Por Santiago Baranga | Octubre nº 117

Sin lugar a dudas, el leitmotiv que ha dominado el circo de la política monárquica y la producción de sus plumíferos a sueldo han sido la presunta “crisis migratoria” y sus fantasmagóricas consecuencias sobre las condiciones de vida de los trabajadores españoles. Con el reconocimiento explícito del “peligro” por parte del gobierno Sánchez, en el contexto de sus trapicheos con el sátrapa marroquí (ver Octubre 116), tanto el PP como C’s han visto abierta la veda para intentar recuperar la iniciativa y el apoyo del electorado a través de una escalada de mentiras y gestos del populismo más obsceno, tales como los «cincuenta millones de africanos» de Casado y la exigencia de «seguridad» por parte de este y Rivera. No en vano, cuentan con el “brillante” ejemplo del neofascista Salvini, el penúltimo representante de la ultraderecha europea en ascenso gracias al espantajo de la «invasión».

Pero lo preocupante no es tanto esta enésima muestra de la barbarie que acompaña indefectiblemente al capitalismo y a su brazo derecho, y que tan bien conocida es en nuestras latitudes después de ochenta años de “paz”. El problema es que, al igual que en otros países, la criminalización de los migrantes va calando en el ánimo y en las posiciones políticas de las clases trabajadoras. Y ello se debe a que, como han venido haciendo desde la “revolución conservadora” de Reagan y Thatcher, las fuerzas reaccionarias se dirigen a los miedos e inquietudes vitales de los sectores populares (como el paro y la superexplotación que esas mismas fuerzas promueven, a golpe de legislación), ofreciéndoles una alternativa no falta de coherencia, aunque resulte falaz y enemiga de sus intereses de clase, como siempre sucedió con el racismo y el chovinismo.

La izquierda reformista, por su parte y como hemos denunciado muchas veces, ha tendido a obviar esos problemas y luchas, desplazando su atención hacia las “identidades” y subordinando a ellas el problema democrático (y no digamos el económico) general. De esa manera, se podía permitir mostrar un rostro reivindicativo y, al no suponer amenaza alguna para las bases del sistema político y económico, no corría peligro su propia posición dentro de él. La evolución reciente del movimiento LGTB, y la de un feminismo dominado por la perspectiva pequeñoburguesa, son un ejemplo preclaro de la capacidad de fagotización que posee el capitalismo cuando se desposee a las luchas de su sentido de clase.

Por otra parte, en lo que respecta a la cuestión migratoria, esta izquierda ha solido adoptar una línea “buenista”, centrada en que la moralina que destilarían su “pedagogía” y su “ejemplo” serviría para generalizar, por sí sola, la empatía de la población hacia los «desfavorecidos». Sin embargo, no es complicado observar la dificultad de “empatizar” en una época de dificultades económicas (y sin visos de mejora) para amplias masas, tras décadas de desmantelamiento de las formas de organización y socialización de las clases populares, que prácticamente han desmantelado su cohesión y colaboración.

La cuestión migratoria se presenta así, por un lado, como parte de la lucha por la hegemonía ideológica entre el proletariado y demás clases trabajadoras, y ello exige prestar atención también a la percepción que tiene nuestra clase de los problemas políticos: no para llevarla a la vía muerta de la política reformista y del posibilismo, como han hecho el populismo profesoral filotrotskista, sino para orientar mejor las consignas y objetivos políticos que faciliten su incorporación a la lucha por la transformación revolucionaria de la sociedad. Aunque la izquierda revolucionaria haya tendido a abordar esta cuestión, ya apuntada por Gramsci, hemos de recordar que Lenin y Stalin la tuvieron muy presente, en lo relativo a las nacionalidades, al desarrollar la posición del Partido bolchevique y la práctica del Estado soviético hacia los pueblos no rusos. En consecuencia, hay que empezar por reconocer que el grueso de la población no va a asumir posiciones transformadoras (ni siquiera reformistas) meramente a través de la “empatía”, y que otra parte está incluso dispuesta a asumir el precio de la tragedia ajena para mantener su precaria situación. Y difícilmente podría ser de otro modo, cuando la burguesía utiliza todos sus medios para promover a diario la inestabilidad y el terror con el fin, precisamente, de imponer su “consenso”.

No: los «hombres [y mujeres] de carne y hueso» a los que ya se dirigía Gramsci, los que acabarán con el capitalismo, son un producto de este, del trabajo asalariado, de su ideología y de sus medios de manipulación de masas. Por eso, mal vamos si esperamos acabar con la tragedia de los migrantes en el Mediterráneo, o con la xenofobia que golpea a los que lo atraviesan, con “buenismo” y “pedagogía” cristiana. Los revolucionarios debemos denunciar con nombre y apellidos a los responsables de esta situación, que golpea por igual a la clase obrera de cualquier procedencia y color: la rapiña imperialista, la superexplotación de los asalariados, la OTAN, la monarquía heredera de Franco, la Europa del capital y la guerra y toda la pléyade de politicastros, burócratas y propagandistas que hacen posible el dominio de hierro del capital. En la lucha revolucionaria contra esta plaga tienen su solución el paro, el descenso de salarios, la degradación de los servicios públicos, la delincuencia generada por la pobreza y la marginación, la inseguridad provocada por el terrorismo… Todos los grandes problemas que oprimen a las clases populares, y que hoy tienen color oscuro a ojos de muchos trabajadores.

Y, en segundo lugar, la respuesta al “problema” migratorio está ligado a la tarea general de reconstrucción y organización de nuestra clase. Cuando los medios de comunicación tradicionales están copados por la ideología del imperialismo, y los nuevos canales tienden a lo endogámico, sigue estando vigente la necesidad de recuperar espacios de socialización que permitan combatir las mentiras, la manipulación y la generación de prejuicios que van instalando el fascismo en nuestras sociedades; que hagan posible aprender de nuevo la solidaridad de clase y la experiencia de vivir con el “otro”; que permitan ir vinculando problemas, consignas, actividades de solidaridad y movilizaciones al problema político general; que hagan posible, asimismo, organizar y sindicar a los migrantes para incorporarlos a la lucha de la clase obrera autóctona, como ya indicara Engels respecto de los trabajadores irlandeses.

Esa es la única pedagogía que hoy tiene valor frente al fascismo.