Haití: la tragedia más allá del terremoto

Febrero 14, 2010 por PCE (m-l)  
Publicado en: Artículos

J. Guillén

El reciente terremoto de Haití, uno de los más destructivos de las últimas décadas y que ya ha dejado más de doscientos mil muertos, ha sido una de las mayores tragedias vividas por el pueblo haitiano desde que llegaron los primeros esclavos negros hace unos siglos. La historia de Haití es la historia de los crímenes que el colonialismo y el imperialismo han practicado impunemente contra los pueblos oprimidos: esclavitud, matanzas, saqueos, explotación, subdesarrollo, hambre…

Pero la historia de Haití es también la historia de un pueblo en lucha constante por su libertad. Ya en tiempos de la esclavitud surge la figura de Toussaint-Louverture, que desde 1791 empezó a liderar rebeliones de esclavos y en 1800, tras adherirse a los principios de la Revolución francesa de 1789, proclamó la autonomía de la isla, una de las primeras repúblicas de la era moderna, y la primera república multirracial de la historia. Haití volvió a las manos de los franceses en 1802, cuando Napoleón envió una expedición armada. Louverture fue apresado y enviado a Francia, donde murió en prisión. Mas la resistencia del pueblo haitiano, bajo el mando del general haitiano Dessalines, venció al ejército de Napoleón y proclamó la República en 1804. Pero de 1825 a 1947, Francia le impuso el pago del equivalente a 21.000 millones de dólares actuales para no volver a invadirlo, lo que supuso hasta el 80% del presupuesto nacional. En 1843, la parte oriental de la isla se independizó con el nombre de República Dominicana.

Por su privilegiada situación, la isla ha sido una presa fácil para el imperialismo, que desde muy pronto se otorgó el derecho de intervenir a su antojo en este país, sumiéndolo en una situación de miseria espantosa. Entre 1857 y 1900, EEUU intervino diecinueve veces para proteger sus propios intereses, hasta que ocupó el país de 1915 a 1934, controlándolo financieramente hasta 1941. Tras haber apoyado un golpe militar en 1950, la Casa Blanca bendijo la llegada al poder, en 1957, de uno de los dictadores más sanguinarios de América Latina: François Duvalier, Papa Doc, quien creó un cuerpo de paramilitares, los “Tonton Macoutes”, que sometió a la población civil de forma brutal. Muerto Papá Doc en 1971, fue sustituido por su hijo, Baby Doc, que trató de gobernar de la misma manera. Pero en la década de los ochenta, ni siquiera los métodos más brutales pudieron impedir que la población se movilizara contra las atrocidades y la miseria que el régimen tiránico implantó en el país. En 1986, Baby Doc huyó con 900 millones de dólares, protegido por el ejército de Estados Unidos y por Francia.

En 1990 tuvieron lugar las primeras elecciones en décadas, llevando al poder a un ex sacerdote, Jean Bertrand Aristide, que había dirigido luchas populares contra la dictadura. Su programa de incremento del salario mínimo (¡a 2,94 dólares diarios!), reforma agraria, derechos sindicales, etc. le valió un golpe de Estado y una dictadura que, apoyada por la Administración Bush, produjo 5.000 muertos y desaparecidos. En 1994 los EEUU permitieron a Aristide volver a la isla, a condición de que aplicara los programas de ajuste estructural del FMI. La tibia obediencia de los gabinetes de Aristide y Préval, la política de acercamiento a Cuba y a Venezuela desde 2001 y la exigencia de 21.000 millones de dólares en reparaciones a los EEUU, convirtieron a Aristide en sospechoso a ojos del imperialismo norteamericano, que impuso un embargo económico y preparó un proceso de desestabilización interna. En el 2004 Aristide fue derrocado, secuestrado por el ejército norteamericano y enviado al exilio a Sudáfrica junto con su familia. Le impidieron regresar a Haití y a su partido político, Fanmi Lavalas, presentarse a las elecciones. El régimen golpista se cebó sobre los sindicalistas de las fábricas más explotadoras, promovidas por el capital extranjero. Mientras, las tropas norteamericanas, tras dejar cientos de muertos seguidores de Aristide, dejaron la tarea en manos de la MINUSTAH, la fuerza de la ONU, envuelta desde muy pronto en asesinatos, violaciones y otras formas de violencia por parte de sus tropas. Las tímidas reformas emprendidas fueron desmanteladas y en 2006 René Préval fue elegido presidente de Haití en una elección organizada y controlada por la ONU, cuyas fuerzas militares se encargaron de evitar nuevas desviaciones de la línea marcada por los EEUU.

Como se ve, el imperialismo ha ejecutado y apoyado todas las masacres sufridas por el pueblo haitiano: 3.000 patriotas masacrados en 1919, 25.000 haitianos asesinados por el tirano dominicano Trujillo en 1935, 40.000 revolucionarios y opositores liquidados por la feroz dictadura Duvalier. Pero también se fue desarrollando una conciencia de clase que hizo de Haití la patria de grandes revolucionarios: Rosalvo Bobo, líder de la primera insurrección antiimperialista de 1915; Charlemagne Peralte, líder de la segunda insurrección (1918-1920); Jacques Roumain, fundador del Partido Comunista Haitiano; Antoine G. Petit, Gerard Pierre Charles… Y también es un país de organizaciones revolucionarias hoy activas: el Comité de iniciativa para la formación del Partido Comunista de Haití (COIFOPCHA), el Nuevo Partido Comunista de Haití y el Partido Popular Nacional; y de organizaciones de masas, como el frente obrero Batay Ouvriye, la organización campesina Tet Kole Ti Peyizan Axisyen…

El terremoto sufrido supone el golpe de gracia a la soberanía de este país. Rusia ha difundido las sospechas de su flota respecto al posible origen humano del temblor, a través del proyecto estadounidense HAARP, con base en Alaska. Sean o no fundadas (la falla Enriquillo, zona de contacto entre la placa del Caribe y la Norteamericana, atraviesa el sur de Haití, lo que supone un riesgo geológico importante), lo cierto es que la Resolución de 28 de enero de 1999 del Parlamento Europeo sobre medio ambiente, seguridad y política exterior ya advertía sobre las posibles consecuencias de esta nueva arma sobre las condiciones atmosféricas.

Sea como fuere, Puerto Príncipe era ya una ciudad que había crecido rápidamente hasta los dos millones de habitantes y donde habían proliferado el chabolismo y la pobreza extrema, propiciada por el expolio de los dictadores proyanquis, que crearon su deuda externa: el país paga todavía enormes sumas al Banco Interamericano de Desarrollo, pero los “donantes” reunidos recientemente en Canadá no han discutido siquiera la condonación, y para ello han contado con el consejo del propio primer ministro haitiano, Bellerive. También se debe la postración del país a la liberalización forzada por el FMI, que la agravó y multiplicó los problemas. Así, por ejemplo, la apertura del mercado haitiano al arroz subsidiado de los EEUU sumió en la miseria a miles de campesinos que se vieron forzados a abandonar el país o a engrosar la población pobre de la capital. Las consecuencias de ello son bien conocidas: Haití dejó de ser un país autosuficiente para alimentar a sus habitantes, con lo que hace dos años se vio sumido en una grave crisis alimentaria (véase Octubre nº 18, junio de 2008); por otra parte, esa gran población hacinada en condiciones de miseria ha multiplicado el desastre provocado por el terremoto.

Ahora, el seísmo ha sido aprovechado rápidamente por el ejército yanqui para implementar el “nuevo pensamiento” de Obama en este país, enviando una fuerza militar que en un principio fue de más de 12.000 soldados, y que ya asciende a casi 20.000. Una auténtica fuerza de asalto de respuesta rápida, la 82ª División Aerotransportada, que ejecutó las invasiones a la R. Dominicana (1965), Granada (1983) y Panamá (1989) (1). Con esta rápida operación (“legitimada” públicamente con continuas alusiones a desórdenes y saqueos, tanto en la prensa norteamericana como en la europea) EEUU se podría estar asegurando los enormes depósitos de petróleo y minerales, como el uranio, que al parecer esconde el subsuelo haitiano, y que desde hace décadas son considerados como “reservas estratégicas” por los yanquis. Y no sólo eso: ahora, a través del Comando Sur, la MINUSTAH pasa a estar bajo las órdenes del Comando Conjunto de Estados Unidos, que controla la isla como si de una nueva base militar se tratara. Y no es para menos: con ella, y teniendo en cuenta las bases en Colombia, las posiciones de los EEUU rodean el Caribe y cortan el paso entre Cuba y Venezuela.

Así las cosas, el futuro de Haití está indisolublemente ligado al fortalecimiento de la revolución en toda América Latina, pero también a la reconstrucción de las organizaciones revolucionarias haitianas y a la solidaridad de los pueblos, para lograr que cesen las injerencias políticas y militares del imperialismo. A pesar de todas las tragedias sufridas, el pueblo haitiano volverá a levantarse y a luchar para recuperar su libertad y su dignidad, expulsando a los invasores imperialistas.

(1) La actitud del imperialismo norteamericano contrasta con la actuación de Cuba y de los países del ALBA, que han trabajado desde el primer día ofreciendo ayuda humanitaria y salvando miles de vidas. El propio consejero del presidente haitiano manifestó que Cuba «fue el primer país en ayudarnos».