la más poderosa a nivel mundial: la industria del sexo, que acabó con las formas tradicionales de organizar la prostitución para adquirir una mayor escala, concentración, normalización e integración en la esfera corporativa. La globalización amplia a escala planetaria la trata de mujeres para la explotación sexual, reduciendo la prostitución individual y “voluntaria”, a algo residual.


Los cuerpos y las fantasías se han transformado en valiosas mercancías para la sed de ganancias de la industria del sexo. Todo se vende, todo se compra: una mujer, un útero, un órgano, un juguete sexual
El capitalismo se expande de manera incesante en cada vez más dimensiones de nuestra vida, haciéndonos ver que nuestros cuerpos y mentes son meras mercancías.
Millones de seres humanos, viven del trabajo flexibilizado, precario y temporal. Las técnicas de producción, los procesos económicos y laborales son algo transitorio….todo es instantáneo y desechable. Como dice el filosofo Zygmunt Bauman en su libro “la modernidad fluida”: “las precarias condiciones económicas y sociales entrenan a hombres y mujeres a percibir el mundo, incluidos los seres humanos, como un recipiente lleno de objetos desechables, objetos para usar y tirar.
Es así que la política deliberada de la precarización llevada adelante por los operadores del mercado de trabajo se ve auxiliada e instigada (y en sus efectos reforzada) por las políticas de la vida, sean éstas adoptadas deliberadamente o a falta de otras opciones. Ambas producen el mismo resultado: la descomposición y el languidecimiento de los vínculos humanos, de las comunidades y de las relaciones”.
El capitalismo ha transformando, en las últimas décadas, la explotación sexual en una industria de enormes proporciones que genera ingentes ganancias. La necesidad del capital de allanar el desarrollo de este negocio viene de la mano de su legalización allí donde no es legal, y reparte razones para todos los gustos e ideologías: A los movimientos feministas les vendió la prostitución como el derecho de la mujer a su propio cuerpo y a su autonomía, a la izquierda, como un “trabajo sexual” un trabajo como otro cualquiera sujeto a los derechos y deberes de la legislación laboral, a los neoliberales, como un símbolo del libre mercado….
La nueva ideología y práctica económica del neoliberalismo es que la tolerancia de la “libertad sexual” converge con la ideología del libre mercado para reconstruir a la prostitución como “trabajo” legítimo que funciona como base de las industrias del sexo, tanto a nivel nacional como internacional
En los años 80 el neoliberalismo comenzó un proceso de legitimación de la prostitución, que fue legalizada y convertida en un sector del mercado en países como Australia, Holanda, Alemania, Nueva Zelanda, “la pornografía se volvió lo suficientemente respetable como para que empresas como la General Motors incluyera los canales porno entre sus negocios” (Sheila Jeffreys)
En pos de esta legitimación y de facilitar su desarrollo mercantil se derrumba la semántica taxativa, demasiado rotunda y clara:
La prostitución es habitualmente mencionada como “trabajo sexual”, para ser vista como una forma laboral legítima, fundamento de las demandas por la normalización y legalización de la prostitución. A los hombres que compran mujeres para consumir sus servicios sexuales se les denomina “clientes”, normalizando su práctica como si fuera cualquier otra forma de consumo. Aquellos que regentan los prostíbulos son los “proveedores de servicios”. Las prostitutas se transforman en “trabajadores/as sexuales” o “profesionales de la sexualidad” o “sexoservidores”
Todo este lenguaje se va adoptando gradualmente en los textos internacionales y en la lengua hablada...y normaliza y legitima el comercio sexual, la compra-venta de cuerpos, para satisfacer deseos sexuales, para la procreación de seres humanos……
Criticar la prostitución parece fuera de contexto en estos momentos, incluso en el movimiento feminista, muchas corrientes prefieren hablar de mujeres que desarrollan un trabajo de servicios sexuales y eligen libremente el oficio.
El neoliberalismo quiere que pensemos la prostitución sólo desde el punto de vista individual, borrando todo rastro de lo social que podría cuestionarla: la prostitución es una decisión individual y “libre” alejada de lo que el sistema capitalista está generando: pobreza, desigualdad, migraciones globales…..
La mayor parte de la prostitución no encaja con la imagen del individuo racional, capaz de elegir y basada en contratos e igualdad, sencillamente porque estos requerimientos no existen en el sistema capitalista, basado en la desigualdad y en la alienación del individuo. Pero esta ficción sirve para abordar la normalización y legalización de la prostitución como parte central de la industria del sexo.
Los hechos son tozudos y los datos también, las estadísticas oficiales nos indican que en España, por ejemplo, el 90% de las prostitutas son inmigrantes sin papeles, que eligen “libremente” la prostitución como única opción real que se le ofrece y firman un contrato” en igualdad” con el empresario del sexo, guardando con celo, una mochila de deudas contraídas y amenazas contra la integridad de su familia.
Tu cuerpo es tuyo y haces con él lo que quieres, pero tu cuerpo es una mercancía y mientras la vendes ¿Dónde estás tú? Las consecuencias de este “acto de libertad” repetido una y otra vez, día a día son impensables para la persona, no para la mercancía, por supuesto; porque el cuerpo es el ámbito más íntimo de nuestra subjetividad, porque nos construye y, indudablemente, también puede destruirnos.
El marxismo reconoce que la prostitución es inseparable de las sociedades de clase y, por lo tanto, es inseparable del capitalismo. Solo superando el capitalismo podremos abolir la prostitución, la explotación y opresión.
Ante la ofensiva del capital, tenemos que organizar la batalla ideológica, para desenmascarar todos los argumentos engañosos que nos hacen integrarnos en “su sentido común” y colaborar con su expansión y sus ansias de acabar con lo humano.