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Por Raúl Marco

En la introducción a los estatutos aprobados por el IV Congreso del PCE (m-l) en 1984 se decía:

«El Partido Comunista de España (marxista-leninista), reconstruido en octubre de 1964 […] frente a la traición revisionista […] y en defensa de los principios del marxismo-leninismo y del internacionalismo proletario activo…»

Ahora debemos escribir que el partido se ha reconstituido después de quince años de duro batallar para recomponer lo que la pandilla de liquidadores destrozaron con su criminal actividad, durante mucho tiempo; actividad que salió a la luz en junio de 1991, cuando temieron ser descubiertos. Se adelantaron y, con los peones que habían ido colocando en las distintas organizaciones y comités (incluidos el CC y el CE), dieron su golpe traidor que trataron de presentar, como suelen hacer los renegados y degenerados ideológicos, como «necesario para salvar al partido». Con esa y otras fórmulas parecidas justificaban su violación del centralismo democrático, de los estatutos, sus maniobras y confabulaciones.

El golpe traidor contra el PCE (m-l) no es un caso único, desgraciadamente. Podríamos afirmar que casos similares se han dado en gran parte de los partidos comunistas del mundo. «Fenómeno» que hay que situar en el marco de la feroz ofensiva político ideológica del imperialismo contra el comunismo en sí. Y en todas partes, salvo excepciones contadas, los camaradas se han unido para hacer frente a esa ofensiva, combatir a los oportunistas y defender las ideas del marxismo-leninismo.

Años después de la traición de esa gente, con la que consiguieron engañar a muchos camaradas honrados, las cosas están en su sitio: ellos en la charca de la vergüenza, pues además de traicionar al Partido, se apoderaron de sus bienes materiales, que se repartieron entre los cabecillas; nosotros, los marxista-leninistas, junto a los camaradas venidos de otras organizaciones y lugares, con las banderas en alto, con el partido que crece y se organiza en todas partes, con lentitud, pero con firmeza. Con la firmeza de principios que caracterizaba a los camaradas que, en 1964, lograron constituir el PCE (m-l); y no podemos dejar de recordar y destacar a la inolvidable Elena Ódena.

Las experiencias pasadas, algunas trágicas, nos obligan a recordar, una vez más, que no es suficiente tener una Línea Política justa, tratar de comprender y de aplicar unos principios fundamentales. Ello es necesario, por supuesto; mas, recordando a Stalin, todo ello quedará como papel mojado si no contamos con una organización preparada ideológica y políticamente, con unos cuadros y militantes que se empeñen en llevar a la práctica esa Línea, con su táctica y estrategia, y esos principios:

«El principio de la subordinación de la minoría a la mayoría, el principio de la dirección de la labor del partido desde el centro, suscita con frecuencia ataques por parte de los elementos inestables, acusaciones de “burocratismo”, de “formalismo”, etc.
[…] El leninismo en materia de organización es la aplicación inflexible de estos principios. Lenin califica la lucha contra estos principios de “nihilismo ruso” y de “anarquismo señorial” dignos de ser puestos en ridículo y arrojados por la borda.» (Stalin, Los fundamentos del leninismo).

Nuestro partido siempre se ha regido por el principio de la dirección colectiva; se ha implantado ese principio a todos los niveles. En este terreno, no se admiten modificaciones ni extorsiones. A nadie, sea quien sea, independientemente del cargo que ocupe, se le permitirá violar esta norma que para nosotros es decisiva: la dirección colectiva. Una de las experiencias sacadas a lo largo de los años es la de que admitir la infalibilidad de los «dirigentes máximos» es propio de dogmáticos, de religiosos, de seguidistas, etc., pero nunca de auténticos comunistas.

Todo ello nos lleva a velar por que se practique adecuada y correctamente la crítica y la autocrítica, entendidas como medios para subsanar errores y fallos, para mejorar el trabajo, tanto colectivo como individual, para educar a los camaradas, y no para hundirlos.

Empero, la dirección colectiva no excluye, sino que presupone, la responsabilidad personal. El escudarse en la dirección colectiva para rehuir la responsabilidad personal es un grave error que a nadie se le puede permitir, como a nadie se le puede permitir que actúe por su cuenta, desoyendo lo acordado colectivamente. El partido necesita cuadros y militantes con iniciativa, que asuman su responsabilidad ante las tareas, disciplinadamente.

Para los comunistas, la lucha de clases es el motor de la Historia. No es una cuestión formalista, es una afirmación marxista-leninista, es dialéctica materialista. Esto no debe entenderse de forma abstracta, sino como algo concreto que se refleja cotidianamente, que tiene sus repercusiones, no sólo en la sociedad en general, sino también en el seno de cada partido y, como la historia demuestra, entre los partidos. Por ello es necesario mantener en todo momento, cada militante, cada colectivo y el partido en su conjunto, una estricta vigilancia revolucionaria de cara a nuestra propia militancia, sin ver fantasmas por todos lados.

No podemos olvidar que actuamos y trabajamos en una sociedad burguesa, lo que inevitablemente influye en concepciones, formas de vida, etc. La ideología burguesa, producto de la sociedad en la que vivimos, tratamos de eliminarla de nuestras filas, de cada uno de nosotros; sin embargo, en algunos casos prevalece, crea pesimismo, vacilaciones. Tal cosa sucedió con el golpe de los miserables liquidacionistas en 1991. Por eso insistimos en la necesidad de la vigilancia revolucionaria en lo ideológico, lo político y lo organizativo. Con esa gente hubo un tremendo fallo de vigilancia revolucionaria. No podíamos sospechar de elementos conocidos, alguno con un pasado combativo[1]. Y, si falló la vigilancia revolucionaria, no excluimos a nadie; es más, la responsabilidad de semejante fallo, es mayor cuanto mayor era la responsabilidad colectiva y personal.

Hay que volver a Stalin, tan denostado, atacado, calumniado. Y tan certero, tan valioso, tan comunista:

«La lucha implacable contra estos elementos, su expulsión del Partido, es la condición previa para luchar con éxito contra el imperialismo […] El partido se fortalece depurándose de los elementos oportunistas.»

Los Estatutos, junto con la Línea Política, son documentos fundamentales del Partido. Por ello, su estudio y asimilación es de suma importancia. Se estudia y se discute la Línea Política, generalmente con los nuevos militantes, pero no se hace lo mismo con los Estatutos, lo cual es un error que tiene consecuencias negativas. Los Estatutos no son unas simples normas a las que se recurre cuando surgen problemas. Si se estudian y discuten sus artículos, profundizando en su esencia y no sólo en el contenido escrito, tendremos materia riquísima para la formación de los militantes, de todos los militantes, tanto los nuevos como los veteranos. Ya desde el artículo primero, «Es miembro del Partido Comunista de España (m-l) todo aquel que acepta, aplica y defiende la Línea Política, el Programa y sus Estatutos, actúa en una de sus organizaciones y abona la cuota mensual establecida», quedan planteadas cuestiones esenciales, que no siempre se cumplen, y no nos molestamos en saber el por qué de esas actitudes; porque hay casos de fuerza mayor, y eso se comprende, pero también se dan casos de comodismo, de una cierta indiferencia, de rechazo de las tareas prácticas, de descuido a la hora de cotizar y de recoger las cotizaciones militantes, etc., etc.

En el artículo 5, sobre los deberes de los militantes, el apartado d) insiste en la necesidad de estudiar, de esforzarse por elevar el nivel ideológico de cada cual y contribuir al de los demás. No es una mera fórmula, es una necesidad vital para cada militante y para el conjunto de la organización. A tener en cuenta que la formación, el estudio, no acaba nunca, que por mucho que aprendamos siempre nos quedará más por aprender, abordar problemas nuevos, cambios y situaciones no previstos, etc., pues nada, absolutamente nada, permanece estático.

No está de más recordar una frase de Lenin, recogida en el Informe a nuestro Congreso:

«[…] el problema se plantea solamente así: ideología burguesa o ideología socialista. No hay término medio, pues la humanidad no ha elaborado ninguna “tercera” ideología; además, en general, en la sociedad desgarrada por las contradicciones de clase nunca puede existir una ideología al margen de las clases ni por encima de las clases.» (V.I. Lenin, ¿Qué hacer?).

Así pues, que nadie vea en los Estatutos una serie de normas, sin más, que se leen y se guardan en un cajón, olvidándose de ellas. Que nadie se acuerde de los Estatutos sólo para criticar, proponer sanciones, etc. Los Estatutos del partido son, como ya hemos dicho, un arma fundamental para el funcionamiento de las organizaciones, la formación de los militantes, la orientación de su trabajo, etc., etc.

Cuando agentes del enemigo se infiltran en las filas de los comunistas, lo primero que hacen es violar los Estatutos, deformarlos, dejarlos de lado. Eso hicieron todas las camarillas y pandillas de oportunistas, de degenerados, de liquidacionistas a lo largo de nuestra historia. Y, a lo largo de nuestra historia, han destacado los camaradas que supieron ponerse al frente de la lucha contra esa gente. La aplicación de los Estatutos, el respeto del centralismo democrático, de la dirección colectiva, de la disciplina partidista, hay que entenderlo de forma viva y no caer en el dogmatismo. Y tampoco sacar a relucir los Estatutos ante cualquier nimiedad, anteponiendo pequeñeces, sin mayor importancia, a las cuestiones verdaderamente importantes.

Siempre hemos dicho, y hay que repetirlo, que un militante comunista se forma, se hace, dentro del Partido, no fuera de él; y, de igual modo, los Estatutos se asimilan y se aplican dentro de la organización.

 

Raúl Marco

Madrid, octubre de 2007


[1] Stalin insistía, ¡con harta razón!, en que el pasado de un militante sólo es valedero si el presente lo ratifica.