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Las elecciones municipales, autonómicas y europeas del domingo 26 de mayo, han puesto punto y final a un larguísimo proceso electoral que a grandes líneas viene a significar el refuerzo, al menos temporal y limitado, del socioliberalismo representado por el PSOE de Sánchez, la división en la derecha y su giro hacia posiciones abiertamente fascistas, y la derrota sin paliativos (precisamente en el ámbito municipal que vio su florecer hace cuatro años) de quienes, en el campo popular, se presentaron como nueva corriente al margen de ideologías y políticas de clase, con el afán de canalizar la pelea política entonces en alza hacia el terreno institucional.

Si algo resalta en estas elecciones es el incremento de la abstención, que ha sido superior al 34%, un 10,5% más que en las pasadas Generales del 28 de abril. Además, en general, la abstención ha sido mayor en los barrios populares de las grandes ciudades. Nuestra clase, y en particular los sectores de ella más golpeados por el capital que se movilizaron el pasado 28 de abril contra el peligro de la derecha fascista, han vuelto la espalda a los “ayuntamientos del cambio”, que, en lo fundamental, nada habían cambiado en su vida diaria.

Podemos decir que el resultado de las elecciones es un paso más y trascendente del largo proceso de descomposición del revisionismo moderno que, una vez abandonados los postulados revolucionarios (y, en el caso de España, su expresión política republicana), hace tiempo que pasó con armas y bagajes al campo de la burguesía liberal reformista, y de aquellos sectores de la burguesía “progresista” que, acuciados por la crisis del capitalismo, consideraban que era posible avanzar utilizando en exclusiva las instituciones burguesas mediante reformas, y, en consecuencia, hicieron eje de su política aquellas reivindicaciones (ecologismo, feminismo, etc.) que eufemísticamente se han venido a llamar “transversales”, para resaltar que su conquista pretendidamente está por encima y al margen de la lucha de clases.

Ha quedado claro que es mal apaño el pretender avanzar, en un momento como el actual en el que la oligarquía necesita reforzar su control del Estado, al precio que sea, utilizando precisamente las instituciones y las reglas de juego de un Estado que viene a ser el instrumento más depurado y perfecto para garantizar aquel.

Tras el varapalo, no sería de extrañar que más de un predicador del cambio feliz, de aquellos que nos hablaban de la necesidad de renunciar a los objetivos políticos de ruptura para acceder a las instituciones del Estado monárquico y desde ellas transformar el régimen, abandonen el barco o se pasen al campo del radicalismo vacío, ahora que no vende su “cambio sin cosmovisiones”. Digerir la derrota está siendo duro y son precisamente quienes han enredado la lucha popular en un torpe electoralismo, los que ahora descargan su propia responsabilidad en las masas que al parecer, y según ellos, no han comprendido su mensaje y les han vuelto la espalda.

Si bien es cierto que la derecha ha salido dividida de este largo periodo electoral, que el PP ha perdido más de un millón de votos respecto a las municipales de 2.015 y Vox la mitad de los suyos en las elecciones al Parlamento europeo respecto de las generales de hace un mes, probablemente los dirigentes del PSOE, que adelantaron la fecha de celebración de las elecciones generales para reforzarse en tiempos de zozobra, no contaran con que del resultado final surja, como así ha sido, un mapa político muy resbaladizo.

Es indudable que han obtenido unos buenos resultados, a ello ha contribuido el miedo justificado al fascismo rampante que ha impulsado en muchos municipios el denominado “voto útil”, a menudo el más inútil de los votos porque tiene como premisa la renuncia a las posiciones propias, y que ha supuesto que en algunas localidades, fuerzas populares que podrían haber aportado algo de riqueza y frescura al debate político, hayan quedado marginadas.

En cualquier caso, pese al éxito en votos del social liberalismo, la caída de sus aliados ciudadanistas, provoca que en algunas de las ciudades y autonomías más importantes, particularmente Madrid, su triunfo no les garantice el control político frente a una derecha que, pese a su división evidente, a priori parece dispuesta a unirse para llegar a los gobiernos locales y autonómicos. Aunque también es probable que, como parece buscar Sánchez, finalmente consiga el apoyo de Ciudadanos para no perder Madrid, por ejemplo, lo que hipotecaría seriamente su margen político de maniobra.

Otro dato a tener muy en cuente y que viene a reforzar la tendencia vista en las generales de abril, es el crecimiento del nacionalismo, no solo en Cataluña sino en el País Vasco y en Galicia, donde el BNG ha recuperado parte del terreno perdido en su momento a costa de las “mareas”. Por delante queda una legislatura en la que el PSOE va a tener que definirse claramente sobre cuestiones trascendentes en las que coincide más con sus rivales por la derecha que con sus posibles aliados por la “izquierda”, particularmente en la cuestión nacional.

Vamos a ver muy pronto hasta dónde está dispuesto a llegar el social liberalismo en lo que hace al cumplimiento de sus programas electorales, si apostará por derogar las reformas que impuso su antecesor en la gestión de los intereses del gran capital o, como ocurrió con el gobierno de Zapatero, la política efectiva que haga, fruto de su identidad con el campo “constitucional monárquico”, se limite a la profusión de gestos estériles. La cuestión es que un desengaño más de esta falsa izquierda facilitaría el camino a la derecha más reaccionaria.

El campo popular y, en particular el de los comunistas, debe llevar a cabo un profundo análisis para corregir su deriva hacia la inoperancia. La sobrevaloración de las instituciones burguesas propias de un régimen en bancarrota como el monárquico, que es fruto de un pacto de la derecha y el gran capital con el revisionismo, que sujetan la lucha política a estrechas reglas de control a partir de una legislación restrictiva y una costosa y controlada red de propaganda institucional, ha llegado a tomar cuerpo en una gran parte de la militancia activa del campo comunista, incluidos sectores de nuestro propio entorno.

Es esta sobrevaloración de las instituciones del régimen la que ha ayudado a que prolifere un sector de técnicos burgueses (los “agitadores sociales” que dieron aire a las “mareas” del cambio) cuya impotencia para cambiar nada esencial ha llevado el campo popular a una suicida proliferación de “candidaturas” que en general poco se diferenciaban entre sí, incluso en el lenguaje y la profusa utilización de términos, que son vacíos si pierden su contenido de clase diferenciado, como ecología o feminismo. La división de la izquierda que algunos presentan como única causa de la derrota, ha sido el resultado de una batalla entre “lideres” y “jefes de grupo” por el control de plataformas difusas, dispersas en general y ayunas de objetivos políticos transformadores.

Pasado el largo periodo electoral resalta el completo abandono que vive la clase obrera en sus empresas y barrios, el escaso tejido orgánico que le permita encarar un tiempo político que se anuncia duro y difícil. Esta situación es en gran parte consecuencia del mal remedo de despotismo ilustrado (aquel que resumía el lema: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”) que ha venido practicando una corriente pretendidamente técnica, intelectual y soberbia de la izquierda reformista. Lo preocupante es que la caída de esta corriente confusa y difusa de populismo “progre” pueda terminar de desmoralizar a cuadros activos y separar de la lucha política a sectores populares comprometidos.

Todos los analistas prevén una inminente nueva crisis económica con posible epicentro en la Europa capitalista. La guerra comercial entre los imperialistas se encona y crece el militarismo. Estas y otras tendencias dibujan una coyuntura nueva en la que va a ser imprescindible trabajar aún más decididamente por la unidad de las clases populares en torno a objetivos bien definidos, propios e independientes del gran capital, lo que en nuestro país quiere decir trabajar con inteligencia táctica por la unidad popular, por la República Popular y Federativa.

Pasos se han dado en ese sentido, pero todavía insuficientes. Debemos reforzarlos para que la unidad y la organización de las clases trabajadoras avancen. Lo contrario tendrá un alto coste en el futuro inmediato. Esa es nuestra tarea.

Comité Ejecutivo del PCE (m-l)

27 de mayo de 2019