Lucha Social y Política de Clase
J. Romero
La riqueza en España ha crecido en los últimos años, pero se sigue repartiendo atendiendo exclusivamente al interés de la oligarquía empresarial y financiera dominante, que en España está imbuida de los peores vicios del autoritarismo fascista, al que se siente ligada estrechamente por su origen.
En el ámbito internacional se abre paso una coyuntura general de crisis del sistema capitalista y la burguesía impone en toda Europa un nuevo “contrato social” adaptado a los nuevos tiempos, para acabar con la ilusión burguesa del Estado de Bienestar. En esa coyuntura, el social liberalismo, sumiso como siempre, a los dictados de los “mercados”, estaba forzado a mostrar su verdadera esencia de clase. A partir de enero de este año, Zapatero, que hasta entonces había jugado con la ambigüedad de su famoso “talante”, lanzó un ataque tan brutal, que en apenas cinco meses (desde febrero ha aprobado tres programas de ajuste durísimos) ha liquidado o amenaza con liquidar algunas conquistas fundamentales del movimiento obrero.
La brusquedad y contundencia del ataque tenía también el objetivo de paralizar la respuesta y extender la idea de su carácter inevitable, para garantizar la resignación del proletariado. De hecho, en un primer momento, el Gobierno consiguió su objetivo, ayudado por la cobardía y desidia de los equipos de dirección de los sindicatos y la inopia general de la izquierda política.
Paulatinamente se ha ido recuperando la iniciativa e incluso, como prueba la reciente huelga de los trabajadores del metro madrileño, han podido conseguirse victorias, eso sí, parciales y limitadas a suavizar las consecuencias de los planes generales en las empresas, o negociar los ritmos de su aplicación.
Esto todavía es posible en las grandes empresas y en el sector público, pero en los sectores más precarizados, donde la clase obrera enfrenta peores condiciones laborales y, donde, por su dispersión, es más difícil la acción sindical, las posibilidades de mantener esa defensa, incluso parcial y limitada, son mucho menores; y, sin embargo, si no se logra extender la lucha a estos sectores, se debilitará seriamente la contundencia de la respuesta y se aislarán las luchas sectoriales, abocándolas a una defensa numantina fácilmente anulable empresa por empresa.
Zapatero señalaba recientemente: “…los socialistas nos reconocemos siempre en las reformas y en los cambios…nuestra capacidad de asumir responsabilidades y tomar decisiones permanece intacta” El País 23 julio 2.010. Y a tenor de los próximos planes adelantados por Salgado, Blanco, Corbacho y otros perros de presa de su gabinete, no les va temblar el pulso a la hora de imponer cuantos recortes les pidan los Botin, Díaz Ferrán y cia. Serán con la mayoría trabajadora, lo firmes que no son con los especuladores y vividores. *(1)
De ahí nuestra insistencia en superar la dispersión, unir fuerzas y plasmar las reivindicaciones de clase en términos políticos, generales. La convocatoria de la Huelga General para el 29 de septiembre, es un paso importante para lograr los dos primeros objetivos. Pero, aunque la situación está llevando a muchos trabajadores a tener en cuenta elementos políticos, queda mucho por avanzar en una cuestión tan fundamental.
El escenario que se abre paso, es el de una confrontación directa entre la clase obrera y la oligarquía con sus valedores, en la que solo los ingenuos pueden esperar que se respete el diálogo social. Por el contrario, van a utilizar plenamente los instrumentos y el poder del Estado que controlan, para imponer la política que conviene a sus intereses. Y cuando no les baste, recurrirán a la amenaza y a la represión. Así ha sido históricamente y a juzgar por la sucia campaña antisindical que han lanzado, no parecen dispuestos a cambiar. Se abre paso la lucha de clases en toda su crudeza y los trabajadores deben armarse políticamente para ella.
El papel de la dirección del PSOE en el dominio y sometimiento del proletariado no es algo nuevo. Decir que el tiempo ha ido limando las fronteras entre derecha e izquierda en las instituciones, se ha convertido en un lugar común; pero si miramos la historia más reciente, veremos que la actitud política del social liberalismo ha sido siempre la misma: buscar el máximo consenso social, anular la confrontación de clase, transformándola en un duelo formalizado y ritual, en un marco general de paz social, para terminar dirigiendo los ajustes que a la derecha neo franquista, le hubiera costado más aplicar.*(2) Al margen de las buenas palabras y de un cierto tinte “social” en temas que no comprometen directamente los intereses del gran capital, Zapatero y su gobierno no han sido una excepción. Les viene como anillo al dedo la certera apreciación de Marx: “…al mismo tiempo que los gobiernos actuales coquetean con los obreros, se dan perfecta cuenta de que su único apoyo reside en la burguesía; por ello, intimidan a ésta última con frases amistosas para con los obreros, pero no pueden ir jamás contra ella”.
Tras la Huelga General, se va a plantear con toda su crudeza la cuestión de cómo continuar la lucha que se prevé, insistimos en ello, larga y dura. Los dirigentes oportunistas y reformistas, por su parte, han olvidado completamente la dialéctica y se limitan a aplicar un análisis simplista y grosero de la realidad, popularizando una versión idealista y cínicamente moralizante de la política que gira sobre la conciliación de clases y la delegación de los intereses de la mayoría social en sus “representantes” institucionales.
Formalmente reconocen la necesidad de la movilización, pero la circunscriben al ámbito social, sin expresión política; el proletariado ya no es sujeto activo del proceso revolucionario: su papel debe limitarse a votar a sus representantes y delegar en ellos la práctica política, apoyándoles en sus luchas palaciegas.
Esta vieja concepción del contrato social “socialdemócrata” que dio origen al denominado Estado de Bienestar (en unas circunstancias históricas muy distintas) y que sigue obsesionando a un buen número de dirigentes sindicales y políticos de la izquierda institucional, tiene sus días contados. El imperialismo no necesita mediadores con el proletariado, porque, acuciado por la crisis tiene muy poco que ofrecer para garantizar la paz social. Pero, sobre todo, porque se siente fuerte, considera muy débiles a sus opositores y sabe que la fuerza del proletariado organizado como clase independiente es temible, por eso es ahora que éste está desorientado, disperso y sin referencias, cuando han preferido forzar el enfrentamiento hasta las últimas consecuencias.
No es fácil articular una oposición política en un clima de asfixiante dominio de la oligarquía en todos los ámbitos. Pero es imprescindible intentarlo, porque de otro modo, se anula la principal garantía de futuras victorias, que solo se darán si y en la medida en que se sea capaz de pasar de lo concreto a lo general, de la pelea aislada a la de clase, de la reivindicación social a la política. La unidad y la claridad en los objetivos, son fundamentales para llevar a cabo esta tarea.
El desarrollo de las contradicciones internas del capitalismo amenaza la salida de esta crisis y va a desencadenar otras que continuarán la educación del proletariado en la dura escuela de la pelea social y le enseñarán que cuando están en juego intereses generales, no cabe la conciliación, es preciso organizar la lucha como clase que articula sus propias reivindicaciones políticas, que necesariamente estarán radicalmente enfrentadas a las de su principal enemigo: la oligarquía empresarial y financiera y sus aliados dentro del movimiento popular. Esa será en un futuro próximo la principal tarea de los comunistas y para cumplirla cabalmente necesitamos ligarnos al proletariado en sus luchas, para ayudarle a desentrañar las causas de los problemas y orientarle en las soluciones.
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*(1).- Entre estos planes: un endurecimiento de las condiciones para mantener la prestación de desempleo y la modificación de la negociación colectiva dirigida a individualizar las condiciones de trabajo
*(2).- Desde 1.982, los mayores golpes contra el proletariado los ha asestado el social liberalismo. Primero F. González: reforma Boyer de la ley de arrendamientos urbanos que abrió paso a la economía del ladrillo; reconversión industrial, que liquidó en la práctica algunos sectores industriales estratégicos; reforma de las pensiones que inició el ataque al sistema público; el denominado Plan de Empleo Juvenil que creó hasta 16 modalidades de contratación temporal y abrió el camino a la generalización del empleo precario, motivando la convocatoria de la Huelga General del 14 D; los decretazos de 1992 y 1993, que desregularon el derecho laboral. Ahora, Zapatero y sus tres planes de ajuste aprobados y los que están ya anunciados.





