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Por J.P. Galindo

El 22 de abril se conmemoró a nivel mundial el “día de la Tierra” con el que se pretende, como con otras muchas efemérides artificiales, crear una consciencia de la problemática específica que amenaza a nuestro planeta por causas humanas; contaminación, sobreexplotación, cambio climático, extinciones, etc. Se da la circunstancia de que también el 22 de abril millones de revolucionarios de todo el mundo conmemoraron el nacimiento de una figura histórica de valor incalculable; Vladimir Ilich Ulianov, apodado Lenin, que nació el 22 de abril de 1870 y cambió para siempre el rumbo de la historia liderando la primera revolución proletaria del mundo.

Pueden parecer dos aniversarios inconexos, pero no lo son. Si el planeta necesita instaurar un día dedicado exclusivamente a recordarnos lo cerca que estamos del colapso es, precisamente, porque el modelo de vida predominante es el mismo contra el que Lenin combatió toda su vida.

El capitalismo es un modo de producción de bienes y servicios anárquico por definición. Los productores se dedican a ofrecer mercancías al mercado a ciegas, sin tener la certeza de que estas vayan a servir para cubrir demandas (lo que termina generando crisis periódicas) consumiendo con ello enormes cantidades de recursos que, en gran medida, son derrochados por ser convertidos en mercancías perecederas y no reutilizables.

El socialismo que Lenin logró poner finalmente en marcha es la antítesis de esta forma primitiva de economía social ya que antepone al consumo la planificación racional de la producción, buscando en gran medida el ahorro y la reutilización de materias primas en un mundo de recursos limitados.


Uno de los aspectos menos conocidos de la Guerra Fría es la lucha ideológica a nivel productivo en el campo de la alimentación. Una verdadera guerra sin cuartel en la que los científicos estadounidenses exploraban las capacidades de sus herbicidas, pesticidas e insecticidas al tiempo que los primeros pasos de la ingeniería genética se dirigían a crear variedades más nutritivas de los animales y plantas de uso alimentario. El objetivo era demostrar al mundo que el modelo económico capitalista era capaz de generar una abundancia alimentaria de proporciones bíblicas (poco importaba, en cualquier caso, que gran parte de esos alimentos estuvieran fuera del alcance de muchos ciudadanos estadounidenses que subsisten bajo el nivel de la pobreza) Al establecerse este modelo a escala global con el derrumbe del bloque socialista, el impacto de una agricultura y ganadería alteradas genéticamente y unas tierras inundadas químicamente se convierte en un problema mundial del que sólo empiezan a conocerse los primeros efectos.
La misma lógica de abundancia obscena exhibida desde el capitalismo ante los atónitos ojos del mundo socialista (una estrategia de engaño realmente efectiva, en vista a sus resultados propagandísticos) motivó el impulso de “estilo de vida americano” en el que los paradigmas del bienestar estaban vinculados a la vivienda unifamiliar situada en un entorno natural idílico desde el que desplazarse utilizando la comodidad del vehículo privado. Pocos resúmenes del suicidio ecológico pueden ser más descriptivos que este; terrenos mal distribuidos en los que una sola familia ocupa el espacio que podría albergar a decenas de ellas, con el correspondiente sobrecoste en distribución de recursos, contaminando espacios verdes con sus vehículos a motor y sus urbanizaciones en expansión. Campo sí, pero sin campesinos.
El capitalismo necesita un consumo constante para seguir existiendo, independientemente de las necesidades a cubrir, de ahí la obligación de renovar ofertas y productos permanentemente, volviendo obsoletos objetos perfectamente útiles en una orgía de energía y recursos derrochados como si fueron ilimitados, en un mundo cada vez más agotado.
Ya no se trata, como en 1917, de una cuestión puramente ideológica.
Veintiún años después de la desaparición del mundo socialista, el planeta tierra no puede soportar un capitalismo global. Es cuestión de supervivencia como especie abandonar un modo de producción irracional y primitivo adoptando urgentemente un sistema productivo vinculado a la capacidad de administración que la humanidad ha alcanzado tras siglos de crecimiento cultural.
“Socialismo o barbarie” dijo en su momento Rosa Luxemburgo sin imaginar que la barbarie de la que hablaba sería una barbarie climática y ecológica capaz de destruir a la propia humanidad.