Ante la entrada de Vox al Parlamento de Andalucía

El resultado de las elecciones andaluzas parece haber sorprendido a la mayoría de analistas y fuerzas políticas. Se ha recurrido para explicarlo incluso a todo tipo de teorías, incluidas las conspirativas, como  la intervención del gurú yanqui Steve Bannon en apoyo de la derecha franquista de Vox. Sin embargo, lo que pasó ayer en Andalucía no es sino una prueba más (y van muchas) de que la degradación del régimen continuista sigue su curso acelerado.

Ya no es capaz de hacer frente a los gravísimos problemas económicos, sociales y políticos que sufren las clases populares, lo que está forzando a una radicalización de la lucha de clases y de su expresión política. Esta radicalización, de momento únicamente tiene su expresión electoral en el campo de la derecha, en el que ha hecho su aparición una alternativa (Vox) que bajo presupuestos reaccionarios no elude críticas al statu quo actual y reclama sin complejos la ruptura del “pacto constitucional” eliminando las limitadas concesiones que en su día hicieron los franquistas a los social-liberales y los revisionistas eurocomunistas, a cambio de dejar intactos los principales pilares del “tardofranquismo”.

Vayamos por partes:

No es la primera vez que la derecha vence en las elecciones andaluzas. En 2012, el partido más votado y con mayor número de escaños fue el PP. La diferencia es que entonces únicamente tres fuerzas obtuvieron representación parlamentaria y ayer, el abanico electoral se ha abierto, particularmente, como decimos,  por la derecha.

Si bien el trasvase de votos del PP a Ciudadanos y Vox es evidente, dos datos prueban que el voto de castigo de las clases trabajadores se ha centrado en las fuerzas reformista (Adelante Andalucía) y socioliberal (PSOE) respectivamente: el primero de ellos, la fuerte abstención (41%), la segunda más alta tras las elecciones de 1990; y, junto a él, la caída del PSOE y de Adelante Andalucía, que han perdido respectivamente 7,46 y 5,57 puntos (400.000 y 282.000 votos, respectivamente) respecto a 2015.

Por otra parte, el voto de la derecha se ha fragmentado en tres porciones: una de ellas, Vox, con posiciones similares a las de la extrema derecha europea, que juega con la ambigüedad frente a la Unión Europea, al tiempo que defiende posiciones abiertamente reaccionarias en cuestiones internas, cercanas al nacionalismo joseantoniano, como contrapunto de su servilismo respecto del imperialismo yanqui. Ahora bien, la fragmentación del voto de derecha dificulta una posible alianza de Ciudadanos con las otras dos fuerzas reaccionarias; alianza que, en cualquier caso, llegue o no, será consecuencia de factores ajenos a los intereses populares.

La cuestión es que si por la derecha surgen fuerzas claramente reaccionarias que  ponen en cuestión, al menos formalmente, el statu quo surgido de la transición, por la izquierda, sin embargo, siguen dominando la confusión y el miedo a romper con un marco político que limita seriamente los objetivos políticos del campo popular.

La alta abstención y el declive del socioliberalismo y del ciudadanismo demuestran el hastío de amplios sectores de las masas con sus políticas, que no están cambiando nada sustancial de la preocupante deriva política y social del régimen continuista. De hecho, por ejemplo, el voto de castigo al ciudadanismo ha sido particularmente fuerte en aquellas provincias donde había obtenido mejores resultados en las elecciones anteriores, particularmente Málaga (-6,8 puntos) y Cádiz (-6,4 puntos).

Estas elecciones, sin embargo, se dan en un contexto general de reactivación del movimiento republicano, baja popularidad de la monarquía, etc.

Tras conocerse los resultados, el líder de Podemos, Pablo Iglesias Turrión, llamaba públicamente a configurar un frente antifascista. Lo decimos una vez más: estamos de acuerdo en la necesidad de alcanzar un compromiso de todas las fuerzas progresistas y democráticas para parar los pies al fascismo envalentonado; pero el punto de confluencia del campo popular debe articularse frente al régimen continuista y contra él.

De hecho, insistimos en ello, el surgimiento de Vox como fuerza parlamentaria es una prueba también de la fragmentación de la derecha, que hace frente a la amenaza de tener que renunciar al statu quo que hasta el momento le ha permitido controlar la situación, frente al continuo descrédito del régimen monárquico continuista. Solo la falta de coherencia y coordinación entre las fuerzas de izquierda ha impedido hasta el momento que el campo popular recupere la iniciativa política.

Por eso, el Frente que las clases trabajadoras necesitan no puede construirse para hacer la misma política que la izquierda institucional ha practicado hasta hoy. No puede ser un frente antifascista para seguir manteniendo una posición ambigua respecto a la Unión Europea y la OTAN, ni para continuar pagando religiosamente al capital europeo la devolución de la deuda que aquel ha procurado engordar a golpe de especulación y fraude, en lugar de luchar contra estas estructuras que limitan nuestra soberanía e impiden la adopción de las medidas que necesita la mayoría para afrontar la crisis capitalista en todos los órdenes. Debe plantear el respeto al derecho a la autodeterminación, en lugar de azuzar el nacionalismo españolista como ariete para enfrentar a los trabajadores entre sí. Es preciso que se plantee la derogación inmediata de las brutales reformas que llevaron a cabo el PSOE y, con particular intensidad, el PP en los últimos años. Tiene que ser un frente, en definitiva, que defina claramente los objetivos comunes, cuyas bases mínimas están recogidas en el programa de ocho puntos del movimiento republicano.

Esos objetivos deben ir directamente enfrentados contra el dominio de la oligarquía en todos los órdenes de la política en España porque, de otra forma, la derecha va a jugar como hasta ahora con el equívoco de representar los intereses de la pequeña burguesía frustrada y de las clases trabajadoras abrumadas por una crisis que les afecta en todos los órdenes.

Las elecciones andaluzas del 2 de diciembre dejan encima de la mesa de todas las fuerzas progresistas y democráticas la urgencia de avanzar hacia la unidad antifascista, con posiciones firmes y claras de superación del régimen caduco y de construcción de la República Popular y Federal.

La actitud medrosa del reformismo frente a la reacción en momentos como los actuales, de profunda crisis capitalista que pone en cuestión todas sus certezas, da armas al fascismo.

¡Unidad antifascista! 

¡Unidad por un programa político contra la oligarquía!

¡Unidad por la República Popular y Federativa!